Crecimos enchufados a la hermosa tradición decembrina del pesebre. Mi querida Mama Tila, abuela materna, lideró siempre la elaboración y el sustento, para la fe, derivado de la práctica, los rituales, el encuentro diario, la orientación, la tradición cristiana, las costumbres de familia y el necesarísimo complemento gastronómico. La unidad familiar se fortalecía y eso mismo ocurría en casi todas las casas.

El pesebre, en diciembre, era un punto afectivo de impacto mayor en la expresión del amor familiar y la camaradería vecinal. Es evidente que el seno familiar es espacio idóneo para compartir, experiencias felices y acontecimientos del pasado que fortalecen la familiaridad, contenidos formativos respecto de la fe, valores humanos, familiares y sociales y dar lugar al diálogo intergeneracional con toda la carga de cuentos, anécdotas, semblanza de personajes, íconos y lugares comunes en el tiempo, que derivan en una cultura familiar común a todas y “creada” por el roce afectivo de sus integrantes.

Hay un hermoso canto católico, de Padre Zezinho,  que afirma:

Que marido y mujer tengan fuerza de amar sin medida 
y que nadie se vaya a dormir sin buscar el perdón. 
Que en la cuna los niños aprendan el don de la vida, 
la familia celebre el milagro del beso y del pan. 
Que marido y mujer de rodillas contemplen sus hijos, 
que por ellos encuentren la fuerza de continuar. 

Bendecid oh Señor las familias, Amén. 
Bendecid oh Señor la mía también. 

Según el Artículo 42 de la Constitución Política de Colombia “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. Se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio o por la voluntad responsable de conformarla. El Estado y la sociedad garantizan la protección integral de la familia. La ley podrá determinar el patrimonio familiar inalienable e inembargable. La honra, la dignidad y la intimidad de la familia son inviolables. Las relaciones familiares se basan en la igualdad de derechos y deberes de la pareja y en el respeto recíproco entre todos sus integrantes. Cualquier forma de violencia en la familia se considera destructiva de su armonía y unidad, y será sancionada conforme a la ley (…)”.

De acuerdo con la Declaración Universal de Derechos Humanos,  “la familia, es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”.

Segúnlos buenos ejemplos que todavía pululan en nuestra tierra, la familia es punto de partida, centro de encuentro y espacio idóneo formativo, como preámbulo de la vida en sociedad. Los valores, principios, hábitos y costumbres conforman la cultura familiar, llamada a nutrir socialmente a cada quien. En esto, los abuelos cumplían un papel formador a través del diálogo intergeneracional familiar, en desuso hoy día por el progreso tecnológico, el aislamiento de las nuevas generaciones, la desinocenciaciòn generacional y la falta de ejercicio conversacional en el seno familiar.

Las rivalidades ganan más espacio cada día y penetran los diversos roles, en gracia de lo cual sobreviene el alejamiento, la sobre exigencia y –en ocasiones- el maltrato, pisoteándose de plato el mejor ungüento comunitario que existe: el amor.  El texto bíblico indica que “el amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.”

No obstante, la vida avanza y se pierden generaciones. En nuestro medio, crece la franja poblacional, entre 8 y 30 años, en riesgo de sucumbir ante los males de la época: drogadicción, ocio improductivo, desenfreno sexual, vagancia, alcoholismo e improductividad, pese al aumento anual de presupuestos que, en afán paternalista, contienen paños de agua tibia que sucumben ante la realidad.

Es hora de decir sí: a la búsqueda del entendimiento en el hogar, a la unidad familiar, al trabajo en equipo, al diálogo intergeneracional, al fortalecimiento de las buenas costumbres en el vecindario, a la práctica del deporte, al desarrollo cultural, a la rumba sana, a la participación popular, a la paz interior como preludio de la realidad exterior. ¿Que con qué? Con el amor por delante, al procurar entender más que convencer, aceptar más que vetar, acompañar sin rechazar, abrazar sin faltar, dar más que recibir, enseñar  sin imponer. El mensaje tiene que ir acompañado de la alegría como reflejo de la paz interna, del amor que se profesa y del camino cierto.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@AlbertoMunozPen

 

Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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