Somos una sociedad enferma, una sociedad que padece daño estructural en todos los órdenes, una sociedad que deambula sin norte, una sociedad con la moral socavada por los males que nos aquejan, una sociedad que desconoce que hay normas jurídicas y morales que rigen a las comunidades civilizadas.

Pareciera que Colombia estuviera sumida en la profundidad de un sueño de pesadillas, donde hay un desquiciamiento escalonado, con tendencia a generalizarse en todos los estamentos sociales. Nuestro país parece que sufriera una esquizofrenia colectiva que día a día se agrava, un cáncer moral que carcome, ya no silencioso, sino con una escandalosa gula, pero en forma voraz y vertiginosa corroe desde los cimientos la parte civilizada que aún nos queda.

Es vergonzoso que todos los días, al encender el televisor, leer los diarios, al conversar con los vecinos, nos encontremos indignados que “hoy de nuevo” asesinaron a un niño y progresivamente la amarga anécdota del día sea el comentario funesto de “vecino hoy no fue uno, fueron tres o cuatro niños los muertos”, qué triste condición de personas somos, que impotentes como sociedad observamos el dantesco espectáculo de la muerte y violación de inocentes criaturas.

¿Será que los estragos de la guerra ha permeado la psiquis de los pobladores de este hermoso país? ¿Será que esta misma guerra fratricida nos ha pervertido a tal punto de volvernos asesinos? Pues sí, todo parece indicar que hay trazas de sadismo en la psiquis nuestra, que hace que seamos potenciales asesinos de niños.

Todo padre, toda madre comienza a mirar con desconfianza a propios y extraños, todos desconfiamos de los demás, cuando de nuestros hijos menores se trata, nos estamos convirtiendo en un nido de alacranes donde el uno cree que el otro le va a clavar la ponzoña. Con el tiempo, los padres de familia no confiarán en sus vecinos, luego no confiarán en sus parientes, en sus instituciones educativas, en sus docentes y terminará en que el esposo no confiará en su esposa y viceversa, pues los asesinatos y torturas, han pasado de ser causadas por perturbados mentales y asesinos desalmados y ya entra en el plano de la familia. Es repetitivo el caso de madres asesinando a sus hijos, de padres masacrando y violando a sus menores. ¿Qué nos pasa? ¿Entre tanto, qué hace la sociedad? ¿Qué hace el Estado? ¿Qué hace la justicia? ¡Que hace la religión?¿Qué hacen los políticos? ¿Qué hago yo? ¡Qué haces tú? ¿Qué hacemos todos? Y la respuesta es triste, lacónica: ¡Nada!

Mientras tanto, nos desgastamos en discusiones como la adopción de niños par parte de parejas homosexuales, e hipócritamente sacamos a relucir una moral carente de sentido, pues nos guiamos por perjuicios y por ese conservadurismo puritano que heredamos del medioevo, y somos ciegos o no queremos ver que el problema de fondo con la niñez es otra cosa. Que los niños abandonados no son hijos de parejas de la comunidad LGBTI si no que por el contrario son hijos de personas como tú y como yo, que nos damos golpes de pecho por ser heterosexuales.

Sinceramente, creo que aquí hay una mixtura de causas que nos han degradado como sociedad, entre otras y en primer lugar la guerra fratricida que históricamente nos ha envuelto, primero por el bipartidismo, después por la guerrilla, los paramilitares y organismos del Estado. Esa guerra acompañada del alto índice de corrupción política y administrativa, sumada a los contenidos de los seriados que nos da la Tv, más la falta de oportunidades a las clases desprotegidas, puede ser, opino yo, las causas primarias de la degradación que como pueblo sufrimos y que se refleja irremediablemente en los aterradores casos que día a día perturban la tranquilidad de los padres de familia y que tiene aterrados a los niños de Colombia que sin control ven las noticias de estos aberrantes asesinatos.

Como sociedad tenemos el deber de exigir castigo, castigo ejemplar, ya que sin endurecer las penas y con solo aplicar las que hay, pero con severidad, podemos disuadir a esos desalmados de cometer tan execrables actos contra los menores de edad. Por eso, hay que pronunciarse y de pie protestar por estas muertes y exigirle al gobierno, al Congreso, a las Cortes, a los estudiosos, que los hay, a que busquen y propongan fórmulas para poner punto final a las causas del problema.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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