Al clásico personaje creado por Edgar Rice Burroughs se le ha adaptado innumerables veces y en distintos formatos.

Con tantas versiones del famoso Tarzán, se antoja que los creadores de ésta nueva película buscaban desmarcarse de la misma fórmula al contar la historia de forma distinta a la que contaron los demás: el crío de una pareja de la aristocracia europea se queda al desamparo de los peligros de la selva profunda de África, donde finalmente es criado por una familia de gorilas. Ya de adulto, se encuentra con la civilización y se integra a esta con mayores o menores dificultades según la versión que fuere.

Lejos de dicha versión, la película de David Yates se atreve a contar un capítulo distinto y con un enfoque también distinto, pues intenta revertir el discurso de la superioridad de la civilización europea que “salva” del salvajismo a los pueblos originarios de África y al mismo protagonista; enfoque que constantemente está presente en anteriores versiones.

Sin embargo, el hecho de utilizar un telón histórico (cuando la región del Congo era saqueada, esclavizada y repartida por Bélgica y Francia), no salva el guión de simplista, ni de ser predecible.

La historia se ubica unos ocho años más tarde de lo que ya hemos visto y todos sabemos sobre Tarzán. Entonces vemos que el famoso habitante de la selva se encuentra cómodamente inserto en la Inglaterra victoriana al frente de su herencia y rebautizado como John Clayton III, Lord de Greystoke. Además de felizmente casado con la bella Jane Porter, interpretada claro, por Margot Robbie.

Por circunstancias no muy claras, y aunque se intenta justificar pero se queda en el terreno de lo inverosímil, John, Jane y George Washington William (personaje basado en su semejante en la vida real e interpretado por Samuel L. Jackson) regresan a la selva que vio crecer a los dos primeros y en donde su amor nació años atrás.

Lo que de ahí se desprende es una aventura en la que se encuentran de cara al villano: el Capitán Rom (interpretado por el genial y esta vez acartonado Christoph Waltz). Los motivos de Rom y de la corona de Bélgica son los preciados diamantes de la ciudad de Opar, ciudad que en ésta versión de Yates es representada como una especie de tierra salvaje entre los salvajes y que recuerda, sin querer, a la zona en sombras del Rey León, donde las sin vergüenzas hienas viven y reinan.

A pesar del atractivo de ambos protagonistas, y sobre todo Jane, que aunque intenta ser un personaje veterano, no deja de ser una damisela en peligro durante toda la cinta. Y sobre todo, un villano tan poco creíble, dejan un ambiguo sabor de boca.

El personaje de Samuel L. Jackson busca exponer la cara fea de la colonia belga en el Congo tal como haría el personaje real; también lleva a la historia las pocas escenas en la cinta aderezada con humor, pero estas son tan pocas, que se sienten como una salida sin mucho sentido.

Así pues, David Yates, pese a que intenta abonar a la historia del famoso personaje de Tarzán, su aportación está confeccionada con elementos que no logran convencer. Su fuerte radica en el reparto y en su intento de una versión más obscura y real, sin que se logre el objetivo.

 

Natalia Fernández 

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