Mucho antes que nos inundara la tecnología digital con sus dispositivos de almacenamiento y la tan ahora famosa y aclamada nube, los amantes de la música tuvimos el gusto de conocer a un abuelo muy querido: el disco de acetato, LP por sus iníciales en inglés (longplay, larga duración).

Este casi siempre negro amigo nos dejaba disfrutar de los sonidos impresos en él con una calidad superior a cualquier dispositivo digital, era casi  como deleitarse con música en vivo, pues como los tiempos son cambiantes sé de muchos hermosos anticuarios que en un principio odiaron al tocadiscos pues veían en él un remplazo desalmado y desgraciado a la música tocada en presencia del escucha, sin embargo el acetato se metió en nuestros corazones.

El LP tenía como todo disco dos caras, a diferencia del disco compacto ambas caras contenían sonido, así había un lado A y un lado B. en el lado A, por fortuna de este o por estrategias de ventas, se encontraban las canciones o los temas más pegados, más publicitados, más cantados.  En el lado B los menos conocidos, no por eso de inferior calidad, algunos amigos recordarán esta situación con irónica alegría.

Pues bien lo que les propongo hoy es un ejercicio intelectual, imaginemos nuestra ciudad vallenata  como uno de estos acetatos, imaginemos que el lado A es ese lado muy vendido, muy publicitado y cantado por todos en Colombia y en otras latitudes más lejanas, este lado contiene lo ya establecido, los juglares auténticos, la música de acordeón, el machismo de sus canciones y su gente, el folclor propio, la parranda, el famosísimo Festival de la Leyenda Vallenata, el arraigo, la historia y los personajes que hicieron y hacen parte de ella, los lugares famosos, los apellidos ilustres, los cuentos, los dichos, el acento que caracteriza y por supuesto la plaza Alfonso López con el ya poco imponente árbol de mango en la mitad.

Sin embargo, como en el acetato Valledupar posee un lado B que quizá pocos conocen o se niegan a reconocer, y que casi nada se sabe de él en otros lugares, en este lado B están los diferentes, aquellos quienes por naturaleza no gustan de la música de acordeón (y no lo ven como una herejía), están los bien llamados “metaleros” amantes de ese glorioso género musical “heavy metal” y las muchas tribus urbanas un tanto satanizadas, los nuevos lugares donde los espacios de apertura son comunes, los jóvenes con largas cabelleras y múltiples tatuajes al estilo de otras ciudades como Londres o new york, los sex shop un poco chocantes para las matronas extremadamente conservadoras, las bandas de rock que van naciendo afanadas por encontrar un espacio propio en un mundo donde el color negro y los logos góticos son estigmatizados, algunos bares ubicados en el tan olvidado centro histórico que propenden por la generación de una cultura de la aceptación hacia lo diverso y las nuevas tendencias musicales que inundan la nueva nación.

Están aquellos seres que han logrado o intentan construir nuevos paradigmas y promueven su inclusión en los viejos esquemas mentales que impiden desde su óptica un cambio real en esta sociedad tan hermética a veces, están también los que promueven la cultura vial y se atreven a apelar a la conciencia de esos quienes se parquean frente a los semáforos, no respetan las cebras o las señales de tránsito recibiendo muchas veces insultos y oprobios de la otra parte, sin embargo continúan en su empeño.

Están también esos que guardan el envoltorio del confite en el bolsillo y deciden respetar la ciudad y cuidarla del caos de las basuras en la calle, también los ciclistas que enamorados del amable caballito de acero promueven la cultura del pedal, los jóvenes cual espartanos de cuerpos majestuosos  que practican el parkour, están igualmente aquellas valientes chicas que salen solas a disfrutar de la noche en los bares sin la pretensión de conseguir un hombre que las enamore o las intente enamorar y que son víctimas de ese machismo que habita el corazón de muchos decadentes habitantes.

Todas estas nuevas pertinencias son lo que yo llamo “la ciudad” pues no es un sinónimo de crecimiento ciudadano el abundar de centros comerciales o nuevas avenidas, la verdadera ciudad son las personas, esas personas que viven su vida y dejan a los demás  hacer lo suyo, que aceptan al “otro” pues se descubren en él.

Crecer como ciudad es abrir nuestra mente a lo diverso respetando con amor las diferentes expresiones y estilos de vida, la ciudad somos nosotros quienes a contra corriente vamos generando una nueva cultura, la cultura del lado B, la cultura de la verdadera ciudad.

 

Amhed Mauricio Escallon

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