Edison De la Hoz Vizcaíno

 

Que un periodista está obligado a ser imparcial, que está obligado a permanecer en el punto neutral, sin inclinarse a polo alguno porque de hacerlo estaría contraviniendo los principios esenciales de la profesión. Éstas son verdades que no aplican en el caso de Edinson De la Hoz Vizcaíno, un periodista que tras vivir en carne, sangre y corazón los rigores de la guerra, entendió que sí hay ocasiones en las que es necesario tomar partido como en efecto lo hizo, al convertirse en un periodista parcializado con la paz. 

Vino al mundo con la utopía de ejercer el ejercicio de la comunicación de manera libre y sin censura, de poner su pasión periodística al servicio de su comunidad, de conectar culturas a través de las ondas hertzianas. “Yo nací con la estrella de la comunicación”, cuenta Edison De la Hoz Vizcaíno, el hombre protagonista de esta historia, quien las necesidades que vio de niño en su pueblo natal -La Avianca, en jurisdicción de Pivijay, Magdalena- le definieron desde niño lo que quería ser al crecer: comunicador.

“Me hice periodista porque nací en un pueblo que no había agua ni luz”, recuerda, al comenzar el viaje de las remembranzas que lo lleva al pueblo en el que había gente, animales, aves árboles, noche, día; un pueblo al que no entraba carros ni motos, a donde sólo llegaba Radio Libertad, y se alojaba en las pocas casas en las que había un radio transistor. “Me sentaba en la orilla de una casa a escuchar el noticiero de Ítalo Durán Pertúz, aprendiendo cómo se daban las noticias”.

Era un lugar repleto de riqueza natural, con carencias de muchas otras condiciones básicas para vivir y abundancia de injusticia social. Entonces él quería aprender la forma de comunicar para exigir soluciones a las necesidades de una comunidad campesina que vivía olvidada por las oportunidades y la atención del Estado.

En sus tiempos y en su pueblo, la calidad educativa tampoco era la mejor, pues los nombramientos de profesoras se daban como una última opción para llenar un cupo laboral, de modo que los niños no lograban avanzar en conocimientos y terminaban repitiendo una y otra vez el mismo segundo de primaria. Fue por eso que sus padres decidieron llevarlo a Barranquilla ‘para que se hiciera alguien’. “Ellos no querían que yo fuera lo mismo que todos los que se quedaban allá: un campesino calloso”. Y no lo fue.

Tomó nuevos aires en la ‘gran ciudad’, terminó feliz el bachillerato, con el corazón dispuesto para seguir hacia sus sueños de comunicador, pero se estrelló con la barrera del dinero necesario en la universidad e inexistente en su casa. Se preocupó cuando un amigo le dijo, con el fin de ‘bajarlo de la nube’: “Comunicación sólo había en la Autónoma y eso es pago”. La oferta a su alcance era un curso de mecánica automotriz en lo que ellos llamaban ‘La universidad de los pobres’: El Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena). Pero cuando la persona tiene claro su norte y la determinación de llegar a él, vence los obstáculos y eso fue lo que hizo Edison. “Yo dije: estudio mecánica y luego con lo que me paguen trabajando puedo pagar la carrera. Y así fue”.

Edison era un periodista feliz. En la década de los setenta, a un grupo de radioapasionados, entre ellos él, se les ocurrió montar emisoras artesanales en sus casas. “Nacimos como unas bocinas en los patios de las casas, montadas en unas cañas bravas, micrófonos y teníamos unas consolitas que servían para poner la música”. Su misión era dar los avisos  sobre la hora de la misa, los bautizos, los grados, las muertes, los nacimientos, los cumpleaños, las cosechas y todos los servicios sociales que mantenían informada a la comunidad, pues contaban con buena cobertura.

Con la llegada de los avances tecnológicos mandaron a hacer transmisores y así pudieron ampliar su cobertura a las fincas, las parcelas y se fue ampliando el servicio social a lo musical, deportivo, cultural y demás temas de interés comunitario. Luego, a través de la constitución del 91, de la ley 20, se abrió el camino legal para que las comunidades pudieran crear medios alternativos. Y todo iba muy bien, hasta que llegó el fantasma de la guerra y empañó el panorama de servicio a la comunidad. Las guerrillas de las Farc y el Eln aprovecharon los espacios de difusión abiertos por las radios, con interceptaciones transmitían mensajes bélicos.

