Juventud y política: el reencuentro

Opinión

Diógenes Armando Pino Ávila

06/07/2018 - 06:45

 

Jóvenes estudiantiles en marcha contra el uso del odio en la política / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

La juventud colombiana ha entrado en una era de madurez política. Contrario a lo ocurrido en los años 60 donde se trataba de cambiar el mundo por la vía armada, pues se creía que el cambio debía ser violento y que era necesaria la guerra para arrebatarle el poder a la burguesía, por tanto, se justificaba la existencia de guerrillas. Se tenía una visión romántica y soñadora de lo que significaba la guerra de guerrillas y se creía que era una imperiosa obligación moral e histórica coadyubar la lucha de clases para que el proletariado tomara el poder.

En ese romanticismo existía una disciplina y un compromiso por parte del joven, cual era ser buen estudiante, mantener notas aceptables en el colegio o la universidad, leer, leer bastante, obras de Marx, Engels, Lenin, Mao y otros, leer mucha filosofía, economía, sociología. La literatura que leía estaba relacionada con la revolución rusa y cubana. La música escuchada era también marcada por los movimientos sociales latinoamericanos, grandes voces como la de Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Piero, El grupo Quilapayún, Silvio Rodríguez, entre otros.

Era la época de los grupos de estudio clandestinos, compartimentados, se aprendían técnicas de conspiración, había en cada colegio y Universidad, jóvenes que marcaban territorio y cargaban sobre sus hombros la responsabilidad de hacer tareas políticas, tales como mítines, huelgas, panfletos, manejo clandestino de mimeógrafo, pintas y rayados de muro con propaganda subversiva. Había la cultura del teatro, en cada centro educativo había un grupo de teatro, que llamaban de vanguardia, donde se montaban obras de tinte revolucionario, recuerdo “La Masacre de las Bananeras”, “Fiera acorralada”, y Obras de Gonzalo Buenahora, Bertolt Brecht y otros que mi flaca memoria se niega a recordar. Muchos jóvenes abandonaron el bachillerato, la universidad y se fueron para el monte, se enguerrilleraron, la mayoría tuvo una muerte absurda, en un desperdicio de vida y talento impresionante, otros envejecieron en la selva luchando contra el Estado en una guerra fratricida imposible de ganar por ninguno de los bandos. Una lucha cruenta y despiadada entre hijos del mismo pueblo, unos vistiendo el verde oliva de la guerrilla y otros el camuflado del Ejercito Nacional.

Andando el tiempo, las cosas empezaron a cambiar, vino El Glasnost y La Perestroika en Rusia, la Caída del Muro de Berlín y otros hechos de impacto mundial que marcaron los derroteros de la nueva juventud, se comenzó a recomponer el comportamiento social de los jóvenes colombianos, apareció el M19 con un romanticismo político y de guerra con tintes cinematográficos, se roban la espada de Bolívar, asaltan camiones de leche, Coca-Cola y otros productos y los reparten en los colegios, asaltan camiones de pollo y los reparten en los barrios populares, empiezan a documentar sus acciones, con libros como “Oiga Hermano”, “Noches de Humo”, “La fuerza del cambio”, esa lectura apasionaba a jóvenes y viejos, se convirtieron en una especie de Robin Hood criollos que luchaban por reivindicaciones para el pueblo. Su osadía llegaba a límites inusitados como el robo de las armas del Cantón Norte, el secuestro de Blanca Ochoa y otros actos que sacaron de quicio a gobierno y fuerza pública, desatando una persecución y muertes selectivas de jóvenes comprometidos con esa guerrilla moderna.

Esta guerrilla en sus inicios de desmovilización en la campaña de Carlos Pizarro para la alcaldía de Bogotá impulsa una iniciativa de campaña llamada “Constituyente en movimiento” que, andando el tiempo, pasó de mano en mano, de grupo en grupo hasta convertirse la iniciativa conocida como “Séptima papeleta” que terminó en la Constituyente que dio vida a La Constitución del 81.

En las últimas elecciones, desde el lanzamiento de Mockus y ahora en estas últimas con Fajardo y Petro, la juventud ha retomado su papel protagónico, poniendo la alegría en la campaña, los memes ingeniosos, la aplicación de la tecnología y de los medios alternativos en favor de los candidatos populares y sobre todo con la participación electoral, con su voto de opinión, haciendo sentir que esa franja piensa y quiere un país sin desigualdades y en una Colombia justa y digna donde podamos vivir en paz.

Se avecina la consulta anticorrupción, se prevé que los jóvenes participarán masivamente, con el mismo entusiasmo y alegría, pues a fin de cuentas el mundo que viene, es el de ellos, pues heredarán un país en ruina moral y ética que hay que comenzar a enderezar desde ahora. La participación de la juventud en esta consulta marcará la tendencia de lo que será la participación de las nuevas generaciones de votantes en las elecciones locales que se avecinan y el cambio o el estancamiento político estará signado por la participación, masiva o no, de los jóvenes. Yo apuesto a que el fervor continuará y esos ocho millones de personas incluyendo a millones de jóvenes se manifestarán de nuevo y marcarán la diferencia, Colombia lo necesita.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

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Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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