Javier Omar Ruíz, fundador del Colectivo Hombre y Masculinidades

 

Javier Omar Ruíz es uno de los fundadores del Colectivo Hombre y Masculinidades; una organización social que viene operando en Colombia desde el año 1994 y cuyo objetivo fundamental es trabajar con la sociedad; especialmente con los hombres sobre el replanteamiento de los paradigmas patriarcales de la masculinidad.

El Colectivo, soportado por las investigaciones y actividades formativas de un grupo conformado por psicólogos, economistas, trabajadores sociales, pedagogas en campos de las ciencias, estudiantes y jóvenes universitarios, trabaja con la perspectiva relacional de género; esto quiere decir que siempre está articulando las reflexiones críticas sobre las construcciones de género pensando igualmente en hombres como en mujeres.

Tiene presencia en casi todas las ciudades capitales del país y varios municipios de Córdoba, Sucre, Nariño y Arauca. En Valledupar estuvieron realizando una formación durante dos días en 2014, dirigida a jóvenes universitarios y de organizaciones vinculadas a un proyecto realizado por la Agencia Alemana de Cooperación Internacional –GIZ- desde la perspectiva de género.

En entrevista con Panorama Cultural, Javier Ruíz, licenciado en educación y especialista en pedagogía y gerencia social hace una rápida radiografía acerca de la construcción de la identidad masculina y femenina en Colombia y de cómo el trabajo que viene realizando el colectivo desde hace 22 años ha arrogado frutos en zonas como las Costa Caribe; consideradas extremadamente machistas.

¿Considera usted que lo masculino es opuesto a lo femenino?

Frente a esta pregunta caben dos alternativas: la primera, explicar que en el sistema patriarcal a los hombres sí nos construyen, nos educan y nos socializan pensando en que lo femenino es lo opuesto a lo femenino. Todo lo asociado a lo femenino como la afectividad, la ternura, la sensibilidad y el cuidado nada tienen que ver con lo masculino o con los imaginarios y prácticas de los hombres. Para nosotros los hombres, es importante en este proceso educativo que recibimos, considerar que lo masculino es lo más importante y que lo femenino es lo que no deseamos.  

Nos han dado la idea que ser hombres es no ser mujer. En definitiva, ser hombres es no asociarse con nada de lo que está asignado culturalmente a las mujeres  o digámoslo también con todo aquello que es considerado lo femenino de las mujeres: oficios domésticos y atender a los hijos. Siempre se nos ha dicho que debemos tomar distancia frente a ello. Pasa lo mismo cuando dicen “los hombres son de la calle”.

Segundo, consideramos en el trabajo formativo que los hombres también deben encontrarse en esos campos de vida asignados tradicionalmente a las mujeres como el cuidado de los niños y lo doméstico; algo que también les compete y no porque sea una asignación de género sino porque es una responsabilidad de los hombres cumplir con esas tareas de cuidado y de mantenimiento de la vida.

Frente a esta realidad patriarcal, el Colectivo Hombres y masculinidades y también muchos grupos de hombres en el país y fuera de él, hacemos un trabajo para replantear justamente esa pauta de crianza y socialización masculina; por lo tanto, trabajamos en la idea de que lo femenino no es lo opuesto a lo masculino o que los hombres nos construimos por oposición a las mujeres.

Pensamos que los hombres sí nos podemos reconciliar positiva y proactivamente con lo que se considera en esta cultura “lo femenino” porque eso complementa nuestra presencia en el mundo y en la vida. Nosotros podemos adelantar tareas de manera coparticipativa con las mujeres.

¿Cómo plantean el desarrollo de esa coparticipación?

La coparticipación en los procesos de vida en todos los campos entre hombres y mujeres es muy importante; por allí proponemos que transiten las nuevas masculinidades. Esas maneras de pensarnos los hombres en las que cabe considerar todo eso que se ha planteado como campo especifico de las mujeres.

Los hombres podemos vincularnos –entonces para reiterar- con la ayuda doméstica, con las prácticas de cuidado, con la sensibilidad, las emociones y los afectos, con la expresividad corporal, con la alegría, con la felicidad, con el llanto, con el abrazo, con la búsqueda de ayuda cuando lo necesitamos, etc. Esas son cualidades que pensamos y proponemos y que hacen parte de alguna manera de ser hombre diferente.

Dentro de un modo de pensamiento alternativo, proponemos y consideramos que lo femenino es lo relacional con lo masculino, que son coparticipes de la vida. Nos podemos centrar entonces en relaciones de equidad, entre hombres y mujeres; podemos establecer lazos de confianza, solidaridad y de acompañamiento mutuo.

