Música y folclor

La revelación póstuma

Álvaro Yaguna Nuñez

10/09/2019 - 05:40

 

La revelación póstuma

 

En algún momento compartí una tarde calurosa, en el barrio Cañahuate de Valledupar, con Álvaro Manuel, el buen amigo y compañero de siempre, tratando aspectos de la cotidianidad nacional y regional, insoslayables en momentos que nos aprestamos a celebrar un debate electoral para elegir alcaldes, gobernadores y representantes a las diferentes corporaciones públicas legalmente constituidas.

Igualmente denotábamos la preocupación que nos asiste a todos los vallenatos por la actual situación caótica socioeconómica del municipio, en donde la problemática de la inseguridad, desempleo acentuado, microtráfico, movilidad, falta de oportunidades laborales, escasez de soluciones de vivienda, presunción de malos manejos en la destinación de los recursos del erario público, resplandecen en un horizonte incierto y poco esperanzador a los ojos del ciudadano de bien; apartándonos un poco de estos temas demasiado “serios” para una conversación entre antiguos compañeros, derivamos la charla hacia un aspecto más amable, para los verdaderos amantes de la música auténtica regional: el Festival Vallenato.

De un amplio universo de realidades, mis evocaciones y añoranzas me trasladaron a 1970, donde la competencia folclórica congregó a baluartes ya conocidos y consagrados en un escenario verdaderamente limitado por la tecnología incipiente. Ejecutantes del acordeón como Calixto Ochoa Campos, Emiliano Zuleta Díaz, Nafer Duran, Abel Antonio Villa y Alberto Pacheco Balmaceda, fueron algunos de los convidados a dirimir la sapiencia, categoría y experiencia en la ejecución del instrumento tradicional. A este último de los mencionados específicamente quiero referirme, para obtener una breve y sucinta semblanza de un barranquillero de nacimiento que, incentivado y motivado por su progenitora, se atrevió a desafiar el sino incierto de una contienda, todavía en formación y pirrica proyección futurística.

Su actuación en la fase eliminatoria se dio en un quiosco con techo de palma amarga, localizado en la zona nororiental de la antigua plaza Alfonso López, frente a la residencia de La Cacica Consuelo y diagonal a la emblemática morada del insigne Santo Eccehomo, la iglesia de la Concepción. Mi memoria ubica allí solo a tres participantes: Emilianito Zuleta Díaz, a la postre finalista del certamen, *el Negro* Abel Antonio Villa y el enigmático, Alberto Pacheco Balmaceda; éste, bajo la mirada atenta de un mozalbete de 14 años, se mostraba con una apariencia equivoca de tristeza, soledad y una vestimenta modesta para la ocasión.

Mi impacto rotundo fue sentido al observarle su calzado, unos botines de color negro, desconchados, no compatibles con la calidad de la  marca exhibida: “Faitala”.No ha sido la primera vez que esa percepción inicial al conocer a una persona, me ha causado múltiples equivocaciones, dado el comportamiento del ser, su sino real o el encuentro irremediable con el éxito o el fracaso; todo lo anterior lo indico porque específicamente, lo ocurrido con el gallo “colorao” de la Arenosa en el periodo 1970/1971 fue para mí, particularmente, inopinado e irreal.

Eliminado en su primera incursión en el festival vallenato, se quedó viviendo en Valledupar, en el barrio Cañahuate, “merodeando” por el sector de la Señora Petra Arias y la carrera novena, “enamorando” a los exitosos Rodolfo Castilla Polo y Adán Montero, consagrados el año anterior, al lado de Nicolás Elías “Colacho” Mendoza. En la conversación amena con Álvaro Manuel, me señaló éste, que en varias ocasiones, Pacheco ocupó la histórica y señorial poltrona donde su progenitor Santander Socarras, atendía en su peluquería y barbería sin nombre (no lo necesitaba), a una multitudinaria clientela satisfecha siempre por la degustación de tertulias sabrosas donde los temas acostumbrados eran los hechos y aconteceres del viejo Valle, muy diferente al discurrir actual de inseguridad, falta de respeto, incultura, apariencia aparatosa desmedida, perdida de los principios y valores dados en los hogares y violencia en cualquier parte; era agradable también disfrutar de un servicio, al que no le faltaban los siguientes ingredientes: la navaja larga, afilada en su penca de cuero, instalada a un costado de la silla, la piedra astringente de alumbre, el talco de moda “Menen” y el cepillo de cerdas finas, para sacudir los residuos del cabello recién cortado.

