Puede llegar a ser cierta la afirmación de W.H. Auden de que “no hay palabra escrita del puño del hombre que pueda detener la guerra”1 y, sin embargo, yo creo que sí existen palabras escritas de puño de hombre que puedan evitar la guerra y, para ello, existe, subsiste y persiste la poesía desde tiempos inmemoriales y seguirá existiendo en sus distintas formas hasta el final de los días.

Esta función del arte de la palabra puede ser difícil de mostrar y demostrar en un contexto tan acelerado y utilitario como en el que nos desenvolvemos y, sin embargo, aunque sea de una manera distinta a la utilidad del microscopio, la radio o el fuego es, también, positiva y concreta aunque poco práctica y de carácter espiritual. Puede parecer prescindible la poesía, como la rueda, y, sin embargo, como humanos, no seriamos lo que somos hoy día, sin ella.

La poesía, como todas las artes, nos permite tomarnos una pausa y darnos un tiempo en medio del desenfreno actual que se vive, siendo esta la primera utilidad que podríamos señalarle y que, más que útil, termina siendo saludable y necesaria. En ese espacio, esa burbuja de tiempo que nos regala la palabra hecha arte, encontramos placer, entretenimiento y conocimiento, al alimentarnos de otras experiencias mediante la visión de mundo que se nos representa y se nos transmite, estimulándonos la imaginación e influenciando nuestra realidad.

La poesía, en ciertas condiciones, salva y sana el alma, reconstruye, repara, aunque estrictamente “no sirva para nada” desde la óptica de la oferta y la demanda. Si bien no se puede negar que, en ocasiones, el arte debe hacerse o termina convirtiéndose en una mercancía, esta nunca puede hacerse un producto serial, una copia de la copia que va perdiendo su autenticidad, su sentido y significancia. Por esa capacidad salvífica y sanadora de la poesía, del arte, siempre que me he sentido descorazonadoramente sólo o caóticamente perdido, he terminado refugiándome y encontrándome en ella, a veces como lector, a veces como escritor: Cosas que son sólo dos caras de una misma moneda aunque no lo parezca. Desde ambas orillas el arte de las palabras me ha permitido, nos permite, ser más conscientes de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, conocer y reconocernos en medio de la barahúnda de emociones que nos suscitan los poemas, bien sea escritos o cantados.

Desde el punto de vista del escritor, en lo individual, la poesía tiene una innegable capacidad terapéutica y, en lo colectivo, tiene una capacidad de presentación, re – presentación y reflexión histórica, dentro o fuera de la oficialidad: siendo preferible, por supuesto, esta función desde la periferia para no caer en los recurrentes manoseos (vergonzosos) que cometen las instituciones con el arte.

En lo individual la poesía me ha permitido tanto exorcizar demonios como sintonizarme con la divinidad y como parte de uno u otro colectivo: tanto alzar la voz y escuchar otras voces como defender mi visión de mundo y conocer otras.

Aprendí a identificarme con la poesía escrita, como lector, y descubrí que podía convertirme en escritor con la poesía de Pablo Neruda: en Confieso que he vivido, los Veinte poemas, Estravagario y Los versos del capitán. Luego, he buscado de manera intencional y consciente aproximarme mayoritariamente a la poesía latinoamericana, caribeña, colombiana… aunque nunca he dejado de asomarme en otras latitudes para ver, sobre todo, la forma en la que se asume y se maneja el dolor y la muerte desde la poesía. Siempre he preferido a los autores que son más cercanos al lenguaje cotidiano, los que no abusan de los refinamientos del lenguaje, aunque sé que ambas cosas se pueden encontrar en un mismo individuo, de tal forma que éste llega a ser dos poetas distintos. Esto, seguro, debido a que mis primeras aproximaciones a la poesía fueron a partir de las narraciones orales de mis mayores, familiares y paisanos, y en las canciones. El amor y el desamor aprendí a vivirlos a partir de Pasillos, Boleros, Rancheras, Tangos, Salsas y Vallenatos.

