Carandiru / Foto: SensacineMe gustan de Brasil los cuentos policiacos de Rubén Fonseca (recomiendo La Cofradía de los Espadas), las gambetas en espacio reducido de Romario, y las negras que bailan samba con los pechos desnudos.

Y recientemente, descubrí que también me gusta de Brasil el cine, por eso el presente artículo voy a dedicárselo al séptimo arte del país de la Capoeira, en especial a la película Carandiru.

El cine de Brasil está cargado de una magia caribeña que lo arraiga a todas nuestras alegrías y penurias. Narra realidades que también son nuestras: el tráfico de drogas, las empresas criminales, la corrupción, los carnavales incansables del pueblo para olvidarse de la muerte, y el sueño eterno de un mejor país.

Ha tenido reconocimientos internacionales tanto por la crítica como por el público. Por ejemplo, Estación central de Brasil (año 1998) de Walter Salles alcanzó dos nominaciones al Oscar, y Ciudad de Dios (año 2002)de Fernando Meirelles alcanzó cuatro.

La última etapa del cine brasileño ha sido denominada como la Retomada, ya que puso fin a la crisis que hubo a inicios de la década 1990, desencadenada por el cierre de la agencia estatal de producción Embrafilme, y que terminó en 1994 con la expedición de Lei do Audiovisual, que crea un sistema de financiación cimentado en la contribución fiscal.

Con la Retomada (resurgir, renacer), se han producido desde 1995 más de 500 largometrajes y el número de espectadores ha aumentado considerablemente gracias a un decreto firmado por el gobierno de Lula da Silva en 2004, por el cual se duplica el número de salas en las que deben proyectarse películas nacionales.

El cine de Brasil puede erizarnos la piel con sus temas que son muy parecidos a los de nosotros. Por ejemplo: las favelas de Rio de Janeiro, son como las comunas de Medellín.

Canrandiru es un filme de 2003, cuyo director es el argentino nacionalizado brasileño Héctor Babenco, quien también dirigió Pixote, la ley del más débil (año 1980) yEl beso de la mujer araña (año 1985).

Es una coproducción entre Brasil y Argentina, que relata la masacre de 111 presos desarmados, efectuada en 1992, en la famosa cárcel Carandiru,por la policía de Sao Paulo, con la autorización del Gobernador de turno. Está basada en el libro de Drauzio Varella, un medico que cuenta como es la vida cotidiana de los internos.

Al igual que en las cárceles de Colombia, en Carandiru abunda el narcotráfico, las bandas que lideran desde adentro los crímenes que se cometen en la calle, el predominio de la Ley del Talión sobre los Derechos Humanos, el sexo homosexual, el SIDA y otras enfermedades venéreas, la soledad, la locura, y el retraimiento infinito de los reclusos ante el mundo.

Me conmueve mucho deCarandiru la escena en la cual los escuadrones de policía entran al penal y se tropiezan de frente con un pequeño grupo de reclusos, quienes al verse tan próximos a la muerte, apuntados por subametralladoras y sin medios para defenderse, sólo se les ocurre gritar casi en coro:

––Cuidado nos tocan que tenemos SIDA.

Hacen del SIDA, enfermedad que los agobia y que adquirieron en Carandiru a través de relaciones sexuales o jeringuillas contaminadas, su única arma de defensa en medio de la angustia que los asalta.

Pero los policías son crueles y las órdenes que siguen lo son aún más. Se dejan conducir por sus ansias de crimen y sin compasión disparan y empiezan a caer muertos los reclusos.

Carandiru refleja como los cuerpos policivos y militares de algunos Estados de Latinoamérica, con la venia de quienes se esconden detrás de ellos para tomar las decisiones finales, abusan de sus atribuciones sometiendo ante la insolente fuerza de las armas a la Dignidad Humana y a los Derechos Fundamentales.

Aquí, en Colombia, sabemos bien que significa eso, pues históricamente ha sido como el pan nuestro de cada día.

Carlos Cesar Silva

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