Escapar significa para Susan hacer del sexo una mirada tramposa que con nada se inquieta. La selva, embrollo de espejos que vulnera sin afanes, fue inferior a Susan, pero le dejó en las entrañas una espantosa frialdad de réptil asesino.

Soy una víctima de Susan, cada vez que intento besarla ella se distancia de mí sin dar un solo paso. Lo más cruel es su silencio, aunque sea por simple cortesía, debería  siquiera decirme adiós.

Los debates que motivó Susan en el Congreso fueron tan impetuosos como sus caricias. Reprochó con evidencias categóricas, por ejemplo, los vínculos entre algunos dignatarios del gobierno y el cártel de Cali.

Astrid era su principal asesora, habían estudiado juntas economía en la Externado. Tras pasarse el día resistiendo  los cuchillazos que, disfrazados de expresiones amables, los demás senadores le propinaban, Susan volvía al apartamento en la noche con el afán de conseguir un poco de calma.

Siempre me encontraba en la sala leyendo una novela criminal de Andrea Camilleri o Fabio Brielmar. Me saludaba mordiéndose el labio inferior. Sin perderme de vista seguía hasta el equipo de sonido, colocaba a un volumen medio Dime que soy la marquesa de Sade del grupo de rock argentino Sonrisa Vertical y presionaba repeat. Entonces, convertida en una fiera, se aproximaba a mí, abría la cremallera de mi pantalón, se subía el vestido hasta la cintura y soltando un suave gemido se sentaba sobre mi sexo.

Sigo a Susan a todas partes. Desde que superó el asedio de las FARC con su ya famosa Estrategia de los hierros rotos, estoy detrás de ella en las ruedas de prensa y en los encuentros con el presidente.

Incluso, siempre que va confesarse con el obispo Silva, pese a que soy un incrédulo empedernido, entro junto a ella a la catedral Carlos XXVI. Sin embargo Susan no permite que me acerque mucho a su cuerpo.

Cuando intento hacerlo me tuerce los ojos o me da la espalda. Tan sólo  con apreciar la carnosidad de sus labios sufro múltiples erecciones, ella se percata pero es incapaz de apiadarse de mí. Quise que recordara nuestros años de novios invitándola a fumar marihuana y enseguida se rehusó. Afortunadamente después de un rato me tropecé con Astrid, pues necesitaba la comprensión de unos brazos cálidos.

En el VII capítulo de la novela Otro infierno no esperes, Fabio Brielmar dice: “... y a veces creo que la angustia termina reprimiendo los viejos deseos”. Mientras que Susan se pudría en la selva del Vaupés, yo luchaba por su liberación bañando con mi orina la entrada del Congreso y posando desnudo para la revista Soho.

De nada sirvieron mis esfuerzos. Los dirigentes del país no entendieron mis mensajes y me pusieron el apodo de Bolívar sin espada. Susan tuvo que convertirse en una paloma intrépida para escapar de la jaula. Con arresto ingenió su Estrategia de los hierros rotos: aprovechó la oscuridad de una noche lluviosa, evadió unos alambres de púas, y voló más rápido que las FARC.

La ausencia de Susan me volvió un ser humano menos insensible. Descubrí qué significa el sufrimiento ajeno, advirtiendo el propio. Me embriagué recordando el olor del sexo húmedo de Susan. Utilicé la soledad como madriguera de mis lágrimas. Astrid, conmovida, se involucró en mis noches y me ahuyentó el frio.

Acaba de decir Susan en una entrevista radial: “Hay secretos que deben quedarse en la jungla”. Comparto su opinión, aunque para mí la jungla más que un espacio es un tiempo.

Abordaré a Susan por la espalda, la abrazaré con ímpetu, le cantaré al oído el estribillo de Dime que soy la marquesa de Sade: “Quiero olfatear los vicios de tu   alma / quiero golpearte con mis labios / conocer el sabor de tus dedos / y hallar los goces de tu silencio”. Luego lameré su cuello como un vampiro ansioso, acariciaré sus senos, y deslizaré una de mis manos hasta su sexo ardiente. Sentiré a Susan gemir del placer. Me dirá con una voz agitada: “Métemela, métemela ya”.

Lo único que me hace falta para conseguir hundirme en los abismos de Susan es utilizar la fuerza. Con la devoción y el cariño ni siquiera puedo robarle una sonrisa. Tal vez Susan se rinda ante mis arrebatos de animal goloso.

Astrid me guiñe un ojo, sigue por un corredor y entra a un baño. Mientras venzo la frialdad de Susan tendré que continuar refugiándome en las entrañas de Astrid. A veces se me da por buscar en Astrid los olores de Susan, la acción me excita pero al final el fracaso me acongoja sobremanera.

Quizás la Susan que yo deseo dejó de existir, quizás se quedó en la selva con sus ideales de justicia y sus secretos.

CARLOS CÉSAR SILVA

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