Guillermo Casalins

Sabe que sus ilusiones son costosas, pero ni el precio ni lo enorme del desafío que tiene en frente han hecho menguar su intención de materializar todo aquello que hoy tiene escrito en su mente y que sin duda hará que la bandera de su patria recorra el cielo universal.

“¿Que si estamos locos? Obviamente estamos chiflados porque si fuéramos inteligentes no estuviéramos arañando aquí y allá pidiendo cosas”. Guillermo Casalins lo expresa con un énfasis tan grande como la certeza de quienes lo conocen y aseguran que “está más cuerdo que todos juntos”.

Es que este hombre, nacido en Curumaní-Cesar, no pinta su futuro sin aviones, que tengan el sello ‘Hecho en Colombia’, y con la satisfacción que haber participado en el diseño y fabricación de éstos.

No podía ser de otra manera, pues sólo tenía cuatro años cuando tuvo su primer encuentro con una aeronave y fue “flechazo a primera vista”. Junto con su familia, había hecho un dispendioso viaje desde Curumaní, en el centro del Cesar, hasta Valledupar, al norte del departamento.

En medio de los encuentros de bienvenida, vio a un primo suyo ((Alexander Casalins) jugando con un avioncito y quiso arrebatárselo. “Yo quería el juguete. Me parecía bonito. Yo no conocía los aviones”, recuerda. No pudo tenerlo, pero desde entonces el aparatico se le incrustó en el corazón y no fue posible visualizar una vida sin aviones, sin alas, sin nubes.

Era un anhelo imperioso que se agigantó cuando, tiempo después, veía los aviones de fumigación de los cultivos de algodón volando bajito por el techo de su casa… “y nosotros alcanzábamos a ver al piloto, entonces yo quería ser aviador”.

Pero sus deseos no se quedaron ahí: Un día fue testigo del aterrizaje de un avión que llevó un político a Curumaní; se acercó, lo tocó y entonces “ya no quería ser el piloto sino el fabricante de los aviones”.

Fue en ese instante de su vida cuando les puso alas a sus sueños y los echó a volar. Una vez se graduó, “empecé a estudiar ingeniería mecánica en la UIS (Universidad Industrial de Santander), pero me fue mal, porque esa gente es extremadamente brillante y no, yo no fui capaz. Me fui a estudiar mecánica de aviación al SENA, inclusive construí un avión como tesis de grado y también un carro que funcionaba con una hélice”. Luego hizo otro avión, también en el SENA Valledupar; sólo que no hay registros de eso “porque a mí lo que me interesaba era hacer las cosas”.

Hay que verlo hablando de su pasión: Su mirada se ilumina con un brillo parecido al brillo del amor. “Mi vida ha girado siempre en torno a la aeronáutica y el único problema que yo he tenido es que la aeronáutica no es para pobres y yo soy pobre”; se refiere a la falta de recursos para que él y el “montón de locos” que lo acompañan puedan ver realizados sus sueños que, de paso, significarían un gran salto para el desarrollo industrial y económico del país.

Lo que siguió en su vida fue el cumplimiento de los serendipities de los que habla la física cuántica, porque un inventario de ‘acontecimientos afortunados’ y las personas indicadas fueron ubicándose de manera estratégica en el camino por el cual él pasaría en los años siguientes, de modo que pronto estaban juntos un grupo de apasionados por la aeronáutica, entrelazados por el amor por el vuelo, por la perfección y belleza de la máquina, a la que consideran perfecta, un milagro de la tecnología.

Y gestaron y parieron la Fundación de Investigaciones Aeronáuticas (FIA), hoy integrada por profesionales de todas las disciplinas afines: Ingenieros, técnicos, pilotos estudiantes y entusiastas de los aviones o las máquinas en general.Se trata de una organización sin ánimo de lucro, cuyo interés es promover la industria nacional, apoyada en ciencia y tecnología aeronáutica y relacionadas, “con pretensiones en diseño construcción y certificación de productos netamente colombianos sobre todo para sustitución de importaciones y para fortalecer la creación de empleos de calidad para nuestros ingenieros”.

Desde la creación de la FIA hace unos doce años, hoy pueden decir con satisfacción, que “en la mayoría de proyectos en diseño, construcción o certificación de algún producto aeronáutico en este país lo más seguro es que esté un miembro de la FIA.Sin embargo, nosotros estamos desarrollando nuestros propios proyectos para el aprendizaje y entrenamiento de nuestros miembros”.

Eso les llena de orgullo, así como otras tantas experiencias acumuladas en estos años. “Hace algún tiempo llegó a hacer pasantías un muchacho de último semestre de ingeniería aeronáutica. Como la mayoría pensaba en hacerse rico rápidamente, yo le propuse que hiciéramos los instrumentos electrónicos para el Cóndor; él me dijo que era mejor comprarlos porque salen mucho más baratos y mejores; le repliqué que  no era para poner una fábrica de instrumentos, sino para saberlos hacer y ponerlos a prueba. Ahora ese mismo muchacho hizo su propio Paratrike, con la ayuda de wind-concept y los instrumentos de su aparato todos son digitales, hechos por él mismo.  Ese es el espíritu que queremos, es el espíritu de la FIA. Somos ingeniería con pasión”.

