Lunes, 11 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Desde finales de los años 80 y principios de los años 90, el Body Paint (o pintura corporal) se ha difundido en los espacios artísticos y académicos como una de las artes efímeras más atractivas, no solamente por el juego que implica entre el artista y quien se presta a ello sino por la forma de embellecer el cuerpo y las creaciones inesperadas que nacen en esos encuentros.

Prestigiosas estrellas de la música o del cine se han dejado pintar el cuerpo por artistas reconocidos. En los desfiles de Carnaval, en inauguraciones e incluso en etapas especiales de la vida (como el embarazo), el Body Paint se ha afianzado como una fuente de expresión y de entretenimiento.

Es innegable que la mescolanza de colores, las formas del cuerpo, la fuerza del instante y la combinación de materiales generan  creaciones inesperadas, por muy planeadas que sean. Y ése es uno de los puntos interesantes de esta práctica artística.

No obstante, vale la pena recalcar que el Body Paint tiene su origen mucho más allá de los años 80-90. Muchos historiadores consideran que es una de las expresiones plásticas más antiguas de la Humanidad.  Antes de que naciera la Escritura y en muchas etnias de la actualidad que mantienen un contacto directo con la naturaleza, se utilizan pigmentos como la tierra coloreada, el carbón, la tiza, la sangre de animales para camuflarse o realizar sus ritos mágicos.

El auge del Body Paint en las últimas décadas es,  en realidad, el resultado directo del ascenso del arte conceptual y de la búsqueda de nuevas criterios estéticos que se adapten a estos tiempos modernos.

En la Escuela de Bellas Artes de Valledupar, y bajo la iniciativa del grupo de artistas Dibujo Valledupar, tuvimos un perfecto ejemplo de lo que el Body Paint representa tanto para el artista, como para el objeto de la obra y el espectador.

El Body Paint es un “juego de creación” entre dos o más personas que requiere, por encima de todo, la aceptación y el atrevimiento de la persona que será el objeto de la pintura. Exponerse es el primer paso para que la obra se dé y, en la Escuela de Bellas Artes, cuatro personas (tres mujeres y un hombre) accedieron a ello.

Cada una de ellas entró en un orden cronológico a la sala, dando así espacio y tiempo al artista para elaborar su obra. Luego, vimos cómo el bosquejo y la pintura creada por la mano de un hábil artista iban variando en función de los colores seleccionados, la pose, la actitud y morfología del cuerpo receptor.

La actividad en sí fue un bello espectáculo que nos invita reflexionar sobre la relación que se instaura entre creador y el receptor de la obra. Pero también sobre cómo hacer que esa obra perdure en el tiempo y el pensamiento. ¿Acaso la fotografía y el dibujo son la única forma de rescatar ese instante?

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