Ocio y sociedad

El contraste de la noche vallenata

Wladimir Pino Sanjur

11/07/2018 - 07:55

 

La plaza Alfonso López en Valledupar de noche / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

 

Es viernes y la tarde de Valledupar es un eterno remolino de ruido de motos, carros y voceadores, todos corriéndole al sol canicular que por esta época sofoca la costa Caribe, pero una vez el sol se oculta, en las altas montañas que rodean este valle de canciones, llega la noche con la visita de la brisa fresca de la Sierra Nevada que hiniesta evita nuestra vista al mar. Entonces el valle se viste de luces, sus calles se llenan de música, como si fuese una jaula de turpiales.

El sonido de los acordeones y los acordes de las guitarras se confunden con la voz del cantor, que llora en versos por un amor ido, por una ilusión perdida o por el nacimiento de una nueva pasión. Son las 10 de la noche y yo recorro las calles de esta ciudad: Calle Grande está sin vendedores ambulantes, sin las carreras de los transeúntes, por el contrario, luce solitaria, descansada, con sus luminarias que invitan al romanticismo. Al llegar a la Plaza se observan dos novios en el mango besándose como si empezara el amor o se despidieran para siempre dos almas gemelas. Al parquear el carro, alcanzo a ver el café Plaza Mayor, en su fondo tres parejas de jóvenes conversan mientras consumen cerveza y escuchan la voz inolvidable de Rafael Orozco con un estribillo que dice: “Dime pajarito, porque hoy estas tan triste, no escucho en tu canto la misma alegría”.

Las luminarias amarillas  me guían por la calle, al llegar a la esquina doblo buscando la catedral, pero a mitad de cuadra me encuentro con Tlön Bar, un bar borgeano, adornado de cuadros de artistas locales, en su interior un juego de luces tenues, una música cuyos decibeles permiten tertuliar, en los muebles del primer salón un grupo de poetas amigos, dialogan amenamente de Neruda, otro grupo de hombres y mujeres entre 40 y 50 años dialogan sobre el poder narrativo de las canciones de Escalona, en la otra sala jóvenes entre 20 y 25 años hablan de política y en el patio una pequeña tarima, un salón amplio lleno de personas de diferentes edades dialogan temas diferentes mientras en el fondo se escucha la voz del cacique: “Le pidieron centavos de oro, le pidieron la vida completa, y él se la entregó, la entregó. No había noche que no la esperara, en un parque cerca de su casa y allí se quedó, se quedó…”. Allí estuve casi una hora escuchando canciones de Diomedes, Poncho Zuleta, Jorge Oñate e Iván Villazon, ahora ya no salidas del altoparlante, sino de la voz de Carolina Celedon que, desde la tarima, coreaba las canciones de los cuatro grandes asistida por un público lleno de bohemia y nostalgia por alegrías pasadas y por un canto lirico en vía de extinción.

Al salir de Tlön, entré a La Placita, un bar del mismo estilo en cuyo patio tocaba un trio de románticos que le cantaba las canciones de Rosendo Romero. En una mesa un joven se levanta de la silla y mientras el cantante revive la letra de Cadenas: “Yo que creí que me soñaban las mujeres, y que podía enamorarme de cualquiera, siempre egoísta me burlé de sus quereres, pero el corazón me puso cadenas”, él hacia la mímica frente a una joven que le coquetea al compás de la canción.

Atraído por el entusiasmo de una juventud alternativa que en masa entraba al bar del lado, me decidí y entré también al Bar Palenke, en este sitio un poco más bajo de luz, con grandes pinturas de afrocolombianos, se escucha champeta, reggae entre otras. Los jóvenes de pelo largo y camisetas negras, acompañado de mujeres de pelo corto, bailaban al son de la música que reventaba los oídos, pero ellos como si nada saltaban y cantaban al son de Mr Black. Yo, contagiado por el ambiente, me quedé una hora en el lugar, pero la noche aun era joven para explorar el ambiente del Valle de Upar.

Anduve por la novena, viendo el remolino de jóvenes en las discotecas y en la fuente donde se baila y se canta sin importar si lo haces bien o mal, siguiendo hasta el rio se encuentran los grupos de parejas, muchos en sillas rimax y otros en el suelo besándose apasionadamente, haciendo que la soledad y la luna sean cómplices de su idilio.

Al regresar por la avenida Simón Bolívar están los estancos llenos de jóvenes y personas maduras que disfrutan de la noche que aun luce joven y cómplice. Me llama la atención dos establecimientos dedicados a la salsa, La esquina de la Salsa y Salsa Barranquilla, donde se siente la influencia caribeña, el swing de Celia Cruz, Héctor Lavoe Tito Puente, Eddie Palmieri, Richie Ray y Bobby Cruz entre otros.

Entre el barrio Fundadores y Sabanas se encuentran las Notas del Valle, un viejo patio donde se escucha Vallenato de Farid Ortiz, Los Diablitos y Miguel morales, se encuentran hombres veteranos con mujeres jóvenes, escondidos del dedo juzgador de la sociedad. Antes de dos de la mañana decido ir por la vía del estadio en busca de los Sabanales de Calixto, para escuchar la música de los Corraleros de Majagual, pero al llegar al lugar me encuentro con la sorpresa que no existe ya la discoteca de música sabanera. Los amigos y mi señora -que andaban conmigo- salimos por la vía del mercado y, de pronto, nos vimos entre dos establecimientos, uno de nombre Paradise que a las claras por el tipo de personas que estaban afuera se sobre entendía que era un desayunadero de placer y el otro donde salía y entraba gente de diferentes sexos de nombre Freedom.

Nos decidimos por la discoteca, al llegar a la entrada dos porteros no exigieron covers, de todas maneras, entramos. Es un salón octagonal, lleno de luces y humo, en el que no se alcanza a divisar los rostros de las personas. Nos acomodamos donde pudimos, la música era electrónica a decibeles altísimos, cuando se fue aclarando la neblina producida por el humo artificial, en frente de mi pude ver dos hombres bailando agarrados de manera muy sensual, en otra esquina dos hombres besándose, en la silla del lado dos mujeres acicalándose y, cuando pude tener una vista esférica de todo el lugar, pudimos comprender que se trataba de un bar Gay. Entre risas lo comentamos entre nosotros y decidimos quedarnos.

En resumidas cuentas, yo estaba con mi señora, un amigo con su novia y una amiga sola, el ambiente era de otra ciudad, lejos de la sociedad tradicional descrita por la música Vallenata. Era un mundo desinhibido donde todo estaba permitido, menos utilizar el celular, puesto que en un instante en que me llegó una notificación de una pagina social e intenté abrirlo, llegó uno de los vigilantes y me advirtió que no podía tomar fotos ni videos. Al salir de allí llegamos a la 27 con Simón bolívar por una buena sopa de mondongo. 

 

Wladimir Pino Sanjur

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