Los observadores informados consideran que España aún no ha salido del franquismo, después de la sangrienta guerra civil (1936-1939) con más de un millón de muertos y que periódicamente se rememora como savia dañada y sedienta por su pérdida para el pueblo, por sobre el cual recaen el tormento y la sombra, al decir de Miguel Hernández el poeta que más cantó, soñó y murió con el amor y la libertad de su patria, y quien exclama: “¿Qué hice para que pusieran / en mi vida tanta cárcel?”.

Los hindúes no consideraron a Europa como poseedora del mandato divino que por tantos siglos le concedía patente para conquistar, civilizar y dominar pueblos abyectos, decadentes y paganos, sino que los ven como bestias salvajes, hedonistas y ebrios de alcohol; utilitaristas que explotan a los otros, se glorifican a ellos mismos, por la fuerza, el engaño y la traición. Un historiador oriental, en tiempos de la llegada de los primeros marinos a sus exóticas tierras, contaba que los occidentales representaban una civilización impúdica, desbordante de engaño y corrompida por una lógica, que está centrada de manera exclusiva en su propio interés.

Todo esto está en el pasado pero el presente es angustioso en la España que heredó al generalísimo Franco: grandes inconformidades se han debatido en su seno durante décadas. El eminente pensador y visionario vasco, Miguel de Unamuno, había escrito hace un siglo que la única esperanza que tenía Cataluña, ante la debacle y agonía, consistía en “mes o menys lentament la coda que lliga amb la Morta”. Y buscaba en los rincones de Castilla y de la historia a ver si la enfermedad culpable del desastre habría sido la degeneración de una raza en larga decadencia, a la que había que inyectarle un nuevo ser. “Vivimos sobre una ficción”, dijo Canalejas en el Congreso. Ramón y Cajal insistió en que nada se arreglaría si no importábamos una legión de científicos extranjeros. Simultáneamente surge una turbamulta de agoreros y profetas sobre el fin de España, aportando líneas urgentes de acción y pensamiento para detener su agonía, evitar su muerte y emprender el camino de la regeneración, y superar de una vez la postración mental y financiera en que la dejara Estados Unidos después de arrebatarle por la fuerza las Antillas y Filipinas, y amenazara invadirla desde el Mediterráneo, para que accediera  firmar el abominable Tratado de París en 1898.

Quienes no conocen la historia están condenados a repetirla, ahora se cierne sobre España el fantasma de Damocles con inatajable inconformidad separatista de varias de sus provincias, que despierta la curiosidad del mundo por predecir cuál será el futuro inmediato de los españoles, estremecidos por la corruptela en el gobierno de la derecha ultraliberal que avanza paulatinamente hacia un neofalangismo. El dominio de las corporaciones mediáticas en la opinión y la información, con amplios tentáculos hasta Latinoamérica, las salpicaduras urticantes de los “Papeles del paraíso”, las descaradas detenciones en la guandoca de políticos opositores por una justicia al servicio del régimen de Rajoy y la Corte, así como la incógnita del resultado de las inminentes elecciones catalanas en los próximos días de diciembre.

Qué profundas y sabias moralejas nos trae la historia española que, desde el romanticismo decadente a mediados del siglo 19 con el gobierno de los Saboya, seguido en burro por Alfonso de Borbón, militares y la oposición, se despierta la pasión por la oratoria politiquera de los tribunos de las Cortes constituyentes, con sus discursos pomposos de un Castelar, Cánovas y Sagasta desde el gobierno derechista, y Maragall, opositor de izquierda. Bastaba, entonces, un buen discurso para que un diputado novato llegara a ser ministro, como lo fue el Nobel de literatura (1905) José Echegaray, con el célebre “discurso de la trenza”, a favor de la libertad religiosa y de las víctimas quemadas en la hoguera por la Inquisición.

Fue en esas calendas cuando tuvo resonancia la frase del médico catalán y diputado ateo Suñer y Capdevila, quien lanzaba consignas contra los reyes y el catolicismo, hasta afirmar que la Virgen había tenido otros hijos, por lo que el general Serrano, duque de la Torre, al frente del gobierno en 1869, dijo solemnemente, despertando el natural jolgorio: “¡Respetad, señores diputados, el sagrado hogar doméstico y la vida privada de María Santísima!”.

 

Jairo Tapia Tietjen

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Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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