Jueves, 20 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Alejandro Katz / Foto: Pablo Castillo MartínezConsiderado como un editor capaz de llevar a la imprenta libros de excelente factura, con un enfoque novedoso e información rigurosa, la presencia del emblemático editor argentino Alejandro Katz, en el pasado Encuentro de Talento Editorial, celebrado en el marco del Hay Festival de Cartagena, resultó sin duda una de las intervenciones más esclarecedoras y lúcidas sobre las múltiples discusiones puestas sobre la mesa en torno a las circunstancias actuales e inmediato futuro que le espera a la industria.

''La no ficción y el libro de encargo tienen un espacio muy importante y el compromiso de cualquier editor debe ser el de prever y planear nuevos títulos. Eso es lo que ha hecho Katz durante años'', manifestó con anterioridad al trascendental encuentro el director de la Editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, Nicolás Morales, cuyos elogios han sido compartidos por varios de los más representativos miembros de la edición especializada en libros académicos y de ensayo presentes en el evento.

¿Qué tan fácil o difícil resulta editar libros de no ficción en un mundo en el que todavía se viven algunas consecuencias derivadas de la crisis económica mundial?

La crisis nos afectó por varias razones, una de ellas es que mercados de vital importancia como el español se deterioró de manera notoria, y los libros que nosotros editamos tienen un público muy reducido y exigente; de manera que perder algunos de los lectores de ese entorno ha hecho más difícil nuestra tarea en años recientes.

Sin embargo, la crisis también puso de manifiesto una serie de problemáticas de carácter mucho más profundo a las de orden estrictamente financiero, relacionadas con las cadenas comerciales, los proveedores industriales o los consumidores de libros, en las que nos quedó muy claro el hecho de que el libro hace tiempo dejó de estar entre las prioridades del público.

¿A qué cree usted que obedece esta situación tan dramática para la cultura de occidente?

Este hecho revela un cambio de tendencia en relación con el libro, vinculada a los nuevos soportes digitales de circulación de la información, las maneras de ocupar del tiempo libre o los recursos económicos con que cuentan las familias en la actualidad.

¿Cómo se verá afectada la industria en este nuevo entorno?

El mercado del libro no va a deteriorarse a nivel macro, pero sin embargo planteará un panorama mucho más difícil para las ediciones de calidad.

¿Qué opinión le merecen las estrategias de mercado como la de sumar esfuerzos entre las pequeñas librerías y editoriales para reducir costos en la cadena de distribución?

La rentabilidad sistémica del sector editorial y del sector librero es tan baja que cualquier medida cooperativa o de carácter individual que se tome para fortalecer la rentabilidad y la continuidad de estas empresas es evidentemente necesaria.

Allí donde ha habido acciones cooperativas el sector se ha fortalecido, para permitirse ocupar una posición capaz de ofrecer mejores libros e incidir en la vida cultural con una mayor diversidad de contenidos, además de propiciar la difusión de una mayor diversidad de autores.

¿Cuál es el valor y la importancia de encuentros como el realizado en Cartagena gracias al apoyo del Ministerio de Cultura?

Este tipo de espacios resultan esenciales para que todos los pequeños editores tomemos atenta nota y podamos alertarnos a tiempo sobre las diferentes dificultades que enfrenta la industria, así como de sus posibles respuestas y soluciones bien sea en forma individual o colectiva.

Mantener y estrechar este tipo de vínculos resulta fundamental desde el punto de vista de nuestras propias sociedades, junto con la importancia de asumir un compromiso no solo por parte de los editores, sino también de las diferentes autoridades, medios de comunicación y la sociedad civil, con el fin de defender una edición de calidad en nuestros países.

¿Están preparadas las pequeñas editoriales para afrontar el reto que plantean las nuevas tecnologías?

Hay distintas conductas dependiendo de los diferentes jugadores, y las pequeñas editoriales pueden ser más flexibles y dinámicas, además de contar con una mayor capacidad de respuesta hacia situaciones imprevistas.