¿Específicamente, cómo se construye la identidad de género desde la masculinidad?

Las identidades de género, y específicamente las masculinas, se construyen a través de la crianza y la socialización. En la casa, mamá, papá, hermanos, abuelos, tíos van proporcionándole al niño mandatos que le van dando la manera como deben de ser hombres: “Los hombres no lloran”, “a los hombres no les duele”, “un hombre puede hacer lo que les dé la gana”, etc.

Más adelante, a medida que pasa a otros espacios de socialización como el barrio o el colegio, va también nutriendo con otros referentes de la masculinidad o va fortaleciendo los anteriores, entonces se le va diciendo: “no sea marica”, “peleemos”, “un hombre tiene derecho a siete mujeres”, “los hombres podemos piropear cuando nos dé la gana”, “los hombres podemos llegar tarde a la casa porque nunca nos pasa nada”, “los hombres podemos tomar todo el alcohol porque sabemos cómo manejarlo”, etc.

En la edad adulta, él sigue manteniendo, reproduciendo y fortaleciendo esos imaginarios y prácticas de lo que es ser hombre. Pero quiero indicar igualmente que las mujeres también son formadas siguiendo la misma plataforma educativa; esto es la crianza en el hogar y en la socialización en otros espacios como la escuela, la calle y luego en el trabajo.

Las mujeres allí son formadas para pensar que son indefensas, débiles, lloronas, que están para la casa y que no pueden responderle a los hombres, que deben ser sumisas y todo lo demás que se sabe. Tanto con hombres como con mujeres el sistema patriarcal sigue una ruta formativa a través de la vida cotidiana con mandatos, frases, refranes, con explicaciones y con juegos porque “el último que llegue es una niña”, “el que lo tenga más grande es más hombre”. A las mujeres jugando a la cocinita y todos esos juegos que se nos enseñan.

El colectivo realiza estudios sociales en varias zonas del país… ¿Qué tantas manifestaciones de machismo han encontrado?

Efectivamente, hemos tenido la ventaja de desarrollar proyectos y procesos en varias zonas de Colombia. En Nariño, en el litoral pacífico, con población afrocolombiana encontramos unas particularidades importantes y que si bien son machistas tienen unas posibilidades de resistencia y de cambios muy grandes debido a la alegría que tienen y al trabajo corporal que realizamos, se han logrado cambios importantes.

En el Caribe colombiano hemos trabajado con campesinos, campesinas y con población indígena Zenúes, aunque también encontramos otras características de machismo costeño, hemos logrado buenos resultados en poner en remojo de cuestionamientos esas tradiciones de la cultura regional.

En la zona de los Santanderes hay un común denominador hay un común denominador en el imaginario de prácticas machistas en los hombres, lo cual se mantiene como una constante en  todas las partes del país con algunas particularidades que no llegan a ser -desde nuestro punto de vista- muy significativas, más bien son diferencias que marcan algunas características pero no llegan a diferenciar  demasiado las prácticas machistas.

¿En qué medida cree usted que está fallando la sociedad para que esos imaginarios machistas sigan arraigados a pesar de los espacios –que por derecho propio y por lucha- ha ganado la mujer hoy?

El patriarcado o el machismo es estructural, o sea que está incorporado en la estructura misma de la sociedad; en la manera en que la sociedad se piensa como sociedad, en la manera cómo piensa la cultura, en la manera cómo piensa y hace las cosas. Toda la sociedad, el Estado, la política, el sistema educativo, el sistema de salud, los medios de comunicación, etc., piensa en lógica patriarcal.

Si vamos al sistema educativo, a los hombres se nos enseña que la historia se ha hecho a punta de violencia o de agresión, de conquistas, invasiones y, en definitiva, los grandes héroes de la historia son los guerreros. Eso es una manera patriarcal de pensar la historia.

En educación sexual se enfatiza mucho que las niñas se cuiden para no quedar en embarazo pero ¿qué pasa con los embarazadores? No hay mucho trabajo en ese campo por eso es que el sistema de salud tampoco ha replanteado los programas que tienen sobre las adolescentes embarazadas. Todos estos procesos se piensan en lógica patriarcal por eso no se ha pensado en replantear las lógicas masculinas.

En el sistema legal es igual la situación por eso es que, cuando sale una ley, las mujeres organizadas deben revisar qué pasa con las mujeres en esa ley, a ubicar y a replantear allí su lugar social y legal. En la política, a las mujeres les toca salir a pelear por unos cupos y el sistema “muy amablemente” les da un 30 por ciento de participación política. Entonces, toda la estructura social está basada en el sistema patriarcal y desde allí se forman hombres y mujeres y a ambos ese mismo sistema les asigna unos modos de estar y ser en el mundo de manera disímil o diferente y por eso a los hombres nos dan –por ejemplo- la posibilidad de violentar a las mujeres.

