Cuadros de Sorolla inspirados en su esposa Clotilde

 

––¡Así que éste era tu museo preferido! ¡Sorolla me entusiasma! ¡Su luz, sus colores…! Me gustan mucho “mis pagos” como para venirme a Madrid; pero una temporada acá sí la pasaba con gusto…

Recorrieron las salas de la casa, ahora transformada en museo, que Sorolla ocupó en Madrid desde 1911 hasta fechas cercanas a su muerte en 1923, quedando maravillados por la luz, el colorido y la sensualidad de sus pinturas, así como también por el cariño, por el amor que emanaba desde cada rincón de la casa y de los cuadros hacia su esposa Clotilde, modelo de innumerables obras, a quien conoció siendo ambos casi unos niños en su querida Valencia. Una y otra: Clota -como él la llamaba-  y su cuidad -las imágenes de su mar- le acompañarían hasta casi sus últimos momentos. A la vista de los retratos de la mujer que se convirtió en su compañera a lo largo de toda la vida, recordaron los poemas de Benedetti en los que también transcienden sus sentimientos a la persona que igualmente le acompañó hasta pocos años antes de su fallecimiento, a quien llamaba “luz de su vida”, en un juego de palabras con su nombre -luz- y la importancia que para él tuvo. Contagiados por aquellas sensaciones y sentimientos se dejaron acariciar por los colores limpios; unas veces aplicados mediante veladuras transparentes, como en los retratos; otras, generando gruesas texturas, como en los paisajes…

A través de los diversos espacios de la casona novecentista fueron recargando sus sentidos de sabia mediterránea, que ese día ya había hecho acto de presencia a través del sabor y aromas del vino ampurdanés en cuya crianza ocupa un importante papel la brisa de aquel mar al dulcificar la temperatura y aportar la humedad necesaria a uvas y bodegas. Ahora, sus ojos se llenaron de luz cálida y evocadora que refulgía a través de las obras de Sorolla y se reflejaba calidoscópicamente para descomponerse en una casi infinita gama de azules y verdes y malvas y rosas y blancos, transformando la superficie pictórica en un espacio deslumbrante y lleno de vida 

––La pintura de Velázquez ––afirmó Miguel ante una reproducción en blanco y negro del retrato de Inocencio X que colgaba en una de las salas–– apela a lo racional, a la interpretación y búsqueda de significados ocultos tras una maestría formal que la hace única. Sorolla no pudo sustraerse a su órbita, que se hace patente en retratos, espacios y texturas empastadas, las cuales son llevadas por él al paroxismo; sin embargo, su obra apela más a las sensaciones. Pero también hay una importante crítica social en ella.

Uno de los cuadros que contemplaron reflejaba la dura tarea de los pescadores sacando las barcas a la playa con una yunta de bueyes. En otro, un niño extremadamente delgado sujeta las riendas a un caballo participe en tareas de varado de las embarcaciones. A petición de Miguel pudieron ver en la pantalla del teléfono de Carla un cuadro del Prado titulado “aún dicen que el pescado es caro”, donde unos pescadores de mayor edad atienden a un joven, casi un niño, herido en el transcurso de la faena…

––Y es que Sorolla tiene que ver con Velázquez más de lo que pensamos… No sólo el estilo o contenido social de sus cuadros. Hay algún otro elemento que los relaciona a ambos –dijo Miguel haciendo una estudiada pausa...

––¿Y qué es? Si puede saberse ––preguntó Carla.

––Los dos tuvieron relación con la Sierra de Guadarrama. Del primero, ya lo sabéis.  En cuanto a Sorolla, después de sufrir una hemiplejia que le alejó de la pintura, murió tres años más tarde al final de una penosa agonía en Cercedilla. A escasos kilómetros de donde estuvimos esta mañana...

¡Qué casualidad! Y tal vez ambos conocieran la leyenda de “la Dama de la Maliciosa”.  ¿No te parece que pudiera ser así?

––Es muy posible, Lucrecia, ¿Que Velázquez la conociera? Aunque no se pueda documentar, estoy seguro de ello. ¿Que la conociera Sorolla? No lo sé, aunque es probable. Según la leyenda, la Dama se aparece para anunciar una muerte trágica, y ya os digo: la agonía de Sorolla fue muy dura. Quién sabe si la conoció de propia mano.

––¿Cómo estás tan seguro que Velázquez la conociera? ––se interesó Carla.

––¿Recordáis el “retrato del Príncipe Baltasar Carlos a caballo” que está en el Prado, cerca de las Meninas? ––Las dos asistieron con la cabeza––. ¿Es casualidad que en este cuadro aparezca como fondo precisamente la Maliciosa,cuando el heredero de Felipe IV murió siendo casi un niño, lo que supuso una tragedia para la monarquía y con ello el país, que se vio privado de sucesión? Nosotros sabemos que las casualidades no existen.

––Tienen razón Miguel, las casualidades no existen. Chicos, me han entrado ganas de volver al Prado. ¿Os apetece? ––preguntó Lucrecia.

––Por mí, encantada ––respondió Carla––. ¿Qué opina nuestro guía oficial?

––Ya sabéis que me encanta ir al Prado y lo hago a menudo. Es un privilegio tener la oportunidad de pasear por sus salas, sin prisa y ver tan solo unos pocos cuadros con calma. Dado el precio tan elevado de las entradas, se impone la visita maratoniana para ver cuantas más obras, mejor. Afortunadamente, los docentes tenemos entrada gratuita, al menos de momento, pues al paso que vamos...

––Tienes razón Miguel ––respondió Carla––.  Pero disfrutemos del privilegio mientras dure... ¿Cuándo volvemos?

(Continuará)

 

Antonio Ureña García 

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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