A pocos metros de la Terminal de Transporte de Valledupar, el gran Cacique Upar exhibe su valentía. Con una mano llama a sus seguidores y con la otra agarra una lanza alta y amenazante. El conflicto parece inminente y él, lejos de amedrentarse, opta por la lucha.

Así es cómo el escultor vallenato Jorge Maestre inmortalizó en esta estatua al Cacique que dio nombre al valle de Upar: como un guerrero intrépido, dispuesto a morir para defender sus tierras.

En la historia de esta región, no hay nombre que resuene con tanto orgullo y misterio. Cuatro siglos después de su muerte, el nombre de Upar sigue siendo su principal símbolo.

Este homenaje artístico al “Jefe de los jefes” es una obra de grandísima calidad que resalta el honor y el grado de organización de los indígenas a la llegada de los colonizadores.

El Cacique Upar era en aquel entonces la figura de máximo prestigio, el encargado de organizar diversas facciones de los chimilas y orientarlos en su desarrollo. El pueblo de Upar habitaba junto a las riberas de los ríos Cesar y Guatapurí. Sus habitantes eran alfareros, agricultores, apicultores y músicos.

El título de cacique era sinónimo de fortaleza, valor y justicia, y se obtenía como resultado de una consagración mágica en la que intervenían el dios Sol y la madre Luna. Se cuenta que en esta organizada tribu de los chimila se podía aspirar al cacicazgo mediante demostraciones de inteligencia y astucia. Sin embargo, aspirar a la categoría del supremo cacique Upar requería, además, demostraciones de auténtico amor y abnegación por su pueblo

En realidad, poco se sabe sobre la figura y la personalidad del último Cacique Upar. El año de su nacimiento, por ejemplo, es todavía un misterio para los historiadores y sólo se conoce con certeza el año de su fallecimiento (1531) a manos del explorador alemán, Ambrosio Alfinger.

En su paso por Latinoamérica, Alfinger sembró la discordia y el desconsuelo con ataques de una violencia inédita. Su codicia por el oro y la plata le llevaron a recorrer una gran parte del Cesar en busca del Dorado, ganándose de paso la reputación de monstruo sin escrúpulos.

Los cronistas hablan de la muerte del Cacique Upar como uno de los episodios más tristes del viaje de Alfinger pero también destacan la tortura y la matanza de centenares de indígenas en la ciudad de Tamalameque.

Algunos historiadores, entre los que figuran Tomás Darío Gutiérrez, consideran que el fundador de la ciudad de Valledupar, Hernando de Santana, no tuvo la oportunidad de conocer al cacique y que, por lo tanto, el nombre de Upar apareció en el acta de la ciudad debido a la influencia que tuvo en la región.

Hoy, su renombre sigue intacto. El Cacique Upar es el garante de una identidad que nace de una mezcla única, cada vez más interesada por sus raíces indígenas.

 

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