Para esa época, nuestro personaje aún conservaba los famosos zapatos de charol, sometidos seguramente a una refacción profunda. En una de esas agradables tertulias, Alberto Pacheco, ante un auditorio especial conformado por Pablo Galindo, Alejandro Rodríguez, , Julio Barranco, Octavio Socarras, Juan Bautista Morales Montero, Fausto Ramón Castilla y Víctor Camarillo les expresó uno de sus principales motivos para venirse a competir a Valledupar, fortín inexpugnable  de los acordeoneros ya consagrados. Al respecto dijo: “Mi madre, Rosa Balmaceda soñó una noche luminosa en las playas de Puerto Colombia, que había asistido a un evento folclórico, realizado en un pueblo de casas de bahareque, encantadas y apilonadas alrededor de un rio majestuoso de aguas cristalinas y piedras blancas, como traídas de alguna parte del universo. Lo más llamativo, agrego, es que la contienda era amenizada por conjuntos de acordeón, pero interpretado este por sirenas y delfines imaginarios, animados festivamente por un ángel de vestimenta nívea, el rostro de mi hijo, con un sombrero vueltiao monumental”.

En ese punto, hizo una pausa para recibir la cálida taza de café ofrecida por la señora Elsa, bebida reconfortante elaborada con el insumo básico del grano escogido en la finca de Víctor Hinojoza, en El Palmar y el jengibre traído de las mismas latitudes por “el hachero” Rafael Barrera. Retomando la charla con su auditorio de lujo, expresa: Me fue muy grato grabar la canción promocional de la creación del Departamento del Cesar, estrenándola en el Radio Teatro de Colores de Radio Guatapuri, como se le llamaba entonces.

En 1971 ya estaba preparado para enfrentar la contienda vallenata, esta vez con el difícil ingrediente de la participación del “pollo” Vallenato, Luis Enrique Martínez, catalogado por los expertos como el “papá” de los ejecutantes del acordeón, cultor de un estilo inconfundible, una nota exquisita, notable, y una melodía bella y formidable. Pacheco Balmaceda presentó en el marco del cuarto festival vallenato, principalmente los siguientes temas: “El Pobre Juan”, paseo, autoría del Maestro Escalona, el merengue “Francisco El Hombre”, de su propia inspiración y la puya de Sergio Moya Molina, “La Cacería”. Sus acompañantes fueron los “conquistados” Rodolfo Castilla y Adán Montero.

Fue un triunfo resonante y contundente dadas las calidades de su emérito contendor. Dicho acontecimiento dio pie para grandes controversias y debates, como el protagonizado por largo tiempo por “Geño” Mendoza, compositor de Fonseca (La Guajira), contra La Cacica Consuelo y Rafael Calixto Escalona Martínez, el Maestro de Maestros, relevante en el exitoso tema Festival Vallenato, grabado inicialmente por la agrupación venezolana de Nelson Henríquez

Es esta una breve semblanza de Alberto Pacheco Balmaceda, excelente ejecutante del acordeón, sapiente lector del pentagrama musical, quien se atrevió a triunfar en un medio difícil como Valledupar, reconocedor a la postre de una magnifica trayectoria, perfeccionada en ese grandioso periodo 1970/1971, llevándolo por siempre a erradicar esa apariencia equivoca de itinerante peregrino, llegado en una época incierta, de algún lugar recóndito del litoral caribe colombiano, motivado principalmente por el sueño premonitorio triunfador de su progenitora, reitero, Rosa Balmaceda, otra virtuosa del arte musical.

Tuvo Alberto Pacheco un deceso inverosímil, en la ciudad de Valledupar, en el Hotel “Los Cardones”, acompañado por ese sino irrestricto de la soledad, tendido en  una hamaca, con un manuscrito a su lado titulado “Cómo derroté al Pollo Vallenato”, tal vez el profundo recuento anecdótico y novelesco de ese gran episodio de su vida, su gran momento vivencial, una “Revelación póstuma”, diríamos muchos, quizá el contenido de una fase preparatoria, en el preámbulo de un triunfo real, magnificente, por allá en las calendas de 1971, en el escenario majestuoso del cuarto Festival de La Leyenda Vallenata. A nadie en especial, en la región, se le oyó mencionar algo sobre esa presunta *Revelación póstuma”.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

 

2 Comentarios


Amelia Lorson 10-09-2019 08:10 AM

Excelente, que memoria. Hoy en día por el uso del computador los seres humanos ya no "necesitan" almacerar información. Por eso hoy, sus memorias están vacías.

Ciro Meza 10-09-2019 05:00 PM

Qué exquisitez de pluma..Gracias Yagu,por darnos la oportunidad de conocer más de la historia de los Reyes vallenatos,y sobre todo de A Pacheco.

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