No obstante, se trata también de empresas en condiciones de fragilidad mucho mayor y que por supuesto tienen menos capacidad financiera, tecnológica y de recursos humanos como para hacer frente a un desafío de características tan complejas como el que plantean las nuevas tendencias.

¿Qué papel juega el estado en este tipo de escenario?

Existe una responsabilidad del sector público para contribuir a que las pequeñas editoriales puedan estar presentes en las plataformas digitales, con los mismos contenidos de calidad que han caracterizado su tarea, así como la de contribuir a crear una comunidad de lectores ilustrados, a través de una intervención de carácter más decidido en la calidad de la educación y su universalización. Lo esencial es tener comunidades lectoras.

Sin embargo, muchas veces el pequeño editor continua empeñado en perpetuar esa relación física con el libro, y a la par de ser muy enfático sobre la importancia del contenido, también lo es respecto a la calidad de la manufactura y del proceso editorial; factores que pueden ser una barrera a la hora de decidir sobre la necesidad de incursionar en el mundo digital.

¿Se puede hablar de un exceso de romanticismo?

Creo que si bien eso que llamamos romanticismo tiene un lado muy virtuoso, que es el respeto por la palabra escrita, así como por la puesta en valor del soporte en el que se comunica, así como el lector y la importancia de ofrecerle un producto de calidad, eso que llamamos romanticismo del editor también denuncia un tipo de conducta que es poco profesional.

¿Considera que pese a ese romanticismo que usted describe, pareciera existir un desconocimiento cada vez más generalizado sobre el papel del editor y el legado que encarna?

Aunque en este caso también se registran muchas situaciones diferentes, quienes no conocen verdaderamente esa tradición y las dificultades asociadas a esas prácticas y saberes tendrán problemas para desarrollar sus propias empresas editoriales; claro, también están aquellos editores románticos quienes, sin embargo, mantienen la capacidad de ser pragmáticos y tomar buenas decisiones empresariales.

Algunos especialistas hablan de un Boom de las pequeñas editoriales. ¿Estaría de acuerdo con esta definición?

Esta es una época en la que tanto en México, como en España, o Colombia, o Argentina han florecido pequeños emprendimientos editoriales, que en alguna medida ha sido posible gracias a un acceso mucho más amplio a información, contenidos y conocimiento en general que las tecnologías digitales han puesto a disposición de  los editores más jóvenes. El surgimiento de estas nuevas empresas está también propiciado en el hecho de que durante las dos décadas anteriores hubo un proceso de, no digamos de concentración, pero sí de un desarrollo importante de las grandes corporaciones transnacionales que en su propia dinámica corporativa van dejando mucha tarea sin hacer.

¿Cuál es su opinión respecto al supuesto enfrentamiento entre la pequeña editorial y esas grandes transnacionales?

Creo que hay al menos dos dimensiones de esta problemática: una que está vinculada a aspectos puramente económicos relacionados con una competencia de carácter asimétrico que les permite hacer presión sobre los puntos de venta para posicionar sus contenidos con mayor eficiencia. Así como también hay otro factor asociado a un análisis estricto de los contenidos editoriales, en el que debería primar la calidad sobre la estructura de capital que los produce.

¿Qué tan bien libradas salen las pequeñas editoriales al hacer este tipo de balance?

Hay algunas pequeñas editoriales independientes que sin embargo hacen un trabajo que no es en absoluto encomiable; si bien hay que entender la dimensión política y económica de estas asimetrías, también hay que estar muy atento a un juicio vinculado a la calidad del proyecto editorial, que no necesariamente está directamente relacionado con el tamaño de la empresa que decida adelantarlo.

¿Cuáles serían los principales factores para considerar que un proyecto editorial es serio?

La seriedad y el valor son apreciaciones de carácter subjetivo cuyos parámetros merecen ser exhibidos para luego poder ser utilizados, y en ese sentido creo que es erróneo pensar que la calidad pueda asociarse a nuestro gusto particular, en la medida que no es un buen criterio para compartir juicios de carácter crítico y hacer que las cosas sean mejores en uno u otro sentido.