¿Qué pedagogía utilizan para hacer estas socializaciones?

Nosotros partimos siempre de la vida cotidiana, que la gente empiece a identificar en su educación y en su familia, aquellos patrones machistas con los que ha ido creciendo. Un grupo de personas empieza a trabajar sobre cuáles fueron los mandatos de crianza recibidos, indistintamente para hombres o mujeres. Así se van analizando qué significa cada uno de ellos y cómo esos patrones afectan a hombres y mujeres.

Por ejemplo, nos afecta cuando a los hombres nos dicen que no podíamos llorar porque nos desconecta de la sensibilidad que debemos tener como seres humanos. Es una pedagogía desde la vida cotidiana, desde leer críticamente la cotidianidad y la leemos no desde explicaciones teóricas sino desde análisis de la realidad de cada persona y desde el grupo participante.

Allí vienen las narraciones de cómo fue la crianza, qué nos dijeron cuando estábamos chiquitos, qué hacíamos ya adolescentes y qué hacemos  siendo hombres y mujeres adultos y eso qué significa para empezar a pensar de manera crítica esas construcciones.

Ha sido más visible el maltrato que el hombre da a la mujer pero se han encontrado casos contrarios, en los cuales los hombres han sido violentados en su masculinidad…

Sí, hemos encontrado casos en los que los hombres han sido maltratados por mujeres pero lo que hay que tener presente es la frecuencia y la contundencia que tienen esos maltratos. No se puede equiparar la violencia contra los hombres a las violencias recibidas por las mujeres porque éstas últimas son más frecuentes, casi que son sistemáticas y, de otro lado, la forma de violentar es de una contundencia tal que llega a ser incluso, irracional.

El empalamiento de las mujeres, el desmembramiento de las mujeres, el ácido en el rostro de las mujeres, el toqueteo en la calle, el abuso sexual recurrente en la guerra, en el campo, en la casa, en el transporte público; eso hace que el fenómeno de la violencia contra las mujeres tenga más fuerza social y política y por lo tanto, amerite mayor atención por parte de la políticas públicas del Estado. Nosotros como grupo de hombres, acompañamos permanentemente esta lucha de las mujeres porque eso hay que pararlo.

Hablando del toqueteo en la calle, en la Costa se tiende mucho a “halagar” a las mujeres con los famosos piropos callejeros. Es una práctica que está casi que naturalizada, ¿se puede clasificar como violencia psicológica o sexual?

De entrada, el piropo callejero si es una agresión a las mujeres porque los hombres están siendo invasivos con su cuerpo, con su manera de ser y, en definitiva, con su condición de ser mujer. Hay piropos que por sus características y gestos se traducen evidentemente en violaciones de índole sexual; la carga sexual que le da el autor del piropo se puede considerar también una vulneración a los derechos humanos de las mujeres.

El que un piropo sea halagador, en teoría, suceded cuando las personas se conocen y hay un mutuo acuerdo para ese tipo de acercamientos o confianza. Es invasivo cuando se hace a una mujer que se desconoce o a quien no se le ha pedido permiso para referirse sobre ella y frente a ella de sus características corporales.

Algunas mujeres considerarán positivos aquellos piropos que no son groseros, altaneros ni vulgares; eso de acuerdo a la consideración de la dama pero para la mayoría de las mujeres sí es violencia porque los hombres se han justificado en la manera de pensar que como hombres, pueden agredir verbal y gestualmente a las mujeres y a su condición.

¿En qué consiste la campaña del lazo blanco de no violencia a las mujeres?

Esta campaña se originó en Canadá en el año 1991. Fue promovida por Michael  Kaufman; uno de los personajes más simbólicos y representativos del trabajo en masculinidades en el mundo. Él se sensibilizó a partir del feminicidio de 14 mujeres perpetrado en 1989 en una ciudad canadiense cuando un muchacho mata a estas mujeres estudiantes y según el feminicida, ellas debieron estar en la casa.

A partir de ese hecho, Michael Kaufman y su grupo de hombres pro feministas, lanzaron la campaña del lazo blanco y desde entonces se extendió por el mundo. En el 2005 a nosotros nos convocaron a unas reuniones y aceptamos asumir la promoción y coordinación de la campaña en Colombia; por ello empezamos a movilizarla en todo el país como parte de un proyecto previsto a realizarse entre el 2005 y el 2009 pero todavía la seguimos moviendo.  

 

Samny Sarabia

@SarabiaSamny 

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