En la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena, luego en la Universidad cuando la Licenciatura y después en la Especialización, vimos una gran cantidad de teorías pedagógicas y psicológicas que nos llevara a conocer ese misterioso, y al mismo tiempo simplificado, mundo de los niños y el complejo mundo del adolescente.

Nos entreteníamos leyendo sobre Psicología del aprendizaje, didáctica, sociología, Filosofía de la educación, Leímos a Pestalozi, Freinet, Montesori, Makarenco, Ausubel, Piaget, Paulo Freire, Rousseau, Decroly; Vigostsky, Dewey, y tantos otros que sería largo anotar. Estudiamos los modelos pedagógicos, discutíamos sobre constructivismo, conductismo, desarrollismo, humanismo, sociocultural, cognitivo, y que se yo, otras variantes nacidas de éstos. Nos torturábamos aprendiendo la normatividad escolar, didáctica, Herramientas y técnicas de la educación, Relaciones con la comunidad, Ayudas educativas, lúdica, en fin, tratábamos de aprender sobre las herramientas que nos darían las competencias de la profesión que habíamos escogido.

Hoy, ad portas de jubilación, miro con algo de nostalgia todo ese pasado, todo lo aprendido, y sobre todo, la experiencia recogida a través de los años en este bello oficio de educador, y como siempre, comparo épocas y situaciones, porque no de otra manera se puede aprender en este oficio.

En la Normal nos decían que todos tenemos la tendencia a enseñar como nos enseñaron y que debíamos ser cuidadoso en esto, pues los tiempos, las teorías, las practicas, los estudios y los modelos cambian. Que a lo sumo podíamos ser eclécticos, y con habilidad y mucho cuidado ligar algunas teorías que nos permitiera resolver los múltiples problemas que el quehacer pedagógico nos planteara, todo ello, decía el profesor de psicología del aprendizaje, porque el niño era una unidad psicosomática, única e irrepetible, y que lo que ayudaba a un niño a resolver su problema probablemente no funcionara con otro niño.

En efecto, en las instituciones educativas hoy día hay una preocupación creciente por algunos males, que los educadores nuevos creen que son modernos, que son males propios de estas nuevas generaciones, entre ellos el bullying, el sextin y los videos porno, la utilización del chat en clases, el copiar y pegar, la ortografía y otro sinnúmero de problemas que angustian a la comunidad educativa; y que con teorías modernas se les hace frente, y que el educador fatigado siente que no prosperan los correctivos que se dan para mejorar el sombrío panorama que se da en la escuela.

En épocas anteriores existían los mismos problemas y el tratamiento era distinto. No había Tablet ni celulares, pero estaban los comics (paquitos), de Superman, El Llanero solitario, Santo, El Pato Donald, etc… que servían de distractores en clases y que el maestro decomisaba entre tablazos y regaños. No conocíamos el sexting ni los videos pornos pero algún muchacho espabilado llevaba la revista Lux y nos abría los ojos ante la sexualidad. No teníamos el celular para incursionar en Facebook, Twitter, Istagram o cualquier otra red, pero circulaban a espaldas del profe, los papelitos con sobrenombres y frases burlonas que provocaban sonrisas de picardía entre los estudiantes, las cuales eran festejadas por el combo en el recreo.

Por supuesto no existía el «copy and paste» porque las consultas y tareas había que rebuscarlas en libros amarillentos, generalmente enciclopedias que solo se encontraban en algunas casas del barrio o poblado y cuando no se encontraban había que apelar a la sapiencia y buena voluntad de los bachilleres del pueblo que eran una especie de enciclopedia andante, capaces de responder de memoria las preguntas de un currículo escolar repetido por décadas y que ellos conocían al dedillo.

No se daba el bullying o matoneo, que es el caso que más trabajo le coloca a las psico-orientadoras escolares donde en largas y nutridas sesiones terapeúticas entre estudiante y padre de familia tratan de sacar de la cabeza del uno el deseo de golpear y de humillar al más débil. Antes no, no lo había o no se llamaba así. Cuando el matón del colegio se la “montaba” a otro estudiante, este soportaba la humillación hasta que el grupo lo incitaba a desquitarse, la terapia comenzaba ahí, con el débil, no con el agresor. Llegaba el momento en que el agredido levantaba la vista retadoramente y le mostraba la palma abierta de la mano derecha. El agresor traducía ese mensaje cifrado que en lenguaje escolar decía: Me la pagas al salir del colegio. los amigos de los dos bandos a través de “radio bemba” corrían la voz y al salir de la escuela, en una esquina cualquiera se quitaban “la piquiñita” (versión pasada del bullying), le aseguro que ésta era la mejor terapia.

Ah tiempos aquellos donde las cosas se resolvían sin tanto misterio y sin tanto miedo a los “traumas psicológicos”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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