Desde el punto de vista de la editorial, un proyecto serio es aquél que garantiza la capacidad de dar continuidad al proyecto que la empresa se propone, sea cual sea: hay proyectos comerciales de altísima calidad y otros que pese a proclamarse como culturales son de una calidad editorial muy pobre.

No todo el que edita autores de prestigio literario es un buen editor, en la medida que, o no tienen un catálogo coherente, o no hacen una distribución eficiente,  o no tienen una promoción adecuada.

¿Cómo es el proceso de selección que hace usted como editor?

A pesar de que me resulta trabajoso explicar algo así, le puedo decir que nosotros no trabajamos sobre comités de lectura, ni lectores externos especializados en distintas áreas del conocimiento cuyo puntos de vista adoptemos, porque las decisiones editoriales se toman de manera interna.

En cada caso entran en juego elementos objetivos y conscientes que tienen que ver por ejemplo con el cálculo de costos en producción y la estimación de un mercado posible, así como aspectos tales como la forma en que un título conversa con otros de nuestro catálogo: las voces de nuestros autores y los temas que nos preocupan.

¿Cuál es la importancia del catálogo para una editorial?

Para nosotros la idea del catálogo como un espacio de conversación es parte fundamental del proyecto editorial, y esto quiere decir la edición de autores con puntos de vista fundamentalmente opuestos o que incluso se invalidan unos a otros de manera explícita.

Tenemos esa idea de complementariedad pero también de disonancia y discrepancia, pero también la de unir tradiciones intelectuales y académicas diferentes, disciplinas distintas. Idea que es el subtexto de nuestras decisiones, y sobre la que cada uno de nuestros libros tiene una cantidad de componentes tan difícil de precisar, que a veces incluso parecerían hacer parte del terreno de la intuición.

¿Asumen riesgos de carácter controlado, por llamarlo de alguna manera?

Tratamos de controlar el riesgo, pero en general nos sale mal (risas). Aunque la verdad eso no es muy cierto porque si no ya no estaríamos activos. Aunque somos muy conservadores, en el sentido de pensar que las cosas podrían ir peor de lo que creemos que pudieran ir, también somos razonablemente innovadores en la medida en que editamos muchos libros de los que no tenemos certeza sobre el público que los pueda acoger.

Proponer a los lectores aquellos libros que ellos no saben que necesitan y van a descubrir como una nueva necesidad después de encontrar nuestros libros, es la mejor apuesta que podemos hacer intelectualmente. Ese es nuestro principal riesgo a una escala empresarial.

¿Qué lo llevó a tomar la determinación de hacerse editor?

La vocación nace como el amor en la pareja: hay un primer momento de atracción que luego se va construyendo en la convivencia cotidiana; así es que no llegué a este oficio con una idea infantil de convertirme en editor, como quien sueña con volverse algún día médico, abogado, futbolista o aviador.

Llegué al mundo del libro y de las letras desde mi juventud e incluso diría que desde mi niñez, porque ese fue mi mundo, no necesariamente ligado a ese otro mundo de las letras y la edición que descubrí en la universidad en el que he logrado sentirme muy cómodo, porque me permite desplegar mi voluntad de intervenir social, política e intelectualmente con mi propio quehacer intelectual; de tal manera que he logrado articular momentos de silencio con la vida pública de deliberación y debate.

¿Cómo es la dinámica de su oficio y la interrelación con los autores?

La relación del editor con el autor ha sido un tema literario desde hace mucho tiempo, con algunos momentos clásicos a lo largo de varios siglos. Creo que es algo que no puede ser tipificado en general, porque cada editor tiene un tipo de relación con cada uno de sus autores en particular. Lo que hay del otro lado del escritorio es una persona y un contrato mediado por una relación que a veces es distante y otras es el comienzo de amistades muy estrechas que pueden perdurar durante años.

 

Juan Carlos Millán Guzmán

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