En 1828, en los albores de la independencia americana, Simón Rodríguez, el que fuera maestro de Simón Bolívar, se preguntaba: «¿Dónde iremos a buscar modelos…?», para responderse a sí mismo: «La América española es orijinal = orijinales han de ser sus Instituciones i su Gobierno = i orijinales los medios de fundar uno i otro. O Inventamos o Erramos» (Rodríguez, 1980: 9). Esta búsqueda de originalidad a través de la «invención» la acompañaba de una ortografía diferente y una disposición gráfica del texto más próxima a la de una partitura musical que a la de la página de un libro. Usaba tipos de imprenta de tamaños diversos, profusión de llaves y corchetes para distribuir las frases en las páginas y mejor asociar palabras y conceptos (Rodríguez, 1990: IX).

Frente a esta logografía –y más allá de su excentricidad, cercana a lo que serían las experiencias literarias vanguardistas del siglo XX o las propuestas ortográficas de Juan Ramón Jiménez con las que mantiene un curioso parentesco– el planteo de Simón Rodríguez era tan claro como consecuente: se trataba de romper con el lenguaje colonial y de crear una escritura independiente y revolucionaria (Liscano: 27). El conjunto de su obra reflejaría ese esfuerzo para que América fuera orijinal y no una mera copia de los modelos que había heredado en el momento de la Independencia. Una orijinalidad para responder a la necesidad de preparar a los ciudadanos para «vivir en República» y no continuar haciendo «Repúblicas sin Ciudadanos», ya que –anotaba con cierta consternación– «en la América del Sur las Repúblicas están Establecidas pero no Fundadas». Como lo había adelantado Bolívar, Simón Rodríguez era consciente de que «a la monarquía no se podía volver», pero tampoco «a la república se podía llegar» con la creación ex nihilo de democracias en sociedades edificadas a lo largo de tres siglos de «autoritarismo vertical de derecho divino» y sin ninguna experiencia de autogobierno. Comprobaba, con visión premonitora, que «cambian los gobiernos pero no cambian las costumbres». Y sentenciaba: «Ese es el error de las revoluciones. Cambian las leyes pero no tocan la escuela. Tiempo perdido» (Uslar Pietri, 1981: 73).

A la búsqueda de una filosofía americana

En este planteo del autor de la famosa máxima «Inventamos o erramos» se adelantaban y resumían las que serían preocupaciones prioritarias del ensayo y la filosofía americana del siglo XIX y buena parte del siglo XX: definir lo autóctono, darle una identidad a las flamantes naciones, «inventarla» si fuera necesario, marcar las diferencias con Europa, especialmente con España, y hacer de América objeto y sujeto del filosofar. Sin embargo, todos ellos –hombres públicos, auténticos «intelectuales orgánicos», al modo definido por Gramsci, desempeñando papeles muy diversos en las sociedades independizadas: polígrafos, políticos, hombres de acción, periodistas, conferencistas, educadores, legisladores, ministros, diplomáticos o poetas, autores de una escritura transgenérica y de variada temática ensayística– descubrirían las dificultades y las insuficiencias de una empresa más voluntarista, por no decir utópica, que practicable.

Todos, con diferentes matices, comprobarían el hecho de que, si bien se había producido una independencia política, no era tan evidente la consiguiente emancipación mental del pensamiento. El argentino Esteban Echevarría lo pregona abiertamente: «Ya los brazos de España no nos oprimen, pero sus tradiciones nos abruman», razón por la cual la América independiente continúa «en signo de vasallaje» adornándose con las «apolilladas libreas del ropaje imperial». La conclusión resulta clara: «Nos parece absurdo ser español en literatura y americano en política» (Echevarría, 1979: 26). Haber emancipado el cuerpo sin haber emancipado la inteligencia no servía de nada.

Años después, en la misma dirección del Dogma de la Asociación de Mayo formulado por Echeverría, el primer editorial de El Iniciador, periódico fundado en Montevideo por Andrés Lamas con el emigrado argentino Miguel Cané, recuerda las «dos cadenas» que ligaban estas provincias a España: la política y la cultural, mucho más sutil y disimulada. Por ello, si la primera fue hecha pedazos gracias a la «misión gloriosa de nuestros padres», la segunda es –según Andrés Lamas– tarea de su generación:

“Hay que conquistar la independencia inteligente de la nación, su independencia civil, literaria, artística, industrial, porque las leyes, la sociedad, la literatura, las artes y la industria deben llevar como nuestra bandera, los colores nacionales, y como ella ser el testimonio de nuestra independencia y nacionalidad. (Zum Felde, 1987 [1930]: 111)”.

Hay que buscar «un San Martín de la cultura» –completa Juan Bautista Alberdi (1993: 150)– porque América quiere ser, pese al sueño frustrado de Bolívar, una y unida, pero diferente de España. En esa dirección –la construcción de un pensamiento propio y enraizado– de la que no se conoce todavía el recorrido, la lección inaugural en el Colegio de Humanidades de Montevideo en la que Alberdi presenta sus Ideas para presidir a la confección del curso de filosofía contemporánea, marca un hito fundacional. Afirma allí el autor de Predicar en desiertos y de Reacción contra el españolismo: que «no hay una filosofía universal, porque no hay solución universal de las cuestiones que la constituyen en el fondo. Cada país, cada época, cada filósofo ha tenido su filosofía peculiar» (ibid.: 149).

«Toda filosofía –agrega en una perspectiva historicista avant la lettre– ha emanado de «las necesidades más imperiosas de cada período y de cada país». Propiciando la creación de una reflexión americana, hasta ese momento inexistente, completa: «nuestra filosofía ha de salir de nuestras necesidades», necesidades que enumera como los problemas de la libertad, de los derechos y la organización pública (Alberdi, 1993: 148). La respuesta al inventario de «nuestras necesidades» que propone Alberdi, –al que se considera «prócer de la emancipación mental hispanoamericana»– debía ser «esencialmente política y social en su objeto, ardiente y profética en sus instintos, sintética y orgánica en su método, positiva y realista en sus procederes, republicana en su espíritu y destinos». Para ello, América debía educarse siguiendo las pautas de la filosofía universal, aunque solo tomando de ella las doctrinas y corrientes que convinieran a su realidad. En resumen: «Filosofía americana será la que resuelva el problema de los destinos americanos». El ensayo sería una de sus mejores herramientas para lograr esa independencia.

 

Fernando Ainsa 

Acerca de esta publicación: El artículo “El ensayo como escritura de la independencia americana” , escritor por Fernando Ainsa, consiste en un extracto del ensayo del mismo título publicado anteriormente en la revista de estudios académicos “América, cahiers du CRICCAL”.

.::Diomedes Díaz - Esta voz es para siempre::.
.::Diomedes Díaz hablaba a su manera::.