Esa es su esencia: Crear, porque “aunque este país está lleno de ingenieros, no tenemos productos de ingeniería. El celular por el que hablas, por ejemplo; y estamos llenos de ingenieros electrónicos. Moto Suzuki; no es Moto Casalins, ni Pérez, ni Mosquera; aunque estamos llenos de ingenieros mecánicos no hacemos una moto, no hacemos nada”. ¿Qué hacemos? Somos únicamente exportadores de productos naturales, como lo éramos hace 500 años cuando llegaron los españoles; mandamos cosas como flores, bananos; lo mismo que hacían nuestros indios cuando llegaron los españoles. No hemos cambiado absolutamente nada; ellos llegaban en sus caballos y nosotros les entregábamos nuestras indias, igual que ahora, nuestras modelos y nuestras putas son famosas en todo el mundo”.

Es la reflexión que quieren que llegue a oídos del Estado. “En todos los países desarrollados del mundo, es el Estado el motor impulsor de la industria. Los países se desarrollan creando, no importando tecnología, sino haciéndola. Debemos advertir sobre lo que está basada la economía actual, somos exportadores de materia prima, tal como nos lo da la tierra; nuestros economistas se basan en la lógica, que ‘si es más caro producirla aquí, es mejor importarla’, pero la pregunta es ¿por qué resulta más caro producirlo aquí?, ¿cuánto nos cuesta no adquirir el conocimiento?, ¿Cuánto nos vale que la tecnología se aleje cada día más de nosotros, al traerla de afuera? No es lo mismo usarla que producirla. ¿Cuánto nos vale que nuestros genios tengan que largarse del país porque aquí no hay oportunidades, aunque algunos de nuestros dirigentes usen eufemismos como que estamos es exportando cerebros? Ahora hay programas para traerlos de nuevo, aunque no se sabe para qué; no creo que ningún investigador que esté haciendo ciencia de verdad venga a hacer nada aquí. ¿Cuánto nos cuesta que nuestros jóvenes que se quedan, estén en su mayoría haciendo trabajos basura? Y, lo más importante, cuando se acabe el carbón y el petróleo, ¿qué vamos a hacer? ¿de qué vamos a vivir?”

Una opción que proponen es “hacer algo que estemos en condiciones de hacer, y que fueran las fuerzas militares que lo operaran un tiempo para que el desarrollador pueda ganar experiencia y después poder ofrecerlo al público. ¿Hasta qué punto el Estado puede patrocinar proyectos que más adelante sirvan para dar trabajos de calidad a ingenieros y técnicos nacionales? Que se haga un pacto entre los industriales el Estado y los consumidores: La industria en mejorar los procesos para hacerlos más competitivos, el Estado para legislar en favor de la industria nacional y el público para que masivamente prefiera el producto nacional que al fin y al cabo es la que le da el trabajo a ellos, los vecinos y familiares, que a la larga son los que pagan los impuestos al Estado. Es un gana-gana”, y hace la invitación a los dirigentes del país a preguntarse: ¿Cuánto nos cuesta no hacer nada y traerlo todo de afuera?

Cuentan con algunas empresas aliadas que funcionan  como un ‘gana-gana’, ya que éstas los apoyan con algunos proyectos y ellos les aportan ingeniería para que puedan desarrollar sus propias iniciativas o necesidades. No pierden su esencia. Aunque han madurado, están convencidos que pueden ser soporte técnico y de ingeniería no sólo para la industria en fabricación sino que eventualmente podrían  ser consultores especializados en los entes del Estado y las empresas aéreas o asociaciones de pilotos o técnicos  que requieran una segunda opinión  ante una eventual disputa técnica.

Amén dicen quienes los han visto soñar, trabajar y conocen las capacidades de estos hombres que, en su mayoría, “nos visualizamos o tenemos corazones de artistas callejeros y renegados; estamos convencidos que se necesitan gerentes, pero  más nos interesa la ingeniería pura, cosa que se va a necesitar mucho en los muchos proyectos que creemos que pronto se van a dar en el país; aunque somos pioneros como operadores, queremos ser autosuficientes”.

Y aunque se declaran locos o chiflados de remate, verlos a ellos hace venir a memoria la célebre frase de Steve Jobs (el genio detrás de la marca Apple): "Ésos son los locos, los incomprendidos, los rebeldes, los problemáticos, las estacas redondas en los huecos cuadrados… los que ven las cosas de otro modo. No están sujetos a las reglas y no respetan el statu quo. Puedes citarlos, estar en desacuerdo con ellos, glorificarlos o maldecirlos, pero lo único que no puedes hacer es ignorarlos, porque cambiaron las cosas. Impulsaron al género humano a avanzar y aunque algunos puedan verlos como locos, nosotros vemos genios, porque sólo quienes están tan locos como para pensar que pueden cambiar el mundo son capaces de cambiarlo de verdad”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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