A pesar del amor imbatible y diáfano que siento por ella, no puedo esconder la amargura que me ocasiona verla cada vez más consolidada como un trofeo que exalta a la desidia, a la trampa. No, no me refiero al placer fullero que es capaz de despertar una mujer, sino a la Universidad Popular del Cesar, el claustro en donde estudié Derecho y empecé a vagar como un espectro por el laberinto de las letras.

Es verdad que la UPC es una de las universidades públicas más pobres del país. Bueno, no solo del país, sino también de la Costa Caribe, lo que resulta más triste. Por ejemplo, mientras la UPC tiene para el 2016 un cómputo de ingresos de $66.174.833.906, la Uniguajira tiene uno de $100.721.122.713 y la Unimagdalena tiene uno de $107.733.893.763.00.

Sin embargo, esto no justifica la situación infausta que hace años atraviesa la principal institución universitaria del Cesar, sino que más bien comprueba que al Gobierno nacional poco le interesan las universidades públicas regionales, que los directivos y la clase política del departamento tienen una menesterosa capacidad de gestión y que la poca plata que hay no es bien manejada.

La UPC refleja el atraso del país y, sobre todo, de la región. Es doloroso ver  a los servicios médicos que ofrece hundiéndose en la mezquindad, las cafeterías internas vendiendo productos a un precio excesivo, los alumnos sin la opción de conseguir acceder a una residencia universitaria subsidiada, los egresados lejos de un programa de educación continuada, la biblioteca sin los libros suficientes,  las muchas demandas por despido injustificado, los ex rectores anclados al poder, los nombramientos de profesores convertidos en un instrumento de complacencia política, los candidatos al Consejo Superior despilfarrando plata en la campaña.

Desde las universidades se debe programar una sociedad, una región y un Estado más democrático y equitativo. No obstante, la UPC en vez de conducir a la comunidad universitaria hacia una vida social más reflexiva, respetuosa y honesta, se empeña en afianzarse como un núcleo del atraco y de la marrullería, que hace honor a las prácticas de la política externa. Mejor dicho, el proceso educativo está al revés: la UPC no proyecta a una sociedad menos corrompida, son los políticos cleptómanos quienes proyectan a la UPC.

Hace un par de meses, una estudiante de Enfermería me comentó con cara de repugnancia: “Anoche entré a uno de los baños de mujeres de la sede Sabanas y sentí un poderoso olor a mierda —hizo una pausa, frunció el ceño y adicionó—: pero no a mierda de gente, sino de murciélago. La gracia del cuento es que varios de esos pájaros del diablo aparecieron de la nada y me hicieron salir corriendo por toda la universidad como una loca, imagínate”. Cito esta anécdota sanitaria porque creo que los murciélagos son parecidos a los estudiantes, profesores, empleados, directivos y políticos que quebrantan a la UPC: tienen la lengua larga, se nutren de la sangre del ganado, transmiten el virus de la rabia, son unas ratas con alas.

Más allá de todo esto, yo, que soy un obstinado por naturaleza, me aferro al amor inquebrantable que siento por ella y a la esperanza que me inspiran quienes, a pesar de tener escasas herramientas para el desarrollo académico y profesional, trabajan con empeño para dejar el nombre de la institución en alto y hacer aportes positivos a la sociedad.

 

Carlos César Silva

@ccsilva86

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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