Escena de La Vendedora de rosas / Foto: Proimagenes

 

Hacia 1990 el cine latinoamericano no seguía una tendencia clara, muy por el contrario: la corriente parecía estar abierta a distintos lenguajes y estilos. El cine latinoamericano de este periodo está, de alguna manera, íntimamente relacionado con la discusión, la crítica y los escenarios culturales.

El regreso del exilio, la vuelta a la democracia en gran parte de Latinoamérica y este auge económico-neoliberalista dan nacimiento a nuevas conductas sociales. En los 90, el cine comienza a preocuparse por mostrar estos procesos de modernidad social que habían quedado congelados y encuentra la forma de hacerlo abordando la marginalidad, así nace esta suerte de Realismo sucio que intenta dar voz a los excluidos sociales, son películas oscuras donde no se vislumbra una salida de la triste realidad.

Destacan proyectos de realismo de integración a través de articulación social y desintegración. Por otro lado, tenemos ejemplos como el de Andrés Wood que hace narrativa social pero al mismo tiempo política, reestructurando una sociedad un tanto desecha, aquí se puede apreciar un género más institucional como en “Historias de Futbol”.

Otro claro ejemplo de este realismo es “Caluga o menta” de Justiniano que muestra al individuo marginal en la trastienda de un paisaje humano y social, un contraste entre la buena situación económica del país y los sujetos olvidados por el estado, estos personajes no solo son rechazados sino que tampoco quieren ser incluidos, un claro cine del malestar y del síndrome social.

En Colombia, Victor Gaviria entrega La vendedora de Rosas” (1998). Esta película marca un hito social y cinematográfico. El director convivió durante un largo tiempo con niños de la calle para conocer su situación. Así logró capturar la espontaneidad de los gestos y acciones. A pesar de ser muy cruda, no deja de lado la fantasía propia de los niños y adopta un tono de cuento sin hacer un juicio crítico. No se buscan respuestas, solo mostrar realidades sociales pero mezcladas con un grado de ternura.

En Argentina, el realismo mezcla elementos documentales y coqueteos con el drama social mostrando marginalidad en un paisaje de urbanismo y supervivencia lejos del estado como institución. Un ejemplo de esto es “Pizza, Birra y Faso” de Adrian Cayetano (1998) en ella no se busca entregar un discurso ideológico, simplemente dar cuenta de lo que pasa en una selva donde la noche, el ocio y la sobrevivencia son elementos comunes.

Si bien es cierto que este género cinematográfico fue más que nada contestatario a lo estancado que estuvo el tema social en la década de los 80 y la construcción de una identidad de nación, es importante destacar que este realismo intentó ser la voz de otros, se jugó mucho con el tema documental y se bordearon los límites éticos explotando visualmente la miseria.

 

Jacob Núñez 

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