La tenebrosa ruta de Alfinger

Historia

Pedro Castro Trespalacios

17/01/2018 - 07:55

 

Ambrosio Alfinger / Foto: Procuraduría General de la República de Venezuela

 

Alfinger salió de Coro (Venezuela) y entró al Valle de Eupari o Upare, discutiéndose los lugares donde hizo el descubrimiento. Algunos geógrafos e historiadores han sostenido que su entrada fue entre los límites de la Guajira con Valle de Eupari o Upare. En contrario de esta afirmación el Dr. Teodoro de Booy, en su estudio publicado en el “American National Geographic”, sostiene, después de practicar una excursión entre los límites de Venezuela y Colombia, hasta el cerro más alto que está situado frente al sitio del Jobo, de propiedad antes de los indios Tocaimo, que el camino que existía entre el Molino con la Villa del Rosario de Perijá por el Sucuy, fue la misma ruta que aprovechó antes el conquistador Ambrosio Alfinger.  

En Coro encontró Alfinger al célebre Manaure, a “quien conoció rodeado de gran fausto y riquezas y llevado en andas por Caciques. Se conoce también la referencia contenida en la citada Relación Geográfica de 1572 del Gobernador Pimentel, respecto a la antigua población española de Caraballeda que fuera antes un poblado indígena de los Toromaima llamado AMANAURE, por un indio Señor de aquel asiento que se llama deste nombre”. Acaso sería uno de esos caudillos sacerdotes de Manaure o Amanaure de los Toromaima. Esta superior jerarquía alcanzada por especiales conocimientos y extraordinario prestigio que darían al personaje una influencia y mando más allá de los meros límites de su parcialidad parece haber sido, sin embargo, rara entre nuestros aborígenes, siendo la común la de Piache en función exclusiva de tal y algunas veces combinada con la función de Cacique (Walter Dupoy, Medicina Aborigen).

Manaure, según concepto de Rivet es de origen Caribe, y con base en toponimia de la zona de Coro, Manaure era un título jerárquico superior, aplicado a eminentes caudillos.

De Booy, hace las siguientes afirmaciones: “La Serranía que se conoce en Venezuela por el nombre de Serranía de Perijá desprende de los términos de sierra de Ocaña, aproximadamente por latitud de 8 grados 30 minutos” y busca para el norte. Se conoce en Colombia por los siguientes nombres: “desde serranía de Ocaña por el sur, serranía de los Motillones, serranía de Manaure, Sierra de Montaña, Sierra Negra y Sierra de la Colorada: aún más al Norte, se conoce tanto en Colombia como en Venezuela, como los Montes de Oca”. Tanto Simons como Siaverts se refieren a un sendero escabroso “que hace conexión entre Molino y Perijá (llamada Villa del Rosario)”. Machique es voz indígena de los Motillones de Manastara, significando tierra, “llana de Sabanas”. Según muchos informes corrientes el camino antiguo desde “Perijá y Villa del Rosario seguía el río Palmar y luego el río Tosas”, o quizás el río Lajas, hasta su nacimiento. Desde allá volteaba por “un paso estrecho a Colombia”.

El atlas de Venezuela por el General Codazzi que “demarca los rumbos de los primeros exploradores” indica que Alfinger en el año 1531 tuvo que usar este rumbo, el cual sin duda era aquella, generalmente usado por los indios y por donde se descubrió el Valle de Upare o Valle del Eupari. Excursión realizada en 1918, salió del Molino y terminó en la Villa del Rosario, en Venezuela.

Al transmontar la cordillera, Alfinger, refiere Fernández, alcanzó a ver en una llanura, en el centro, una población indígena, con un río que desembocaba en otro de mayor volumen. Era el Valle del Eupare o Eupari, a orillas del majestuoso Guataporí. De la cordillera gastaron tres días para llegar a este río y en el recorrido mataron cientos de indios Cariachiles e Itotos que había en el camino. En la obra “Estudios de Etnología Antigua de Venezuela”, el Profesor Miguel Acosta Saignes afirma que las palabras Itoto y Macos eran los nombres que se daban a los esclavos, y de origen Caribe.

