Recuerdo que mi primer encuentro en casa con Papá Noel no fue de los más hermosos. Sólo tenía  7 años y, aunque ya conocía todas sus proezas, sus historias increíbles, deseaba conocerlo en persona, saludarlo, abrazarlo, decirle cuánto me alegraba contar con su presencia cada fin de año, pedirle que siguiera haciéndome regalos exagerados y, tal vez, aprovechar para que me cambiara el carro y los muñecos del año anterior que no me gustaron tanto.

Era en plena noche del 24, en un momento en que mis padres se ausentaron para arreglar algunos asuntos con los vecinos. Recuerdo que me dejaron con mi hermano mayor Germán José y que él asumió mi guardia con naturalidad. “No se preocupen”, dijo a mis padres mientras mirábamos la televisión y los dibujos animados.

Lo cierto es que poco tiempo después escuchamos un ruido extraño. La puerta empezó a temblar y, tras varios segundos de pánico, entendimos que  alguien la estaba forzando. Germán José se quedó paralizado. Las películas de horror y suspense que miraba a solas no le ayudaron a guardar la calma y yo traté de arrancarlo de ese estado de hielo con un grito desentonado: “Germán, ¿qué pasa?”.

La repuesta vino sola. La puerta se abrió de par en par, con un ruido estruendoso, el aire cálido de esa noche caribeña se apoderó de la casa y nos neutralizó en un momento de inesperada tensión. A lo lejos, en la entrada, podía verse una silueta gruesa y rígida que fue deslizándose, poco a poco, con un paso lento pero seguro.

El hombre hizo su entrada y comprobamos que, además de lucir un vestido rojo al estilo de Papá Noel, también lucía una barba blanca moteada de zonas negras y un gorrito rojo (pero más clarito que el resto del traje). Sus botas expelían un olor a abono que invadió de inmediato el ambiente de la casa pero lo que más nos llamó la atención era esa hacha que levantaba con una mano por encima de sus hombros.

En ese momento, era evidente que nada iba como estaba previsto y que esa aparición –cuanto menos excéntrica– no tenía nada que ver con mis papás. Como mi hermano seguía en un estado de parálisis extremo, con los pantalones mojados, mi reflejo fue llamar a mis progenitores. “¡Papá, mamá!”.

Nadie respondió, y crispado por mis alaridos, Papá Noel empezó a dar golpes en las paredes. Destrozó la cocina con dos hachazos, la pared del salón con uno solo, y el mueble de la televisión desapareció con un revés. Entonces, Papa Noel prosiguió su avance y se encontró justo en frente de mi hermano. Levantó el hacha como si fuera a terminar con él y, finalmente…

Abrí los ojos. Estaba asustado, pero aliviado. Mi hermano se hallaba a mi lado, sonriente, viendo la tele y yo sentía como mi corazón buscaba algo de tranquilidad. Todo fue un sueño, pero qué sueño.

A los pocos minutos llegaron mis padres con unas compras en las manos y una sonrisa de oreja a oreja. “Queda menos para ver a Papá Noel”, dijo mi madre y al oír esas palabras no pude evitar de salir corriendo y encerrarme en mi cuarto.

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