Luis Tejada

 

En el prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda a “Gotas de tinta” en la edición del Instituto Colombiano de Cultura de 1977, se considera a Luis Tejada como el «más importante cronista colombiano» (Tejada, 1977: 15). Tal valoración sigue teniendo cierta vigencia, pese a que este pódium, para algunos, ya lo ocupan las crónicas de Gabriel García Márquez.

Entre los dos hay una distancia de un cuarto de siglo, preocupaciones estéticas y políticas más o menos diferentes, y las debidas transformaciones que tuvo en el país la difusión y la recepción de los textos periodísticos con meridiano perfil literario. Los dos llegaron a las salas de redacción de El Espectador de Bogotá desde las periferias regionales –el primero de las montañas de Antioquia, el otro de un pueblo de las ciénagas del Caribe–, y el centro bogotano tuvo que reconocer el talento de sus escrituras. Pero así Luis Tejada no siga siendo el mejor cronista colombiano, es indudable que su obra es de una alta significación si se considera la historia y la evolución de la crónica en el país. Su papel como precursor de este tipo de literatura es innegable y las alturas, tanto de propuesta estilística en el lenguaje como de aguda observación en las múltiples historias y situaciones que narró, han sido pocas veces alcanzadas en nuestro panorama literario.

Luis Tejada en el panorama literario de Colombia

Su caso llama la atención, en principio, por dos razones. La primera de ellas es el carácter casi milagroso de su precocidad y su extraordinaria prolijidad. Tejada logró un dominio del género de la crónica cuando solo tenía diecinueve años. Desde entonces, es decir desde 1917 y hasta el año de su muerte en 1924, habría de escribir un conjunto de 656 artículos. La segunda razón, es el destino que tuvieron estos textos salidos todos en revistas y periódicos.

En rigor, Luis Tejada solo publicó un libro en su vida. Se trata del Libro de Crónicas, de 1924. Este libro reúne solamente 47 textos y despertó la admiración inmediata de un pequeño círculo de amigos. Fueron pocos los escritores, que hoy gozan de prestigio, quienes escribieron sobre las crónicas de Tejada en esa candente década de los años 20: Jorge Zalamea, Alberto Lleras Camargo, Luis Vidales y Germán Arciniegas. Lo que sucedió después es como si la obra de Tejada hubiera caído en un limbo. Limbo que iría desapareciendo progresivamente a partir de los años 70.

Producto del rescate que hizo Hernando Mejía Arias de 80 crónicas para la edición del Instituto Colombiano de Cultura antes mencionado, y del espacio que este rescate, unido al Libro de Crónicas, ocupó en la Biblioteca Básica Colombiana coordinada por Cobo Borda, la obra de Tejada pudo por fin salir de ese largo silencio. Luego, en 1990, vendría el trabajo académico realizado por María Cristina Orozco y Gilberto Loaiza. Un trabajo digno de encomio pues logró rescatar de la oscuridad de los archivos la totalidad de los artículos escritos por Tejada a lo largo de ocho años de producción, y depositarlos en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional (Loaiza, 2008: XXXI-XXXII). Paralelo a este esfuerzo, no hay que olvidar, finalmente, las dos biografías sobre Tejada escritas por Víctor Bustamante en 1994 y John Galán Casanova en 2006.

Con todo, no es ninguna exageración decir que, pese a estas importantes recuperaciones y valoraciones, la obra de Tejada ha salido de las penumbras del olvido para entrar a esas otras, menos aciagas por supuesto, que rodean a lo que hoy se podría denominar un autor de culto. Porque Luis Tejada sigue siendo, sin duda, un cronista leído por pocos.

Crónicas de factura literaria

Pero la razón más importante del interés que suscita la obra de Luis Tejada es el carácter de su escritura. Brevedad y vuelo poético se unen, por un lado, a la penetración entre espontánea y aguda de quien observa los acontecimientos de una sociedad que estaba pasando de la vida rústica de los pueblos a la velocidad de las ciudades masificadas. De hecho, desde un principio se le endilgó a Tejada el rótulo de «pequeño filósofo de lo cotidiano». El mismo cronista hablaba de su labor como la de un vagabundeo filosófico por la ciudad que «consistía en salir a caminar desprovisto de itinerario para conocer las vidas anónimas de las gentes, los imperceptibles cambios en las costumbres, la belleza y a la vez la tragedia de las novedades tecnológicas» (Loaiza, 2008: XX).

El estilo de Tejada es «sobrio, sencillo, presuntuosamente humilde». Atravesado de ironía y de un sentido crítico luminoso, sobre todo en lo que tiene que ver con el estado de la literatura y la cultura que vivía Colombia en los años 20. En Tejada, por lo demás, aparece un espíritu en permanente contradicción. Al publicarse su Libro de Crónicas, en una entrevista que dio para la revista Cromos en 1924, el autor decía de sus crónicas:

“son todas contradictorias. Escritas en épocas distintas, bajo distintas impresiones, puestas allí sin orden alguno: la primera de estas crónicas puede estar rebatida en la que sigue; esta en la siguiente, y así… Es un libro para gentes ocupadas, que no pueden, que no tienen tiempo de leer los grandes y los famosos libros. Mi libro será un libro para leer en el tranvía: para entretener los ratos ociosos de las muchachas inteligentes…” (Tejada, 1977: 396).

En realidad, el tipo de crónicas que escribió Tejada son hijas puras del modernismo que, en un contexto social particular en el que aparecen los grandes diarios en América Latina, logró imprimir su sello singular. Juan Marinello define a este tipo de crónica así: «es una forma peculiar del periodismo, apresamiento del instante o de la figura representativa, del suceso trascendente, que esclarece el sentido de la historia política o cultural» (ibid.: 21). Las de Tejada cumplen su funcionalidad en el formato del periódico, pero desde allí se proyectan al público envueltas en una deliciosa atmósfera literaria. Desde la información de lo que acontece, su escritura se caracteriza fundamentalmente por una factura de excelente prosa y por un deslizamiento sutil y certero hacia lo que podría considerarse como el ensayo de corta extensión. Y aunque en la Colombia de la primera mitad del siglo XX son varios los ejemplos de este tipo de crónica –véase, verbigracia, los Carnets de José Umaña Bernal, El caballero duende y Tinta perdida de Eduardo Castillo, el Glosario sencillo de Armando Solano y El curioso impertinente de Diego Mejía– las Gotas de tinta de Luis Tejada son las que marcan el punto más destacado en este tipo de escritura periodística y literaria (ibid.: 22).

Por ello, ante la pregunta de lo que significa escribir en Colombia a inicios del siglo XX, la respuesta más pertinente es volver a leer las notas ligeras y no tan ligeras de Luis Tejada. García Márquez, en alguna parte no del todo verificable, al referirse a la modernidad de la literatura colombiana, dijo que en la revista Mito, aparecida entre 1955 y 1962, habían comenzado las cosas. Pero, apoyándose en lo dicho por Juan Gustavo Cobo Borda, es en Tejada, en los textos cortos y contundentes de ese muchacho enfermizo y magro de la provincia de Antioquia, en donde podría estar más bien ese comienzo (ibid.: 31).

Acerca de esta publicación: El artículo “Luis Tejada: uno de los más grandes cronistas colombianos” es un extracto del ensayo “Luis Tejada: la crónica como crítica literaria” publicado por el escritor Pablo Montoya en la revista académica “América, cahiers du CRICCAL”.

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