Mi padre Ismael Rudas Jaramillo, fue la persona que le arreglaba los acordeones a los grandes juglares, como Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Pacho Rada, el viejo Juan López, Calixto Ochoa. Y ya de una cochada más nueva, entra Colacho Mendoza y Ovidio Granados, entre otros.

En esa época yo apenas contaba con una edad promedio entre ocho y doce años, ya mi papá me había enseñado a tocar el acordeón desde los cuatro, motivo más que suficiente para estar a la expectativa de todo lo que hacían estos grandes maestros, y se podía identificar plenamente quién estaba ejecutando el instrumento, porque cada uno poseía su identidad impecable, absoluta en la transparencia de un estilo caracterizado por la improvisación y creatividad, emanada de un sentimiento que cada vez podía variar según el estado de ánimo de cada intérprete.

En una ocasión, Luis Enrique Martínez -uno de mis preferidos- le dijo una vez a mi papá, cuando le entregaba el acordeón ya arreglado, que por favor se lo probara porque no estaba de ánimos para tocar en ese momento, debido a que había tenido un disgusto con Rosita, su esposa,  y eso lo tenía muy preocupado.

Esa petición no fue aceptada ya que mi padre no quería perderse  la oportunidad de escuchar la magistral ejecución de uno de los más grandes del momento; y fue así como se prendió la parranda, parranda que me sirvió para aprender a distinguir la gran diferencia entre las notas de un acordeonero triste y uno alegre, porque esta vez escuché a un Luis Enrique, que aunque su interpretación fue impecable en su digitación, no lo fue en su alegría picaresca y divertida, como en la que ya nos tenía acostumbrados.

Bueno, esta es apenas una pequeña muestra de las variaciones que pueden surgir, dependiendo del estado de ánimo cuando estamos frente a un tema libre y espontaneo como lo es la grandeza de la creatividad que infortunadamente estamos viendo en vía de extinción.

Y no me quiero referir explícitamente a los efectos por el estado de ánimo por afección a los sentimientos, pero sí me parece supremamente importante que nos preocupemos por preservar un perfil que contenga obligatoriamente unos patrones de improvisación y creatividad, cada vez que se piense en el futuro de un evento como es el Festival vallenato que se realiza en Valledupar, y que con gran dolor tengo que manifestar mi tristeza por la notoria baja en la calidad de los finalistas en los últimos años.

Es muy frecuente escuchar por la radio a la gran mayoría de los participantes cuando expresan su autosuficiencia por haber permanecido tantos meses en la finca de alguien, ensayando arduamente para llegar a la tarima con una perfecta y magistral interpretación ante el jurado que los ha de calificar.

Teniendo en cuenta esa gran disciplina en el afán de prepararse lo mejor posible para representar dignamente este bello folclor, no cabría la menor discusión. Pero me queda un interrogante: ¿qué fue lo que ensayaron allí en la dichosa finca?

Hicieron exactamente lo que nos mostraron en la tarima. Crearon con toda la calma del caso, un arreglo para cada aire. Uno para el son, otro para el paseo, otro para el merengue, y el de la puya. Estos cuatro arreglos fueron ensayados y repetidos todas las veces necesarias hasta estar seguros de no cometer el error de poner el dedo en la nota equivocada, y por eso fue necesario concentrarse tantos días en la finca que el amigo le ofreció en colaboración.

Vaya usted y cámbiele las cuatro canciones y dígales que improvisen, que demuestren su espíritu de creatividad como lo hicieron aquellos que iban a donde mi papa a que les arreglaran el acordeón.

La más grande importancia de nuestra música vallenata, siempre fue esa magia que en un género tan grande como el Jazz hizo a famosos como Charlie Parker, John Coltrane, Louis Armstrong, entre otros grandes de la improvisación; y que esa misma magia habiéndose paseado por tantas parrandas en nuestros pueblos, hoy no es justo que nos quedemos con los brazos cruzados, ajenos al detrimento de nuestra cultura musical.

Tenemos que recomendar ese perfil que digo, y sé con toda seguridad que tenemos gente nueva con capacidad para seguir a nuestros pioneros, pero es necesario que alguien toque el tema.

ISMAEL RUDAS

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