Viernes, 18 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Cajero y acordeonero / Foto original: El MalpensanteNuestro folclor como muchos otros, está adornado de leyendas y personajes que lo engalanan y engrandecen.

En primer lugar aparece Francisco El Hombre venciendo al mal (representado por el demonio), cuando, después de recurrir a la ayuda de Dios, decide tocar con su acordeón el credo al revés. Sin embargo, el hombre que abusa de su privilegio, como le sucedió a Andrés Montufar que con un verso altanero ofendió a las damas de Los Venados, se ve vencido por el mal en forma de mujer.

En el caso que nos ocupa, el hombre se asocia con el mal para superar a los de su mismo arte. Esto es lo que hizo Quín Vázquez para salir de lo común que hacían sus colegas.

Muchos afirman que nació en Valencia de Jesús y que, por razones de su oficio, se desplazaba por toda la provincia. Además de acordeonero, era correo y practicaba la hechicería. En aras de su trabajo, llegaba en la tarde a la ciudad de santa Marta, distante de Valledupar a más de doscientos kilómetros, el mismo día regresaba corriendo para tocar y animar con sus versos una fiesta.

En sus ratos de holganza cazaba venados en las sabanas del diluvio. También le ganaba en apuesta de velocidad a los mejores caballos de la región. La tradición oral reza que, para ganar tiempo en sus correrías como mensajero, se transformaba en un jaguar para infundir temor y respeto cuando cruzaba terrenos de fieras y de indios salvajes, y  en el campo abierto lo hacía en forma de venado para alcanzar mayor velocidad en su andar.

En sus presentaciones musicales se hacía acompañar de un enigmático cajero que nadie conocía ni daba explicación de dónde vivía. Podía tocar el mismo día y a la misma hora en tres sitios diferentes. “El socio” –así es como lo llamaban–, en cada lugar tenía diferente aspecto físico. Era un cajero fenomenal, totalmente acompasado con el acordeonero y con el guacharaquero, a éste le daba la espalda cuando tocaba para no ver la cruz que se formaba entre la guacharaca y el trinche, sus golpes eran firmes e inconfundibles atraían a campesinos y labriegos que lo escuchaban a distancia, e irresistibles acudían a presenciar aquel toque magistral.

Si alguna dama lucía un crucifijo, “El socio” se atravesaba (perdía el ritmo) y entonces se  percibía en el ambiente un ligero olor a azufre, que iba desapareciendo tenuemente hasta confundirse con los desodorantes y perfumes que usaban los asistentes a la colita (fiesta).

Como brujo, Quín Vásquez tenía poderes curativos, fue precisamente  quien atendió a Andrés Montufar, cuando la bruja Dolores Escalona le dio un bebedizo y, gracias a sus conocimientos, el moribundo pudo sobrevivir algunos días.

En su  actividad de correo, además de llevar la correspondencia con sus versos y su acordeón, iba de pueblo en pueblo dejando recados y noticias que propagaba como un periódico andante.

Así las cosas, estamos en lo cierto cuando afirmamos que las leyendas y personajes engrandecen nuestro folclor, también lo hacen más admirable, vernáculo y distintivo.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga
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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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