Al llegar a la llanura, el Cacique, lleno de plumas y con usual guayuco, ordenó entenderse con los expedicionarios alemanes, que trataban de usurpar su dominio, resolviendo entonces enviar heraldo de paz, que fueron aceptados por los alemanes, y celebrar conversaciones en la orilla del río a medida que la tropa de los invasores iba llegando. Concurrió el jefe al sitio convenido, acompañado de otros príncipes de sangre india al parecer, y su ejército bastante regular. Así los hechos, Alfinger con el capellán de la expedición Fray Fernando de Córdoba, sacerdote capuchino, escogido para servir de intermediario, trató con los aborígenes, pero con tan mala suerte que fue difícil entenderse. Entre tanto Alfinger ordenó hacer varios disparos al aire que ocasionaron la fuga de todos los conquistados, quienes se refugiaron en la población india del Eupari, que era la capital de todo el valle de los indios, aunándose con su Cacique en señal de fuerza y señorío.

La expedición de los europeos se dirigió contra los indios, a quienes atacaron despiadadamente tomando por prisionero al Cacique Upare, que en lengua india significa Señor del agua pura y limpia, agua seca. A pesar de la resistencia que los caudillos indios hacían con sus flechas, sus únicas armas, en beneficio de su jefe cautivo, tuvieron al fin que dejarlo solo y huir hacia sus parcialidades por la incapacidad para su defensa personal.

“Prisionero Upare, agrega Fernández de Oviedo, ofreció a Alfinger el oro “suficiente a cambio de su libertad y de no reducir a cenizas a su ciudad” india, propuesta que se le aceptó, y todos sus súbditos concurrieron “con dunas, oro, plata, etc…, en pago del rescate”. Recibido el aporte indio, Ambrosio Alfinger resolvió someter a Upare a consejo de guerra, “juicio que se siguió a la manera española, con Alcaldes Ordinarios, Escribanos, etc… por defender la concesión de los Welzer y estar inculcando la “rebeldía contra el invasor”. La sentencia, que como era de esperarse, “fue a muerte”, mandó que el Cacique Upare debía morir quemado.

“En la noche siguiente de su cautiverio, en medio de la soldadesca europea, formada alrededor de la plaza con antorchas en la mano, ayudaron “a bien morir al infortunado Cacique después de recibir el bautismo” de la religión católica, de manos del sacerdote de Córdoba”. Fue ahorcado, ya que por gracia del Conquistador, se le había cambiado la “forma de muerte y se le redujo a cenizas su casa imperial”.

En esta forma terminó la conquista del Valle de Eupare o Upare, y muchos de esos indios fueron pasados a cuchillo y otros llevados con narigueras hasta Chriguaná y Chinácota, donde el vengativo Francisquillo el Vallenato resolvió asesinar al ilustre y cruel tudesco.

No obstante de la satánica empresa que realizaba Alfinger en el país conquistado, que siempre se ha recordado porque fue fuerte y sanguinaria, se ha asegurado por etnólogos de los Estados Unidos que recorrieron y encontraron en las montañas de Tibú y Orú varias docenas de indios motillones blancos, de ojos azules y de regular estatura, y no tuvieron inconvenientes en asegurar que esos indios eran descendientes de las tropas alemanas. Pero un pastor de almas preocupado con estas afirmaciones, resolvió llevar esos ejemplares al Instituto Etnológico de Nueva York, para que allí se les examinara la sangre, etc…, y obtuvo el resultado de no ser cierto lo afirmado por los etnólogos, sino un caso de leucodermia, que ocasionó una gran desilusión a estos investigadores.

Con cientos de muertos, incendio y desolación, se recuerda aún el paso de Alfinger por este Valle de Upare.

 

Pedro Castro Trespalacios

Fuente: Culturas aborígenes cesarenses e independencia del Valle de Upar  

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