Esa época del «camaján» del «cocacolo», del «burro», del «marihuanero» de nuestros pueblos, fue sabiamente neutralizada con el amor materno, la severidad paterna, los sabios consejos de nuestros ancianos, que, sin conocer la marihuana, tenían la suficiente sabiduría para prever el peligro que representaba esa hierba maldita.

El control, la neutralización que hicieron nuestros mayores sobre el consumo de la marihuana fue tan efectivo que los «camajanes» verdaderos o adictos a la marihuana fueron muy pocos y en los pueblos pequeños de la costa caribe colombiana, se puede decir, estaban censados, pues todo el mundo los conocía e identificaba entre otras por su forma de hablar y sus «patillas voladas», es decir se desaceleró el consumo de la cannabis, y, el control social que la población hizo de ellos no permitió que la gran mayoría de los jóvenes se contaminaran.

Algo que ayudó mucho a este control, por lo menos en mi pueblo, fue la irrupción de la educación, pues apenas en el año 68 se tuvo el primer colegio de bachillerato oficial y los jóvenes y adultos jóvenes, tuvieron la oportunidad de entrar a la educación formal. Con la llegada del colegio (hasta cuarto de bachillerato), en mi pueblo se hizo el rescate de esos jóvenes adultos que permanecían en las cantinas, y literalmente, a algunos de ellos les tomaron los datos para matricula en la puerta de los dos «puteaderos» que habían en el pueblo, donde ellos mataban el oció y el tedio pueblerino en brazos de las putas que llegaban de afuera en épocas de «subienda».

Más tarde, en los años 70, nos volvió a tentar el consumo de drogas psicoactivas, ya en este caso no solo era la marihuana, además se probaron las llamadas «pepas» como el diazepan y algunos derivados, (un amigo me habla del diapoxido) y otras drogas que mis fuentes no recuerdan y que me dicen utilizaron esporádicamente para vencer la timidez y poder enamorar a las «peladas» de la época, en esos bailes populares donde el pueblo asistía para divertirse y paliar el tedio que a veces consume el buen humor de nuestros pobladores.

Afortunadamente, por esa época las parroquias eran regentadas por curas rebeldes, curas golcódianos, tocados por la «teología de la liberación» sacerdotes con una visión de lo social que cambiaron el regaño dominical en las misas, por la acción directa con los jóvenes. En mi pueblo, tuvimos la suerte de tener al padre Jesús Sanz Sánchez, un cura español comprometido con lo social y que era profesor en el colegio de bachillerato, quien trabajó con un gran número de jóvenes enseñándonos a valorar las artes y la cultura. En la llamada «Casa cural», nos reuníamos a ensayar obras de teatro, danzas, declamación de poemas, que luego presentábamos al pueblo en veladas culturales y después en su compañía presentábamos en los pueblos circunvecinos. Con el arte y la cultura, este cura de grata recordación no permitió que nos tocará la tentación de la droga.

A finales de los 70 y en la década de los 80, tuvo otra vez auge la drogadicción e hizo aparición algo así como la moda sicodélica, pero afortunadamente este auge coincidió con un cambio de postura que asumieron los gestores culturales de la época. Antes, todo el movimiento cultural nos llegaba de Bogotá, pero en esta década se voltearon los papeles, por fin en los pueblos tomamos conciencia de nuestra propia identidad y en cada pueblo se hizo gran esfuerzo económico para fundar «Casas de la cultura» y nacieron grupos de danza, teatro, música y demás disciplinas artísticas. Este auge cultural permitió salvaguardar a la juventud de esa generación, manteniéndolas ocupadas con el arte y el folclor en esa labor hermosa de rescate y difusión de nuestras raíces.

Desafortunadamente, en estos tiempos las cosas han cambiado y muy a pesar de que se ha legislado para proveer de recursos presupuestales a la cultura y el deporte, nuestros dirigentes y mandatarios hacen hasta lo imposible para escamotear estos recursos privando a nuestros jóvenes de tener el beneficio de pertenecer a un club deportivo, a una escuela de música, una escuela de arte o a un grupo de teatro o de danza donde el muchacho pueda canalizar sus potencialidades artísticas y hacer de su ocio algo productivo que eleve su autoestima y reconozca los valores culturales de su pueblo y, sobre todo, que no se avergüence de sus raíces.

Hay que dedicar más recursos y atención a los grupos de danza, teatro y arte en los pueblos y ciudades del país, pues esto sirve como barrera contra la drogadicción y la violencia.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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