Música y folclor

La partida de Nelson Pinedo, el Pollo barranquillero

José Joaquín Rincón Cháves

03/11/2016 - 08:40

 

El cantante Nelson Pinedo

La ciudad de Barranquilla —como siempre— irreverente, pocas veces le llamó, el Almirante del Ritmo. Sólo algunos locutores, cuando presentaban sus discos o en las presentaciones en vivo, le llamaban así.

Para los que tenían audiencia en las clases populares de San Felipe, Olaya, Chiquinquirá o Rebolo, era sencillamente “El Pollo Barranquillero”.

Esa vaina de Almirante sonaba como distante, como a botín de barco pirata, como a destroyer de la Armada que perseguía contrabandistas por los mares de la Guajira.

Además, el man se había hecho a pulso desde el Barrio Rebolo y de manera imprevista, con la paciencia de los seres elegidos por los dioses, llegó a Cuba para inmortalizarse con sus interpretaciones de guarachas, porros y boleros en la entonces incontenible Sonora Matancera de Celia, de Bienvenido, de Carlos Argentino y otros muchos que luego se tomaron por asalto los traganíqueles de los bares, cantinas y tiendas de La Arenosa.

Este apelativo de su amada Barranquilla, nunca fue del agrado de Álvaro Enrique Ruiz Hernández, uno de los pocos que siempre le llamó Almirante y quien le distinguía por sus nombres y apellidos completos: Napoleón Nelson Pinedo Fedullo.

Nunca, en sus primeros años de crooner, le conocí personalmente. Creo haberlo visto fugazmente en el Radio-Teatro de Emisoras Unidas del Paseo Bolívar con la 38, cuando ese lugar, se colmaba para algunas presentaciones de los astros de la época o de los concursantes de canto que apenas intentaban lograr la atención de las multitudes y de Marcos Pérez Caicedo, animador de esos programas.

Mi encuentro con la voz de Nelson Pinedo Fedullo, se dio en la vecindad del Barrio Olaya en unos aparatos que nunca en mi vida había visto de modo material.

Solo conocía los discos de algunos intérpretes de pasillos, bambucos y rancheras en mi natal Pamplona y que tenían un sonido fatal, por las precarias condiciones de un viejo toca-discos, propiedad de un paisano del Barrio Popular Obrero de la Villa de Ortún y Velasco. Esos aparatos que conocí en Barranquilla, se llamaban traganíqueles.

Y el nombre, estaba bien puesto, pues funcionaban con monedas, producían fuentes multicolores de sonidos y para mí, eran centro de curiosidad por su sonoridad, por las voces que surgían de su interior y a veces por los gritos destemplados de los borrachitos que al son de una ranchera, lloraban sus amores de manera estruendosa en las pocas mesas que adornaban una salita de La Chichi, esa tienda-cantina del Barrio Olaya, que fue testigo de mis primeros amores con la música antillana y también de mis primeros asaltos a la caja de la panadería, pues sustraía algunos peniques, para poner a funcionar ese aparato musical que me había cautivado.

No es que fuera un asiduo del pequeño bar. Era que este funcionaba, a menos de cincuenta metros en donde mis padres tenían una panadería. Habíamos llegado de la Perla del Norte, en el mes de febrero de 1955, expulsados por la violencia partidista de entonces. Esa es otra historia.

El caso es que desde el negocio, se escuchaban los discos de desamor, que no me gustaban y las más veces, las canciones de una tal Sonora Matancera, cuyos ritmos se habían tomado la ciudad, pues además, era plena época de carnaval.

Los porros, cumbias, guarachas, boleros y demás ritmos caribeños se apoderaban de la cuadra desde La Chichi. Celia Cruz, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Alberto Beltrán, Carlos Argentino, Virginia López, Carmen Delia Dipinni y El Pollo Barranquillero, ingresaron a mi diccionario musical, reemplazando de golpe y porrazo a los Garzón y Collazos, Silva y Villalba y demás arandelas del cancionero interiorano.

Se fueron Los Cisnes y Brisas del Pamplonita y llegaron como un ventarrón que todo lo arrasa, Juancito Trucupey, Momposina, Me Voy pa' La Habana, Guantanamera, La Esquina del Movimiento, Aunque me Cueste la Vida, El Tibiritabara y toda esa historia musical que me inundó y que hizo de Barranquilla esa ciudad en la que hubiera ansiado nacer.

Pero como dice el hijo del telegrafista de Aracataca: “Uno no es de donde nace, sino de donde entierra sus muertos.”

El caso es que en ese negocio de la panadería, por aquellos bemoles de la vida, aterrizamos un día cualquiera de 1957, en un establecimiento de propiedad de don Julio Lastra quien había sido director e integrante como bajista de la Emisora Atlántico Jazz Band.

Los muchachos que trabajaban con mi papa y que vivían en el barrio Chiquinquirá, me contaron que Nelson Pinedo había laborado como oficial en la Panadería de Don Julio Lastra y que por su voz, cuando amasaba la harina de trigo, este lo había patrocinado para que cantara en su orquesta.

No sé si era una de esas carretillas a las que les oyen las balineras desde lejos o si era cierta semejante versión, que no hizo más que completar la admiración del entonces pequeñín, por el ya famoso Almirante.

Años más tarde, —ocupando la Dirección de Radiosucesos RCN— allá por el año 1974, a este servidor lo enviaron a cubrir una entrevista con Nelson Pinedo y para que grabara para TV, un especial del reinado internacional del carnaval.

Con cámaras a bordo, llegamos al Hotel del Prado a fin de cubrir la entrevista con este actor de parte importante de mi vida y para lograr las declaraciones de las espectaculares participantes en las carnestolendas barranquilleras.

La interviú, como diría don Alfredo de la Espriella, con Nelson fue de maravilla. Un recorrido por sus actuaciones en diferentes orquestas nacionales e internacionales, desde sus inicios y sus dificultades para llegar hasta la fama de ese momento.

Ni por allí, intenté traer a colación su trabajo accidental como panadero. Hubiese resultado impertinente, de manera que la cosa quedó solo en el anecdotario de aquel chiquitín del Barrio Chiquinquira y traganiquelero a morir.

Culminada la entrevista, con esa astucia de zorro viejo, Pinedo Fedullo percibió la ansiedad y nervios del periodista por la presencia del ramillete de bellezas que habría de reportear.

Ni corto ni perezoso, se adueñó del papel de interrogador alterno y entre los dos, sacamos respuestas llenas de picardía y buen humor a las reinas internacionales.

Fue la primera y única vez que trabajé en programas de televisión para RCN. Al poco tiempo, renuncié al trabajo, cuando Carlos Ardila Lulle, compró la cadena y todo, porque no tomaba Naranja Postobón sino Coca-Cola y no quise perder "la chispa de la vida".

Mi querido Nelson Pinedo, amé tu voz y tu manera de ser. Hoy te recuerdo como el hombre que me encantó con sus canciones desde niño y quien me cautivó en mi debut fallido en la TV Nacional.

Un abrazo en donde quiera que estés.

 

José Joaquín Rincón Cháves

Periodista y abogado

 

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