Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Conrado Zuluaga / Foto: Alicia Jiménez Mantilla El editor Conrado Zuluaga recuerda el momento en que se volvió un experto en la obra de Gabriel García Márquez. En esta entrevista –que también constituye un regalo de cumpleaños al Nobel–, el experto revela aspectos importantes de la vida de Gabo.

Muchos años atrás, en una de las ocasiones en que el Premio Nobel de Literatura decidió viajar a Cartagena, una de las personas que solía visitarlo con frecuencia le comentó sobre un curso que, por aquél entonces dictaba Conrado Zuluaga, quien ya era considerado una autoridad en la obra de Gabo.

“Yo a ese señor le tengo mucho miedo –manifestó Gabo medio en tono de querer mamarle gallo a su interlocutor de turno–, porque ese señor sabe más de mí que yo mismo”.

Zuluaga cursaba sus últimos semestres de Literatura cuando se enteró de que García Márquez había sido periodista, y decidió adelantar su proyecto de investigación sobre el tema; de tal suerte que tras múltiples peripecias se apareció un buen día en la sedes de El Universal, de Cartagena y  El Heraldo, de Barranquilla, sin mayor suerte.

“A mi regreso a Bogotá, Ramón de Zubiría –decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de los Andes-, me entregó una carta dirigida a Paola Emiliani –secretaria de Juan B, Fernández- y terminé devolviéndome a Barranquilla. Me sentaron en una mesa enorme con los tomos empastados de El Heraldo, y en frente de mí, estaba una señora que no parpadeaba para verificar que no sacara una cuchilla, y la verdad es que, aunque encontré varios muecos, decidí sacar fotocopias de todos esos ejemplares en los que se encontraba gran parte de la obra periodística de Gabriel García Márquez.”, rememora Conrado, sin el menor asomo de vanidad.

“Comencé a publicar todo eso en una revistica de la Universidad que se llamaba ‘Cuadernos de Filosofía y Letras’. ¡Ahí comenzó todo!”, sostiene Conrado, sin el menor asomo de vanidad. Vino luego el primer curso sobre García Márquez, que de acuerdo con el ahora curtido profesor, era una cosa más bien absurda porque en la Universidad de los Andes de esa época el programa de la Facultad de Humanidades tenía unas connotaciones de una rigidez excesiva, que el futuro experto sorteó cañando a cuanto colega pudo sobre el hecho más bien incierto respecto a sus amplios conocimientos sobre la vida, obra y milagros de un escritor conocido en el panorama literario nacional e internacional como Gabriel García Márquez, autor de Cien años de soledadEl otoño del patriarca.

Como si se tratara de una nueva invención del futuro Nobel, amigos ‘de toda la vida’ comenzaron a llamar a Conrado Zuluagapara que ofreciera su análisis sobre tal o cual cosa relativa a la obra de Gabriel García Márquez. Se forjaba un mito y una leyenda que como muchas otras cosas en estas tierras macondianas hicieron que la ficción terminara substituyendo a la realidad.

Como es apenas natural en este país que sobrevive de milagro, la siguiente entrevista es apenas un nuevo apéndice de esa historia, a la que Conrado llegó por azar aunque con el comprensible temor de terminar siendo confundido con la figura del lagarto de profesión, que suele darse silvestre por estas y otras tierras en las que las estirpes condenadas a vivir cien años de soledad continúan dando la pelea por alcanzar una segunda oportunidad sobre la tierra.

“¿Qué es lo que hace tan especial a García Márquez?”, pregunta acto seguido la periodista, en medio de una lucha constante y desigual con una canción de reggaetón que por momentos ocupa todo el espacio sonoro, al tiempo que recorre con Zuluagalas las calles de Aracataca, como parte de una actividad, que en tributo de uno de sus hijos más ilustres, se lleva a cabo en la cuna del realismo mágico gracias al apoyo del Ministerio de Cultura. “Quiero invitar a toda la gente para que venga a llevarse loj grandej dejcuentoj”-, vocifera entre tanto un vendedor de un almacén que se auto-promociona como “El gran bodegazo”.

“La literatura después de Cervantes se volvió árida, seca, pacata”, sentencia el curtido hombre de letras. “El Quijote es una diatriba feroz contra las novelas de caballerías, y en las novelas de caballerías ocurren millones de cosas fantásticas. No obstante, en el quijote hay algo más: sueños, pesadillas, aspiraciones, secretos, augurios, que los escritores que vinieron luego decidieron borrar, haciendo de la literatura una cosa pedestre y aburrida”, destaca Conrado, para concluir de manera enfática y quizá vehemente que “al menos en lo que a la literatura española se refiere, García Márquez le devolvió ese encanto en que los sueños pueden hacerse realidad”.

“Y la literatura vuelve a adquirir ese carácter mágico y poético”, interpela la periodista.

“Exacto, porque ya no solo se trata de narrar aquello que nos pasa y es comprobable físicamente. De manera que buena parte de esa fascinación está ahí”, explica Conrado, para redondear su respuesta en el hecho cierto y comprobable de que una señora por allá en Polonia interprete a Cien Años de Soledad como la historia de su propia familia.

“Gabriel García Márquez es un escritor por una razón muy simple que uno a veces pasa por alto: en el discurso de aceptación del Premio Nobel, William Faulkner aconsejó a los jóvenes escritores no escribir sobre las glándulas sino de las verdades del corazón. Y García Márquez hizo exactamente eso, de manera que un lector de Tokio, un judío o un árabe, puede que se pierdan el olor a banano podrido y no entiendan la dimensión de la tragedia ocurrida en las plantaciones bananeras, pero las cosas que él escribe sobre los sentimientos y la gente –lo que piensan, siente y a lo que aspiran- es algo que es común a todo el mundo porque todos soñamos y tenemos nuestros propios fantasmas”-, sostiene el profesor.

“El tipo –García Márquez- cuenta cosas; enseña sin dar sermones (que es lo aburrido de Saramago, por ejemplo), y hace pirotecnia con el lenguaje”-, sostiene Conrado, con un desenfado irresistible, mientras al fondo comienzan a oírse los acordes de un vallenato al que acompaña la eterna queja del acordeón.

“¿Y ahora?”, interpela la periodista, cuya pregunta interrumpe el rugido de una motocicleta.

“Hay varias cosas (…) García Márquez, por ejemplo, rescata un montón de hechos. Independientemente de si la realidad literaria se ajusta a esa realidad histórica. Eso no importa, aunque el gobierno de turno insistió en que los muertos de las bananeras fueron ocho, aunque existe una carta del embajador de los Estados Unidos en Colombia dirigida al Departamento de Estado en la que afirma que ese número supera el de las 1.000 personas. No son los 3.000 de Cien Años, pero no importa”, sostiene Conrado, para luego hacer alusión a Salman Rushdie, quien acaba de publicar unas memorias –Joseph Anton- como homenaje  a los escritores Joseph Conrad y Anton Chejov.

“Luego de tener una gran disputa con el Ministro de Cultura de la India tras publicar Los versos satánicos, le respondió que él no tenía idea de la enseñanza que les había dejado García Márquez: usted, señor Ministro, pasa, pero la memoria y el arte perduran”, destaca el editor para subrayar como hasta el hecho más nimio, como lo es el asesinato de un amigo que relata en Crónica de una muerte anunciada, se transforma en un gran hecho vuelto novela de esa violencia que acompaña a todo colombiano a todas partes, producto del machismo, las relaciones feudales y la falta de oportunidades de la gente”, sostieneConrado.

 

Por Alicia Jiménez Mantilla y Juan Carlos Millán Guzmán


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