Don Fernando / Foto: María Ruth Mosquera

En agosto habrá celebración en La Haya. Don Fernando recibirá su grado de quinto de primaria y podrá marcar como cumplida la meta de aprender a leer y escribir para firmar las cartas de gestión, en representación de la Junta de Acción Comunal de su corregimiento.

Es un hombre de estatura media, bigote negro y pocas canas, con 67 años, 11 hermanos, 17 hijos (todos bachilleres) y 24 nietos, que funge como la figura líder del pueblo, que impulsado por el deseo de cumplir bien la tarea encomendada por elección de sus paisanos, emprendió la misión - nunca tarde - de alfabetizarse y, de paso, arrastró con él a otros tantos que se graduarán al mismo tiempo.

“Desde siempre quise estudiar”, dijo hace poco, una tarde en que se reunieron en ‘la casa de la memoria’ para revisar las realidades de su comunidad, las bondades y dificultades de su territorio, para evocar tempos tristes y alegres, para proyectarse y concluir que, pese a sus muchas carencias y necesidades básicas insatisfechas, son un pueblo feliz porque se tienen los unos a los otros.

Hace 52 años, cuando tenía quince, se matriculó en la escuela, pero solo logró asistir quince días porque un arroyo, que a menudo se crecía, se atravesó entre él y sus deseos de capacitarse. “Aprendí a contar: unidad, decena, centena, punto que indica mil…”. Esa información le sirvió para la vida, para desenvolverse como hombre del campo, nacido y criado en La Haya, corregimiento de San Juan Nepomuceno, en el departamento de Bolívar, donde sigue viviendo y donde espera ser sepultado. “A este pueblo no lo cambio ni por Bogotá. Mi ombligo está enterrado aquí”

El paso de los años no demudó su anhelo de aprender, de aportar, de servir, características que cotidianamente percibían los suyos; por eso no dudaron en encargarle a él la representatividad de todos, eligiéndolo presidente de la Junta de Acción Comunal. “Siempre tenía la dificultad que había que mandar una carta y había que firmar. Entonces me prometí que iba a aprender a leer y escribir porque necesitábamos firmar las cartas para gestionar las cosas que necesitamos”. Y así fue.

Esa tarde de reunión, recordó su primera lección en la escuela: “Fue una sorpresa. Yo estaba muy nervioso. Todavía recuerdo la primera lección. Fue una experiencia muy dura”. Pero valió la pena porque “ya sé firmar, el nombre no más y leo con gafas. Me comprometí con la comunidad y creo que ha servido”.

Sí. Ha servido, no solamente para que don Fernando pueda gestionar el bienestar para su comunidad, sino como ejemplo de dedicación y disciplina, de inquietudes por adquirir nuevos conocimientos, de que el aprendizaje es un proceso que no tiene tiempos establecidos en el calendario de la vida.  

Antes de irse a sus casas esa tarde, con su actuar, hicieron gala de los valores que ponderan como personas que viven en común unidad: lealtad, solidaridad, responsabilidad, perseverancia  y respeto, como gente que promociona el trabajo honesto y con dignidad.

Y fue el momento para que don Fernando dejara salir al artista que lo habita, cantara algunas de sus composiciones y prometiera que “antes de morirme, dejaré un disco grabado” y prometiera seguir capacitándose, porque “aprender es lo primordial de la vida”.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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