La cosa política siguió igual que cuando pertenecíamos al Magdalena, lo único que había cambiado eran los actores, o mejor los nombres de los actores, ahora eran de la ciudad de Valledupar o guajiros que habían sentado sus reales en la ciudad del Cacique Upar.

Los vallenatos que habían aprendido los tejemanejes de la política samaria, asumieron el rol de caciques, parcelaron el Cesar de acuerdo al color político de las poblaciones e instauraron un régimen gamonalezco de nuevo cuño, heredado de sus antiguos jefes del departamento del Magdalena, sin perder las mañas y las artimañas de los samarios. Siguió el abandono y la desatención a las necesidades básicas de nuestros pueblos, continuó la comunicación epistolar a través del lenguaje escueto de los telegramas, que se cursaban desde Valledupar hacia los municipios, donde se daban órdenes y directrices políticas y se comunicaba esporádicamente uno que otro nombramiento de poca monta.

No todo fue malo, andando el tiempo, la presencia de estos gamonales dio algunos frutos, pocos, pero significativos ante el desolado estado de abandono de nuestros pueblos, aparecieron partidas nacionales, para acueductos, se fundaron colegios nacionales, y se le dio otra dimensión a la inversión nacional en estas comunidades abandonadas de Dios y el Estado.

La inversión departamental fue encausada por largos años hacia Valledupar, la nueva clase política asumió como compromiso hacer de Valledupar una ciudad y toda la inversión de los recursos departamentales y la mayor parte de los recursos nacionales iban directamente encaminadas a la realización de obras en la capital del Cesar.

En cuanto a la ocupación de cargos departamentales, la cosa siguió igual, la gran mayoría de los cargos eran ocupados por la parentela de los políticos vallenatos, incluso hubo cargos que sirvieron de pensionadero a hijas, sobrinas y nueras de los que ostentaban poder político en este nuevo departamento. Se llegó al caso aún no superado de listas al senado, cámara, asamblea y consejos con miembros de la misma familia, en lo que se constituyó en un gran enclave de nepotismo arraigado en algunos apellidos. Recuerdo el caso de un duro pasquín político que circuló en todo el Cesar que en letra de molde se titulaba: «No se deje castrar» seguido de una diatriba de propaganda negra en contra del apellido Castro de Valledupar.

De otro lado la política en el Cesar no daba movilidad en esa pirámide social conformada por una aguda cúspide dónde solo cabían los escogidos por la clase política emergente de Valledupar, y en la base un enorme conglomerado de nuevas generaciones que veían trunco sus sueños de progreso. No había cabida para los jóvenes y la nueva sangre de cesarenses nacidos en el centro y sur del departamento, salvo contadas excepciones, que habían logrado granjearse la confianza de esta nueva clase dirigente y que eran conocidos desde los tiempos del Magdalena.

Hubo de llegar el hijo de un pereirano hacendado del sur del Cesar, con títulos de Harvard, y un mundo de dinero en su fortuna, para que se iniciara la gesta de abrir espacios políticos para la gente del sur del departamento, llegó el doctor Carlos Arturo Marulanda, aplaudido por unos y controvertidos por otros, y en el año 1971 con una pléyade de jóvenes de nuestros pueblos incursiona en la política cesarense, llegando a la cámara de representante en el año 1972. Le costó bastante trabajo, incluso tuvo que hacer alianza con algunos sectores de la política vallenata a fin de ser tenido en cuenta.

¿Qué ventajas tuvo Marulanda para estos jóvenes que le siguieron en esa contienda política? Era sencillo adivinarlo. Marulanda no tenía hermanos, ni tíos, ni primos, ni hijos para emplear, entonces fue la llave que abrió puertas a esa nueva generación de profesionales de nuestros pueblos, fue el padre putativo de ellos y les abrió espacios en la Contraloría General de la República y en otras oficinas gubernamentales, con ello empoderó a muchos cesarenses que de otra manera no hubieran tenido la oportunidad de mostrarse y gestionar algo para sus pueblos.

A partir de ahí se genera otra dinámica en la cual nuestros profesionales han podido acceder a la asamblea del Cesar y en algunos casos a la cámara de representantes, amén de ocupar algunos cargos en las diferentes secretarías del departamento.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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