Hace dos semanas traté en esta columna el caso de los alcaldes municipales, y palabras más y palabras menos, los tipifiqué entre pilos, medios y leña verde. Siendo los pilos aquellos que se rodearon de personas idóneas, conocedoras de sus funciones y que con claridad sabían de administración, esos alcaldes que llegaron y, sin llorar sobre la leche derramada, se pusieron manos a la obra, a trabajar y a formular proyectos de inversión que favorecieran a sus gentes. También mencioné los que hacían lo mismo pero en forma mucho más lenta y, por último, traté sobre los que con el retrovisor miraban la administración anterior, los que entraron sin estar preparados, los que se rodearon de amigotes que no sabían de administración, los que para tapar su ignorancia administrativa culpaban de todos los males a la administración anterior.

Bueno, de los mismos quiero hablar hoy, de la mayoría de ellos. Esos llegaron a la administración municipal, gracias a esa corriente de opinión que nace en forma artificial, auspiciada por el dinero de unos patrocinadores externos que en el proceso electoral inundaron los pueblos de propaganda consistente en decenas de carros de perifoneo con jingles pegajosos expertamente montados, con canciones de moda de cantantes y conjuntos de moda también, a los que les pagaron altas sumas por montar parodias de sus canciones o composiciones y arreglos muy particulares hechos a la medida de los aspirantes a las alcaldías. Las emisoras y los carros de perifoneo repitieron hasta la saciedad estas propagandas y el pueblo saturado no tuvo tiempo de pensar sobre si el mencionado servía o no, sino que se contagiaba y terminaba creyendo que éste era el mesías, el revelado, y tomó como propia la propaganda y votó mayoritariamente por él.

En efecto, este candidato ganó las elecciones por abrumadora mayoría y sus simpatizantes se embriagaron de poder y sintieron suyo el triunfo, no dándose cuenta que lo suyo fue el esfuerzo como elector, que lo suyo fue el tamal, que lo suyo fue la camiseta con la propaganda, que lo suyo fueron las botellas de licor que le regalaron en campaña y, por último, que lo suyo fueron los cincuenta mil o cien mil pesos con que negociaron su voto y que no tienen derecho a más nada, pues lo suyo fue un contrato de arriendo de su conciencia por un término fijo, cuya fecha se vencía el día después de las elecciones y que, de ahí en adelante, no habría vínculo con su candidato y ahora alcalde electo.

Roto el vínculo contractual-electoral con que compraron su conciencia, el elector por inercia siguió en campaña los seis primeros meses viendo como nombraban al círculo cercano de los amigos del alcalde, sin percatarse de que él no tenía ni tiene oportunidades. Él albergaba la esperanza que en dos  o seis meses le retribuirán su lealtad con un cargo, un puestico o un contrato que le ayudara a solventar la terrible situación económica que vive. Pasaron seis meses, medio año y nada, no lo tienen en cuenta para nada. Entonces comienza a sentir esa soledad del elector burlado y empieza a sentir esa rabia sorda y silenciosa que le corroe las entrañas y empieza a ver la realidad que vive y descubre el engaño que le hicieron.

Se da cuenta que su antiguo candidato, hoy el alcalde, ni le visita, ni le saluda, ni le habla, ni le sonríe, incluso olvidó su nombre y cuando trata de abordarlo, una secretaria con displicencia le dice que el doctor está ocupado en una reunión, que no puede atenderlo, que hay que sacar cita previa. Ahí es donde se le derrumba ese mundo de ilusiones y esperanzas y comienza a tomar conciencia de que se embarcó en el bus equivocado, que entró en una fiesta que no era la suya, que no hace parte del entorno cercano del alcalde.

Es en ese momento en que comienza a ver con ojos críticos la administración de su pueblo, es cuando comienza a ver fallas y a detectar fraudes y torcidos, es apenas el momento en que se da cuenta que eligió un paquete chileno como su mandatario. Ya para qué, ya el daño está hecho y tendrán que pasar cuatro años para votar bien. El daño está hecho, porque ese municipio no tendrá una buena administración, no tiene como tenerla, pues ese alcalde no estaba preparado y, además, ahora tendrá que retornar con creces el capital que invirtió el financiador externo y este financiador traerá una persona que haga dos o tres contratos a nivel nacional para cobrar su cuota. En tanto el alcalde se dedicará de cuerpo y alma a conseguir esos recursos para salir del empeño en que está metido.

Triste realidad del pueblo colombiano y terrible realidad del elector reciclable.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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