Artes escénicas

Pochorito o el espectáculo de un ser emocional

Johari Gautier Carmona

26/11/2012 - 11:00

 

PochoritoVer a Boris Serrano convertirse en Pochorito es un espectáculo único. De esos espectáculos en los que nada se desperdicia y, no lo digo por coronarlo de entrada, sino porque la experiencia de su regreso a los escenarios de Valledupar fue la ocasión de estudiar los más mínimos detalles de un personaje complejo que varía con el tiempo y las circunstancias.

En el auditorio de la biblioteca Rafael Carrillo, tras el aguacero que refrescó la tarde del 23 de enero, Boris se sentó en un banco situado enfrente de su público. La oscuridad de la sala y el foco luminoso orientado hacia su figura incrementaron el efecto del silencio. Ese eterno testigo de los espectáculos de mimo.

Boris empezó a maquillarse en ese banco y, como si fuera parte del show, todos estuvimos atentos a cada uno de los ademanes del artista. Cada pincelada en su cara, cada fruncimiento de sus cejas, podía ser el motivo de una reacción.

Él, tan sumergido en su papel, tan absorto en su asiento, daba la sensación de que poco a poco se estuviera diluyendo. Nos hallábamos en frente de un proceso de mutación y ése era el interés de esa sesión de maquillaje en vivo: contemplar el efecto de la pintura blanca en el rostro del actor, sentir su grado de concentración y captar el nacimiento progresivo de Pochorito en sus adentros.

Cuando ya tuvo culminada su sesión de estiramientos, Pochorito parecía haber ganado la batalla. Las expresiones histriónicas incrustadas en ese nuevo semblante mostraban a un nuevo ser. Una nueva forma de sentir y vivir. Y de repente Pochorito se impuso. Hizo del escenario lo que quería. Empezó a caminar de un lado a otro, obligando los espectadores a mirar y girar la cabeza en direcciones insospechadas.

Su entrada por la avenida principal con su sombrero voltiao´ plantado en lo alto de su cabeza (y bien instalado sobre sus rizos), una estera en una mano y un bolso indígena en el hombro anunciaban el inicio oficial. Ahí estaba Pochorito con su orgullo costeño y una mirada misteriosa.

Sobre el banco se posó unos segundos, pero sobre la gran mesa del escenario fue donde se instaló realmente. En ese mobiliario, Pochorito se debatió en una lucha interna, peleaba consigo mismo, contra los anhelos, los miedos, sensaciones diversas, quizás totalmente incomprendidas. Y esa lucha se exteriorizó de tal modo que Pochorito empezó a enredarse de una manera desconsoladora con el mantel de la mesa.

La lucha personal fue dejando paso a una lucha con todo o contra todo. Pochorito es ese personaje que siempre siente la necesidad de hacer algo nuevo, que desea descubrir e imponerse a los obstáculos. Así pues, ese sentimiento es lo que le conduce a volcar la mesa y subirse en lo alto, aunque ponga en riesgo su vida. Los impulsos de la curiosidad y del riesgo son a menudo más poderosos que la razón.

Hay algo en Pochorito que conmueve. Detrás de esa blancura (que también podría evocar frialdad), se halla una gran emotividad. Matar un simple insecto, por ejemplo, puede ser para Pochorito el motivo de todo un funeral y de un festival interminable de lamentaciones. Es también un personaje dividido entre el pasado y el presente, que usa su memoria para volver a los tiempos de la colonia y la conquista española, pero que también desea vivir el instante presente. Así es como lo vemos enzarzarse en la aventura del amor, lanzarse en un matrimonio tan precipitado como apasionado, y embarazar a su esposa con el fin de seguir viendo el espectáculo de la vida pero, esta vez, reflejado en los ojos de sus hijos.

Pochorito es tan humano que termina cediendo a los impulsos de los celos. Ve fantasmas y adulterio donde sólo debería haber paz y amor. Finalmente, Pochorito es todo lo que somos, pero vivido de manera más intensa. Un entretenimiento visual que roza el ensayo existencial.

 

Johari Gautier Carmona

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