Tomás Darío GutiérrezPocas personas en la historia del Cesar han mostrado tantas facetas y tanta excelencia como Tomás Darío Gutiérrez. Este abogado de reconocido prestigio es también uno de los destacados historiadores del departamento y un defensor aguerrido de la naturaleza.

Sin embargo, su relación con la fauna y la flora no empezó de la manera que hoy conocemos. Desde joven, el señor Gutiérrez cazaba regularmente con un grupo de amigos en las afueras de Valledupar. Era bien conocido del gremio e, incluso, destacaba por su puntería excepcional.

Algunos de sus compañeros de cacería, como el señor José del Carmen Ropero, recuerdan un día cuando el cazador logró matar a tres guacamayas en el cielo sin desperdiciar un solo tiro.

“Fue algo increíble. Nunca logrado”, comenta Tomás Darío todavía sorprendido. Desde entonces, el cazador se ganó la fama de experto tirador y, más adelante, esa etiqueta le precedería a todas partes.

“Durante seis meses, los compañeros de caza hablaban de eso. No podían creerlo –expresa  Tomás Darío–: La gente también se paraba en la calle para comentar mi éxito. Decían: mira, mira, es el hombre que mató a tres pájaros de una vez”.

Hace 25 años, algo cambió. Tomás Darío Gutiérrez salió de caza con un grupo de cazadores experimentados. Soltaron los perros en la oscuridad y enseguida aullaron para avisar de la presencia de un grupo de zainos. “A mí me emocionaba ir detrás de mi perro, animándole”, explica Tomás Darío. “Lo acompañé y, de repente, no sé qué pasó, empiezo a sentir una tirotera impresionante del otro lado”.

Tomás Darío no pudo entender ese súbito arrebato. ¿Por qué la gente se puso tan agresiva? Los tiros siguieron volando y, cuando el abogado llegó a la escena de los hechos, se encontró ante un espectáculo desazonador.

Los cazadores habían matado siete zainos. “Eran todos animales gordos y hermosos – recuerda Tomás Darío– y yo me dije: esto no se puede hacer. ¿Quién de nosotros se está muriendo de hambre? ¿Para qué hacemos esto?”

Algunos cazadores empezaron a burlarse. “Unos me dijeron: miren el comandante se volvió evangélico”. Las risas se extendieron pero Tomás Darío no cedió. Estaba más serio que nunca: dejó para siempre la caza y pidió a sus compañeros que no volvieran a esas tierras con intenciones asesinas. “Eso sería como en el año 89-90”.

Le invadió un súbito y obsesivo deseo de proteger la naturaleza. “Mantenía una tristeza al saber que mis hijos y nietos no iban a ver todas estas especies animales en el futuro –explica Tomás Darío–. Por eso, pensé en salvar un pedazo de monte para que algunos se encontraran ahí. Fue cuando empecé con la reserva natural”.

En el año 1993, el abogado ofreció un sueldo a un anciano que vivía en esas tierras para que dejara de talar los árboles. Luego, consiguió 20 millones de pesos de parte de la alcaldía para la reforestación.

El proyecto de Los Besotes fue creciendo al ritmo de las adquisiciones. Tomás Darío Gutiérrez compró un predio tras otro hasta completar un círculo completo entre el cerro Morillo y el cerro Besotes. En cuestión de tres años consiguió una reforestación inaudita.

Ante la densa vegetación que hoy caracteriza el parque los Besotes, Tomás Darío reflexiona. “Salvar árboles me hace sentir útil”, explica con sosiego como si tratara de hacer un balance de todos estos años.

El sentimiento de realización es innegable y, sin embargo, el historiador sigue luchando para que su parque mantenga su esencia. Entre los planes cabe la posibilidad de construir unas cabañas ecoturísticas pero, por encima de todo, está el deseo de preservar lo que ya es un paraíso para la fauna y la flora en el Cesar.

Johari Gautier Carmona

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