Lugar de privilegio en el extenso palmarés de ridículos a escala global protagonizados por Colombia, ocupa la declinación de la sede del Campeonato Mundial de Fútbol concedida al país para 1986.

Alguna vez, estimulado por la algarabía de los Juegos Nacionales 1970, el difunto Alfonso Senior Quevedo propuso al entonces presidente, Carlos Lleras Restrepo, la realización de dicha competencia en nuestra tierra, a la vuelta de 12 años. Después de todo: ¿qué candidato con alguna medida de inteligencia habría de rechazar tal idea?

Tras poco menos de un lustro, en plena fiesta germánica, don Alfonso, verdadero patriarca del balompié, nacido de las entrañas del malagradecido suelo patrio, y responsable -entre otras cosas- de aquel maravilloso Dorado de los 50, logró lo que parecía imposible.

Las virtudes como hacedor de milagros del empresario barranquillero y su compromiso para con el país ya habían sido probados de antaño.

Dos décadas atrás, Senior consiguió importar un contingente de astros rebeldes procedentes del poderoso River Plate, conformando aquel elenco incomparable al que Carlos Arturo Rueda llamó ‘ballet azul’, invicto rival del Real Madrid de entonces.

En la Asamblea de la FIFA de mayo de 1974, el gran Senior alcanzó el prodigio de disuadir a sus colegas de que nuestra Colombia, con todo y su tercermundismo, su nula infraestructura y las demás desventajas, sería capaz de servir de sede a la primera Copa Mundo de la década de los 80.

Puesto que la fecha a esa altura sonaba lejana, y nadie en los 70 dudaba que el país de 1982, con automóviles voladores, procesos de paz adelantados y videoteléfonos, iba a disponer de todas las bondades necesarias para tamaño evento, los preparativos necesarios se fueron dilatando.

Cada uno de los presidentes de turno, desde entonces, dio el debido uso populista al asunto de aquella imposible Colombia 86, y en la última página del álbum de España 82 el Banco de Colombia reiteró su compromiso de apoyo para con la quijotesca iniciativa. En la final del evento ibérico se exhibió con orgullo la invitación sugestiva de “los esperamos en el Mundial Colombia 86” y se repartieron souvenirs nacionalistas entre los asistentes.

Belisario Betancur Cuartas, emérito poeta de Amagá, hizo uso intensivo del mantra populista como lema de campaña, y se comprometió de antemano con la realización del evento.

Lo cierto es que a cuatro años de la gesta deportiva, la comisión correspondiente había hecho poco por vencer la sensata incredulidad del mundo, pese al mecenazgo del Grupo Grancolombiano.

El máximo logro en todos esos años había sido la creación de una horripilante mascota, fiel reflejo de la nula creatividad y del desinterés de nuestro país por semejante evento universal: un ridículo balón en blanco y negro, que ni siquiera hacía justicia al café como emblema nacional.

Aunque Joao Havelange, máximo directivo de la FIFA, seguía dando crédito a la promesa de Senior, el alemán Hermann Neuberger, vicepresidente de la entidad, con el rigor propio de los suyos, decidió blindarse, redactando un listado de requerimientos necesarios para que Colombia fuera ratificada como sede.

Entre tales solicitudes se encontraban:

-12 estadios con capacidad mínima para 40.000 espectadores. (Con dificultad El Campín y el Pascual Guerrero alcanzaban esa cifra).

-4 más, con capacidad para 60.000 (Gracias a ello se construyó el Metropolitano de Barranquilla).

-2 de 80.000. (Aún ‘no los hay’).

-Congelamiento de tarifas hoteleras a partir del primer día de 1986 para los honorables dignatarios de la Federación Internacional de Fútbol Asociado. (Quizá el menos difícil de todos).

-Un moderno tinglado de telecomunicaciones en la capital. (Tampoco del todo imposible).

-La emisión de un decreto que legalizara la libre circulación de divisas internacionales en el país. (Decisión dependiente de la buena voluntad política de la clase dirigente).

-Una robusta flota de limusinas a disposición de los directivos de la entidad. (Aún hoy, dos décadas después, Bogotá tendrá a lo sumo una o dos, razón logística que obliga a todos los asistentes a los Premios Tv y Novelas a ser recogidos por la misma).

-Una red de trenes que permitiera comunicar a todas las sedes. (Con la connivencia de buseteros intermunicipales y del gremio transportador, la movilidad ferroviaria en el país se estaba muriendo de inanición desde hacía mucho tiempo, y evidentemente Velotax, Flota la Macarena y Expreso Bolivariano no estaban en capacidad de satisfacer la totalidad de la demanda mundialista).

-Aeropuertos con capacidad para el aterrizaje de aviones tipo jet en todas las sedes (El Aeropuerto El Edén de Armenia a duras penas servía para estacionar la avioneta de Carlos Ledher).

-Una red decente de carreteras que permitiera el fácil desplazamiento de la afición (Escenario bastante remoto, teniendo en cuenta que sólo hasta la presente década se completó la licitación de la troncal Bogotá-Girardot, a favor de los Nule).

Y para rubricar la razonable exigencia de la Federación, se estableció el 10 de noviembre de 1982 como plazo de caducidad para informar al mundo si el país estaba o no dispuesto a cumplir con su palabra.

‘El poeta de Amagá’ reunió en solemne conciliábulo a su corte para considerar si era o no posible cristalizar la faraónica empresa de hacer todas esas cosas en cuatro años, sin las reservas monetarias suficientes, dado que la mayor parte de éstas ya había sido depositada en las correspondientes cuentas internacionales de nuestra corrupta dirigencia.

Pese a las súplicas de Senior y a sus fuertes argumentaciones en favor del Mundial como una vía para reforzar al país en materia de infraestructura, de reputación internacional y sobre todo de dignidad, al día siguiente, con su retórica prodigiosa, el amagueño se pronunció al siguiente tenor:

“No se cumplió la regla de oro según la cual el Mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a la multinacional del Mundial”.

Eso fue en octubre. Para fortuna del desacreditado primer mandatario, Gabriel García Márquez se alzó pocos días después con el Nobel de literatura, Ástor Piazzola anduvo de visita por Bogotá y Daniel Samper Pizano se ganó otro premio de menor calado.

Así las cosas, Colombia 86 habría de ser una bochornosa anécdota más, llamada a engrosar nuestra lista de ridículos internacionales. Gracias a la decisión de Betancur nuestro país se convertiría en el único que hasta la fecha ha rechazado tamaña posibilidad.

Para mayor vergüenza, México, castigada por un terremoto a pocos meses del evento, realizó un espléndido Mundial, en lo que se constituyó en una seria bofetada a nuestro orgullo de nacionales.

Como coda a esta sinfonía abominable e inconclusa, el visionario Senior demostró su grandiosa capacidad de síntesis con una sentencia, tan verídica, como dolorosa:

“Colombia es un país enano al que no le quedan bien las cosas grandes. Y la empresa de realizar el Mundial es un compromiso grande. Yo quería para Colombia algo de ese porte, y Colombia me falló”.

 

Andrés Ospina

El Blogotazo 

Acerca de esta publicación: El artículo “La triste y vergonzosa del Mundial Colombia 86” de Andrés Ospina fue originalmente publicado en el Blog El Blogotazo (El Tiempo) Esta nueva publicación coincide con los 35 años del anuncio oficial de la cancelación del Mundial (el 25 de octubre de 1982).

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