En ese punto de su historia, a Edison y todos los que hacían radio comunitaria les tocó enfrentarse a las persecuciones de todo tipo, porque los comenzaron a señalarlos como ‘colaboradores de la guerrilla’; no teniendo en cuenta que cuando se daban las interceptaciones, ellos estaban en su cabina y no se enteraban de las transmisiones de los ilegales; “quien escuchaba era la audiencia. Nosotros no nos estábamos dando cuenta de nada. Entonces nosotros fuimos unos comunicadores sociales que desde el principio nos proseguían como delincuentes, nos perseguían como guerrilleros, como emisoras ilegales”, recuerda Edison.

Las autoridades hacían allanamientos repentinos a las locaciones, incautaban los equipos, por ser emisoras clandestinas, y los dejaban a disposición de la Fiscalía. Entre risas, este periodista recuerda que cuando la comunidad vía venir a la Policía, les avisaban y ellos no hallaban más remedio que cortar la transmisión, tirar los equipos a los más recóndito de la casa y salir corriendo. “Uno también se volaba las cercas de las casas y a correr monte adentro para que no lo capturaran”. Debían esperar que se fuera la ley para seguir ejerciendo su tarea comunitaria, comunicadora, transformadora, que empezaba a las seis de la mañana y terminaba a las nueve de la noche.

Más adelante, tras conocer ‘la ciudad’, estudiar y hacerse amigo de Ítalo Durán, Edison se hizo corresponsal de Radio Libertad  y posteriormente del Diario del Caribe; viajaba por los pueblos buscando noticias. Conoció los entremos del Caribe y lo conocieron a él.

La primera emisora comunitaria que Edison fundó fue en el municipio de Curumaní, municipios desde el cual viajaba a Barranquilla a llevar las noticias al periódico en Barranquilla. En uno de esos viajes llegó un secuestro, el primero de estos episodios contra un periodista en Colombia.

El 2 de mayo de 1989, en una acción planeada, lo secuestraron en un taxi en la puerta del periódico, y buscaron en sendos lugares a dos periodistas más: Ítalo Durán Pertúz y Arturo Donado Ortiz. Les dijeron ustedes están secuestrados y los internaron en las montañas de Colombia, un grupo que se identificó como Unión Camilista del Frente Seis de Diciembre del Ejército de Liberación Nacional – ELN. Les ordenaron grabar mensajes diciendo que estaban bien, pero al turno de Edison no dijo “secuestrado” sino “retenido”, por lo que fue censurado a su regreso a la libertad, que sucedió al cabo de siete días.

Ya no volvió a tener paz, pues comenzó una persecución a muerte, que lo hacía salir corriendo a cualquier hora del día o de la noche, con lo que llevara puesto, para salvar su vida. fueron diez ocasiones en las que debió desplazarse por la violencia: de Curumaní y Becerril en el Cesar, de Barrancas y Villanueva en La Guajira, de Fundación, La Avianca, Pivijay y Cerro de San Antonio, en el Magdalena, y de Campo de la Cruz y Barranquilla, en el Atlántico”.

Ya a esas alturas de su vida, Edison adquirió la condición de exiliado en el vecino país de Venezuela, donde permaneció por diez años, trabajando en oficios diversos, ejerciendo la comunicación, fundando escuelas (La Jorge Eliécer Gaitán y la Ernesto che Guevara); sobreviviendo, extrañando su entorno, pero sobretodo su misión en Colombia y su familia, con unos hijos que crecieron sin él y tuvieron nietos que él no vio nacer.

El año pasado regresó al país, en medio de un programa de retornados, para reconocer a su familia, darles los abrazos que acumularon durante tantos años, conocer a sus nietos y tener la oportunidad de jugar con ellos en un parque y compartir todas esas cosas que los abuelos comparten con los nietos. “Yo me puse viejo y todavía en mi pueblo no hay un parque, una casa de la cultura, una casa campesina; la iglesia la tumbaron, el Santo se lo llevaron”, evoca con nostalgia y justifica que vino a trabajar por la paz, porque quiere dejarle un país distinto a sus nietos.

Seguirá siendo periodista hasta el último de sus días. “Yo me jubilo cuando me muera”. Está con los suyos y disfruta sus abrazos; sin embargo, Edison De la Hoz Vizcaíno no ha logrado recuperar la calma. “No. No estoy seguro, pero me puse a pensar: me voy para Colombia a apoyar el proceso de paz. Yo tengo que dejarles un mejor país a mis nietos, que no sea el que yo viví”.

 

Mariaruth Mosquera

@Sherowiya

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