Ir a cualquier parte del mundo, volver y contarlo. Esta sería una manera de definir, en general, la Literatura de Viajes. Para algunos ni siquiera es un género, para otros es una parte importante de la Literatura pues, ¿no es toda historia un viaje?, ¿acaso no esconden títulos tan célebres de la Literatura mundial como "Los viajes de Gulliver" de Swift, “En el camino” de Kerouac o el mismísimo Quijote, por mencionar sólo algunos, un viaje en su interior? A fin de cuentas, quizá sea una Literatura mucho más cercana a nosotros de lo que creemos.

Este ir y contar después de lo vivido es algo casi innato al ser humano, los primeros escritos que podemos englobar dentro de la Literatura de viajes son los de autores clásicos como Estrabón o Polibio. Además de su innegable valor histórico, las obras de estos autores sirvieron de fuente y estímulo a los literatos desde la Antigüedad al Renacimiento.

En la Edad Media el mundo conocido por los europeos se agranda y por tanto las crónicas de los viajeros también, destacando la que fray Guillermo Rubruck hizo de su estancia en Mongolia y el apasionante viaje de Marco Polo, escrito por su compañero de celda, Rustichello de Pisa, a finales del siglo XIII.

A pesar del nuevo torrente de información que todos los compendios de esta época ofrecían, lo cierto es que en la mayoría de los casos estos escritos estaban cargados de viejas creencias y mitos completamente alejados de la realidad.

El más conocido y popular de estos mitos es, sin duda, el de la región americana del Dorado (o El Dorado). Se trataría de un país de abundantes riquezas que se encontraba entre el Orinoco y el Amazonas. El mito se asentaba en la supuesta figura de un cacique chibcha que se cubría el cuerpo con oro molido.

El primero en tener noticias de este fabuloso reino fue Diego de Ordás en una de sus exploraciones por el Orinoco (1531). Desde ese momento fueron muchas las expediciones que se impulsaron para encontrar el mítico El Dorado. Aunque muchas de ellas llegaron a la conclusión de que en realidad El Dorado se identificaba con otros reinos ya conquistados, la esperanza de hallar ricos territorios en zonas desconocidas animó a muchos exploradores a emprender su búsqueda.

No sería hasta finales del siglo XVIII cuando se considerase superada la leyenda, otro ejemplo más de la irremediable fuerza de la unión de la curiosidad, la ambición, la Literatura y el viaje.

El panorama cambió radicalmente a partir de 1492, los nuevos mundos fueron cobrando forma y su conocimiento y descripción fue creciendo en cantidad y calidad durante los tres siglos siguientes. Después de los primeros marineros y soldados, -Américo Vespucio, Antonio de Pigafetta, etc.-, llegaron misioneros y viajeros con cierta formación intelectual.

A estos últimos seguirían los científicos, cuyo afán de saber los llevaría a analizar esta nueva realidad de una manera mucho más incisiva. Su más conocido exponente sería Charles Darwin, de “El viaje del Beagle” (1839), surgiría años después la teorìa de la evolución. 

Mención especial merecen, ya en el siglo XX, los libros que nos cuentan las expediciones al polo por parte de aguerridos viajeros. Muchos son los relatos que tratan este tema, sin embargo, de entre ellos debemos destacar El último lugar de la tierra” de Roland Huntford, que cuenta la apasionante carrera entre Robert Falcon Scott y Roald Amundsen por ser los primeros en llegar al Polo Sur.

Scott no sólo perdió la carrera, también se dejó la vida en el empeño como nos cuenta Aspley Cherry-Garrard, compañero de Scott, en su libro “El peor viaje del mundo”, otro gran clásico de la Literatura de viajes.

Siempre hay nuevas visiones, nuevas experiencias. Viajar no es sólo moverse en el espacio físico, hay también un componente humano que varía con cada nuevo lugar y que el buen escritor de viajes debe saber plasmar, "El corazón de las tinieblas" de Conrad, "Vagabundo en África" de Javier Reverte o "Un día más con vida" de Kapuscinski, serían tan sólo algunos ejemplos.

Podría parecer que los títulos mencionados -hay muchos más de gran importancia-, fueran libros pensados sólo para eruditos, pero nada más lejos de la realidad. Además de su poder didáctico son historias que aportan al lector que quiera acercarse a ellas una nueva visión sobre el mundo y sobre las diferentes maneras de acercarse a él. Vaya, léalo y cuéntelo, no se arrepentirá.

 

David Temprano 

 

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