Para mí, la música y la poesía nunca han dejado de estar de la mano y por ello doy tanta importancia al estudio serio de las canciones desde sus letras. Considero que hace falta mucho rigor al aproximarse a las letras de la música popular del caribe colombiano en general y en particular a las de la música vallenata, a pesar de que estas músicas tienen la fortuna de contar con muchas publicaciones de diversa índole. Muchos de mis esfuerzos como lector y como escritor están encaminados a construir un estudio juicioso y sistemático de la música popular del caribe colombiano desde sus letras. Tarea en la que no creo estar solo, aunque sean pocas las publicaciones con divulgación que muestren lo contrario.

Mi experiencia como lector está dada a partir de la certeza de que la poesía no está en los poemas. Está afuera, allá, depositada en el mundo, en la naturaleza… y mi experiencia como escritor está dada a partir de la certeza de que los poemas son los prismas, las ventanas, para descubrir esa poesía, para develarla. No son, sin embargo, el único medio pues esta no se agota en ellos, en la literatura, ya que la palabra es más que esta y por ello, aunque de forma distinta, encontramos también poesía en las canciones, en el cine, en la pintura y, en general en todas las artes. Igualmente salvífica, sanadora, reflexiva, resignificadora, reveladora y, en ocasiones, más cercana, más masiva, más comunicativa y estremecedora que la poesía escrita. Mi poesía siempre ha hecho equilibrio entre lo oral y lo escrito aunque sé que como lector y como escritor conciliar estas dos vertientes de la poesía suele ser recurrentemente conflictivo y, sin embargo, esa ha sido mi apuesta. Cultivar un lenguaje accesible aunque no llano, una técnica sencilla aunque no simplista, procurando imitar, mejor, los estremecimientos en ocasiones melodramáticos de las canciones que las acrobacias idiomáticas impuestas por las vanguardias literarias que tanto dificultan la comunicación a través del poema. Cosa que para mí es fundamental e innegociable en cualquier texto de cualquier clase… en cualquier obra de arte.

Soy un poeta citadino, a pesar de haber nacido en un pueblo y de que mis textos recurrentemente traten de espacios y temas rurales. Es cuestión de óptica. Las imágenes no son de la misma naturaleza a las de un poeta que nunca ha salido de ese entorno rural o campesino o que, habiendo salido de él, se niega a dejarlo y a asumirse como miembro de la urbe y las modernidades que esta arrastra. Considero, creo firmemente, que se necesita interpretar el espíritu de la ciudad en la música Vallenata, pero se cree erróneamente que no es un tema adecuado y, ni siquiera, digno para esta música popular comercial que se estima tradicional. Se han hecho cosas, pero falta construir, siguiendo los pasos de la champeta y otras músicas con mayor conciencia urbana, una juglaría de estos nuevos espacios de existencia y significación en las que se mueven la mayoría de los actores de la cadena de la industria comercial musical del vallenato en las últimas décadas.

Como escritor, recurrentemente me pregunto si estoy a la altura de las circunstancias y de las exigencias de ser poeta y de hacer algo que realmente valga la pena, que me sirva a mí mismo y que sea de alguna manera útil a los demás. Que no se quede en palabra muerta, en letra seca, en nada. Siempre que escribo aspiro a que mis textos sean útiles para algo y alguien y siempre que leo espero que esos textos me sean útiles para algo, así sea desaburrirme.

Soy un poeta no porque sea un brujo o sea capaz de embrujar con las palabras, sino porque soy un artesano, un obrero de las palabras, consciente de que su oficio es buscar, con dedicación y paciencia, poner algo de orden en medio del caos, procurando encontrar la belleza muchas veces esquiva e inabarcable.

Por ello escribo y lo seguiré haciendo hasta que me sea posible…

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

@lkramirezl

 

Referencias:

1Carta de Año Nuevo, 1940.

Más información: Este ensayo del escritor Luis Carlos Ramírez Lascarro se inscribe en la iniciativa anual “Vivir, pensar, pero con poesía” de PanoramaCultural.com.co, con la cual se busca invitar a construir un diálogo entorno a la poesía, sus diferentes formas, su aceptación y papel en la sociedad. La columna de Luis Carlos Ramírez hace parte de las 10 columnas más leídas del 2017.

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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