Cada vez que Juan Gabriel Vásquez, a quien no conozco, se ha ganado uno de esos rutilantes premios internacionales, he devorado sus novelas. Confieso que me ha ido mal.

Pesadas, indigestas cuando no apergaminadas. Pero ahora he leído La Forma de las Ruinas, que no se ha ganado ningún premio y, como diría mi abuelo, “me quito el sombrero”.

Es una estupenda novela, usada para muchos fines, pero todos logrados.

Averiguar quién mató al general Uribe o quién a Keneddy o quien a Gaitán, no es labor histórica para Vásquez, es la opción bien lograda de construir una novela de detectives con las astucias de Agata y la suficiencia de Scotland Yard.

Llevar al lector a encontrar quienes estuvieron detrás del asesinato de Uribe Uribe o en el de Kennedy y casi que decirnos con nombre propio quien tras el de Gaitán, es conseguir también, históricamente, una metáfora novelística sobre lo que muchos, superficialmente, trataron dizque de averiguar en el pasado.

Pero conseguir hacer una escanografia del propio autor, con sus debilidades y furias, sus invenciones y su atronadora metodología investigativa, hasta volverle también personaje de la novela, es un genial acto literario. 

Y lo consigue poniendo otro quinto personaje, el averiguador maniático, a compararse consigo mismo. La novela es muy larga para los nuevos lectores y puede tener averiguaciones que los viejos ya sabían, pero como se trata no solo de una obra literaria, inventada o no sobre la realidad nacional que los historiadores no han podido verificar ni mucho menos encontrar, se vuelve una catedral de nuestra narrativa.

Recomendar la lectura de un libro en estas épocas es más que una quijotada, pero este de Juan Gabriel Vásquez es tan contundente que vale la pena leerlo.

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal 

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