Es el último domingo de agosto. El reloj de pared marca las 9:35 p.m. Un sol de rayos blancos engendra sombras y espejismos en la habitación. Estoy acostado en la cama, mis ojos deambulan suavemente por el firmamento de concreto. Acabo de hacer un recorrido por varios medios nacionales. Encontré todo tipo de noticias, pero los titulares sobre la violencia y la corrupción prevalecen: la familia del anciano que fue maltratado por un policía lo busca hace catorce años, los daños ambientales que dejó la Ruta del Sol, estos son los líderes sociales asesinados en el Cauca…

Siento que la decepción ensombrece mis sueños, mis energías. Colombia (o quizás el mundo) es un laberinto de hienas. Me produce vergüenza la manera como se maneja el Estado y la vida en sociedad, pero me resulta más irritante la dejadez humana: aunque poco nos esforzamos para lograr cambios, siempre nos andamos quejando de aquello que permanece mal. El sistema de las trampas y los egoísmos está incrustado en nuestras entrañas: vivimos maniatados al todo vale, a las ansías de triunfo y a las sonrisas hipócritas. Claro, a veces hasta creemos que merecemos seguir sin rumbo fijo, sin derechos.  

Es triste cuando expresamos o escuchamos las sentencias: “esto no lo va a cambiar nadie”, “ojo con lo que andas hablando” y “mejor quédate quieto”. Hay una resignación que me resulta menos instintiva que descarada, estamos condenados a perder contra la historia: esa que se repite sin piedad. Por supuesto, nos da mucha angustia sentir cerca la aniquilación de las ideas o más bien de los individuos, pero tenemos otros temores que son superiores: el miedo a reconocernos como iguales, a comprender que juntos somos imbatibles y a manifestarle a quienes siempre han manejado el poder que es el momento de hacer los verdaderos cambios.

Ahora rastreo la imperfección de mis actos. Pienso que un mejor porvenir se construye sin obsesiones, sin narcisismos. Respiro una Colombia que es apuñalada por mis pequeñas corrupciones: no hacer una fila, volarme un semáforo, traicionar a una novia, mentirle a mi madre, no llegar puntual, desperdiciar el agua, tirar basura en la calle, no dar las gracias, defender lo indefendible y votar siempre por el menos malo. Cada paso que damos en la vida tiene un valor particular, aquello que parece insignificante puede generar las más grandes transformaciones. 

Cierro los ojos, la oscuridad es el infinito o quizás el universo. Mi mente vuela en medio del pesimismo, veo que nadie quiere que esto cambie de verdad, no, aquí no interesa el lado, el color, el lugar o el apellido que se representa, ya que la forma siempre es la misma: el engaño. A veces nos dejamos llevar de quienes pensamos que pueden cambiar la realidad que nos carcome, pero la esperanza es vencida por el fiasco. Ojalá que mi desanimo solamente dure una noche, no quiero dejar de ser un idealista, un iluso. Sí, aprieto los dientes, suspiro profundo y noto una luz amarilla en el fondo: una puerta abierta. Ahí voy, quizás puedo escapar de la pesadilla.

 

Carlos César Silva

@CCSilva86

 

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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