Literatura

Los cuenteros brillaron en Valledupar

Redacción

01/11/2012 - 12:30

 

la Señora McDonald Narrar cuentos es algo que en algún momento de nuestras vidas hemos hecho, sea con un hijo, un sobrino, un hermanito o un abuelo. Nuestras vidas van íntimamente ligadas con la narración. Quizás sea eso, de hecho, lo que más distinga al ser humano de los animales.

Vivimos rodeados de cuentos. La historia y la prehistoria que encontramos en los libros de textos son también historias que fundamentamos con fechas, personajes  y lugares verdaderos para darles un reflejo de una inalterable realidad. Pero así es la Humanidad y así también es como se preserva la memoria de un pueblo: a través de cuentos cortos fáciles de transmitir y memorizar.

En el marco del IV Encuentro caribeño dedicado al arte de contar historias, los narradores orales de varios países –Estados Unidos, Chile, España, Colombia, Argentina y México– se reunieron en Valledupar durante 5 días y demostraron que no existen fronteras a la hora de contar historias. Todos, sin importar sus acentos o procedencias, animaron la plaza de la gobernación y la de la Biblioteca Rafael Carrillo con un notable éxito.

Los estilos fueron de lo más variado. La estadounidense McDonald lo hizo con un cuento infantil basado en una serpiente que aspiraba a casarse. Su narración insistía en la tendencia del animal a llorar y deprimirse con cada frustración y, aunque no parecía llegar, el final se precipitó de un modo inesperado (después de haber incitado el público a participar).

La señora Grimland de Argentina recreó un cuento de la tradición judía en el que una mujer se casa con un hombre algo simple, causando así algunas desavenencias familiares. Su narración pulida, con unos reiterados enfoques en los errores del recién casado, permitió recrear la magnitud del drama familiar con una gracia nsospechada. Naturalmente, el público se vio implicado por la fantasía y la sencillez del lenguaje.

Los artistas colombianos Iván Mantilla y Jota Pineda optaron por una narración más libre, al estilo “Stand up comedy”, que, si bien no seguía los patrones clásicos del cuento, les permitió interactuar de manera magistral con el público y arrancar unas sonrisas con temas tan controvertidos como el sexo en la adolescencia o las diferencias entre hombres y mujeres. La base de su espectáculo se enfocaba más en un compendio de imágenes (o chistes) que una trama narrativa, y el objetivo de cada chiste consistía en una burla entretenida y sutil de la vida cotidiana de cualquier ciudadano.

Por su lado, Alexander Mosquera aportó la espontaneidad y el humor del Pacífico colombiano. Su cuento sobre un pacto realizado entre un simple trabajador arruinado y el diablo arrancaron las risas de todo el público gracias a unas imágenes hilvanadas con soberbia y gracia. Alexander demostró que es posible integrar elementos educativos dentro de un cuento y explicar la historia o la cosmovisión de un pueblo a través de sus personajes y situaciones insólitas.

Por fin, el conocido narrador vallenato Moisés Perea –el anfitrión de este evento caribeño– entretuvo una gala nocturna frente a la biblioteca Rafael Carrillo con un cuento de ritmo lento y poético. Su gran experiencia y conocimiento de la región le permitieron urdir una historia local en el que un pollo es protagonista y mantener el suspense hasta el final.

De esta manera, Valledupar se convirtió durante 4 días en la capital de los narradores orales y cautivó a un público fiel de jóvenes y no tan jóvenes. Aunque el espectáculo encontró ciertas dificultades en atraer a espectadores el sábado y domingo –debido quizás a una comunicación dispersa–, los próximos años consagrarán este espacio único para la oraliteratura.

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