Confieso que fue una noche terrible y poco aromática. Rada y Guerra, dos viejos amigos de colegio se encontraron años después en el viejo parque de Las Madres para tomar café y saber de sus vidas y sus recuerdos. Guerra no tiene idea de futbol, Rada tiene pocas ideas de literatura, pero sabe de periodismo. La noche llegó fresca y tranquila. Los viejos amigos alargaron su conversación y el café quería otros ingredientes, lo que dicen, más calor de amistad. Rada recordó que a las 8 y 15 iniciaba un partido del Junior por la televisión. Muy cerca, esquina de Jacob Lúquez con carrera 7 está un viejo barcito de poetas y amantes del futbol nacional.

Entonces Rada invitó a Guerra al bar, con la prevención que podía irse al patio para no escuchar todas las pendejadas que se dicen al ver un partido de fútbol. Las nubes dejaron caer un aguacero pesado y lento que limpió los techos en pocos minutos, luego siguió con unas gotas verdes y frías que caían desde los arboles toda la noche.

El barcito está lleno de amantes del juego del balón. En el patio, dos viejos escritores sin libros hablaban de editores y otras cosas de poetas inéditos. Guerra se fue al patio de conversador, Rada siguió en la barra cervecera y, más que por hambre si no por antojos, pidió una picada de carnes mixtas, chorizos de cerdo, ají picante en cantidades y una salsa desconocida con un sabor desconocido.

A la octava cerveza, la vejiga autoriza su primer chorro amarillo, mientras los otros órganos cumplen funciones distintas. El picante y la salsa desconocida formaron una pelea interna que revolvió otras impurezas corporales. El estómago de Rada producía ruidos que el televisor con alto volumen no dejaba escuchar. Rada fue al baño solitario mientras los comerciales del partido pasaban. Apuntó directo al lavabo cuando el chorro cervecero se despedía, entonces sintió que algo inevitable venía en camino y sin avisos hizo su primera y única descarga. Era pesada y verde, era salsa y sólidos mojados en forma de chicha por todas partes. Rada quedó intacto, serio y sin respuestas. La novena cerveza esperaba en la barra, tal vez la más fría de la noche. Guerra reía en el patio con los poetas inéditos.

Rada llegó al patio recto y serio como una tijera. Le dijo a Guerra, sin más preámbulos: Me descargué. El olor de inmediato dio las explicaciones que él no tenía.

—Siéntate tranquilo en el patio —le dijo Guerra, mientras  buscó un taxi—. Cruzas sereno frente a la barra, sin mirar a nadie y sin despedirte —le sugirió—. No hables de fútbol. El Junior perdió y entonces puedes usar tu silencio de rabia.

El taxi llegó a las 10 y 17. Guerra se ubicó en el puesto delantero, mientras Rada era un bulto de silencios atrás con su olor y su descarga. Nunca había visto a un hombre risueño, con tanta seriedad y miedo. Era hombre inútil con un sentimiento de culpa y de tragedia.

El taxista, a la cuadra siguiente, con algo de pena y enojo dijo: ¿No sienten un olor raro? Fue un borracho que acabo de dejar en la plaza, qué pena, los dejo a ustedes y salgo a lavar el carro. Y soltó cinco minutos de palabras soeces de esas que saben usar los taxistas nocturnos con los borrachos nocturnos.

Rada llegó a su casa, subió las escaleras como un gato enfermo, con un olor que lo perseguía hasta los huesos. Guerra llegó a su destino, pagó las dobles carreras y no reclamó los vueltos para apoyar al taxista. Nunca supimos de los dos poetas del patio, ni los demás habitantes del partido. Hoy Rada me dijo que podía contar esa tragedia de hace 15 meses, tres semanas y un día.

 

Edgardo Mendoza Guerra 

Tiro de chorro
Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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