“En una época en la que los medios son productores de subjetividad, que ofrecen los modelos de subjetividad, mucho más que los padres y que la escuela, debemos preguntarnos ¿qué tipo de subjetividad producen?”.

Silvia Bleichmar, La construcción del sujeto ético

Se debate sobre la posverdad, se conversa en distintos sitios sobre ese concepto novedoso: esa trama de ideas o informaciones que parecen verdad, aunque no lo son, y circulan e incluso se imponen como si lo fueran. En palabras de Darío Sztajnszrajber, “se generan consensos para establecer que determinadas ideas pasan como si fueran verdades. Aún cuando todo el mundo sabe que puede estar todo armado, pasan como si fuera verdad, porque todo el mundo necesita y quiere que sea verdad, porque le conviene, porque entrama en sus intereses”.1

Desde los medios, pero cada vez más intensamente desde las redes sociales, se enuncian y se repiten conceptos, ideas, informaciones o puntos de vista que, aun cuando se saben falsos o dudosos, desmentidos por los medios o por expertos independientes, se siguen repitiendo sin descanso. Como afirma Carlos Bagnato, “al fin y al cabo, en la posverdad lo que importa no es que sea cierto, sino que lo parezca”.2

El doble juego que se despliega en estos años entre la desconfianza en los medios, que son sospechados por tendenciosos y la confianza que prevalece en las comunicaciones con las personas conocidas a través de las redes sociales, ha fortalecido este avance de las posverdades que terminan convirtiéndose (a falta de una certeza real para afirmarse) en una “verdad emotiva”, que escapa a la noción de mentira o falsedad aunque lo sea.

El momento histórico en el que aparece y florece esta cuestión, como afirma José Nun, es cuando “la sociedad del conocimiento culminó en ese logro inmenso que es la informática, pero inesperadamente las redes sociales se han convertido en un colosal vehículo instantáneo de falsedades y fabulaciones que refuerzan los elementos más conservadores y dogmáticos de lo que Gramsci llamaba el ‘sentido común vulgar’, siempre ávido de certezas”.3

La interrogación que parece imponerse es: ¿por qué las mujeres y los hombres contemporáneos buscamos afanosamente en las redes y en los medios aquello que pareciera faltarnos, aquello que complete nuestra identidad o, más sencillamente, nos complete?

Nun nos dice algo que invita a la preocupación: “Trump declara: ‘Amo a la gente poco educada’; el actor Beppe Grillo se alegra porque millones de personas ya no leen sus diarios ni miran su televisión. Cunde el antiintelectualismo y son legión los sabios y los entendidos que deben asumir su propia responsabilidad por este desenlace”.4 Pero la respuesta es, quizás, más inquietante: la construcción de la subjetividad se hace desde esos sitios de la virtualidad, de la incerteza sospechada pero eludida, del simulacro de una verdad conveniente, desde la conveniencia que nos permite afirmar nuestra trama de intereses personales o sociales. No desde la búsqueda de la verdad, de una verdad o de nuestra verdad.

Jorge Alemán, desde una perspectiva lacaniana, nos ayuda a entender estas paradojas existenciales: “Al pensar al sujeto constituido por el Poder, el sometimiento, la sujeción al mismo, se lo presenta como un hecho primario y constitutivo de la existencia humana. Pero el suelo nativo del sujeto, el lugar desde donde adviene a su propia existencia, no es el Poder, sino la estructura del lenguaje que lo precede y lo espera antes de su propio nacimiento. El sujeto es un accidente fallido y contingente que emerge en el lenguaje atravesado por la incompletud y la inconsistencia. Radicalmente dividido, agujereado y que necesita siempre de distintos recursos ‘fantasmáticos’ para soportar su falla constitutiva”.5

Así, el lenguaje desde el que se intenta constituir al sujeto es, ahora, en estos tiempos, ese que circula por la virtualidad de la comunicación y cuyos efectos empezamos a llamar, en algunos casos, posverdad.

Si desde estas formas se trabaja la construcción ética del sujeto, como prefería decir Silvia Bleichmar, entonces el rol de la escuela, de todos los niveles y en particular de aquellos que se asumen como formadores de formadores, será la focalización renovada y afinada de una de las capacidades fundamentales a desarrollar siempre y en todo lugar: el pensamiento crítico y su capacidad de leer, en el mundo que deviene, las variables de los lenguajes que nos alejan o nos acercan a una subjetividad elegida desde la libertad.

Entre esos lenguajes, tal vez, convendrá revisitar el de la literatura y el arte, que buscan la verdad desde la “ilusión de falsedad” y no operan la falsedad desde “la ilusión de la verdad” o en la recuperación del lenguaje cargado de verdad en la palabra amorosa o amistosa, próxima y vivencial. Quizás habrá llegado también la hora de eludir, desde la escuela, los lenguajes soberbios de las certezas indiscutibles asumiendo lo que Carlos Skliar llama “la pedagogía de la fragilidad” sabiendo que sólo ello podrá ayudarnos a entender primero y superar después el dilema de la posverdad.

 

Sergio G. Colautti

Acerca del autor: Sergio G. Colautti. Docente y escritor argentino (Río Tercero, Córdoba, 1960). Autor de Apuntes sobre la narrativa argentina (1992), El revés del crimen (cuento, 1995) y La mirada insomne (ensayos, 2006), entre otros.

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