La joven Mei tiene una apariencia delicada en medio de la jungla de Nueva York y, sin embargo, ofrece grandes fortalezas. Esta asiática de 11 años está perseguida por alguien que ha descubierto en ella una fuerza prodigiosa.

Es evidente que es diferente. Su mente prodigiosa la ha convertido en un objeto de codicia por una banda criminal china, la policía y un poderoso ruso con grandes ambiciones.

Las neuronas de Mei funcionan como una súper calculadora. Por ello se le ha confiado la combinación de una caja fuerte que guarda un secreto valioso para los tres grupos que la buscan. Quien tenga a Mei en su poder, obtendrá el poder absoluto.

En su azarosa huida, Mei se topa con Luke Wright, ex-agente élite de la policía neoyorquina, quien se ha pasado la vida al interior del corrupto mundo de las peleas callejeras.

Entonces sobreviene el encuentro. Encuentro de seres poderosos, mafiosos y corruptos. Pero ahora, atormentados, Mei y Luke son de repente aliados ante el infierno que se acerca a ellos. Empieza una carrera frenética, sin descanso, que sorprenderá a más de uno. Ante a “El código del miedo”, hay que sujetarse a la butaca porque la adrenalina es enorme.

Debo reconocer que ésta es posiblemente la mejor película de acción del año. Es cierto que “El Código del Miedo” no escapa a los típicos esquemas de películas americanas y desenlaces previsibles pero, también hay que valorar un inteligente guión, sumado a las personalidades de cada personaje, que conforman una mezcla muy agradable.´

La película lo tiene todo. Para comenzar, el encanto de la debutante Catherine Chan resulta en definitiva, tan apabullante como la película. Con su aparición en la televisión estadounidense, la joven logró captar la mirada de Wayne Chang, el encargado de audicionar a cientos de niñas de origen asiático para el rol de Mei.

Al margen de esta súper estrella en formación, el “decente señor” asume su rol de héroe renegado con un dominio absoluto de la escena. Su carisma va creciendo mientras crece la acción.

Para concluir, debo recalcar el trabajo del director estadounidense Boris Yakin quien ha dirigido con gran firmeza esta película, cuidando especialmente la perspectiva surrealista cuando, por ejemplo, la cámara se fija en un tiroteo a través de un espejo retrovisor.

El código del miedo merece el aplauso del gran público porque, además de acción, hay una creación cinematográfica contundente. Una pieza de colección que se erige triunfante entre tanto producto facilista. Resulta un pecado… no verla en pantalla grande. 

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