Sábado, 19 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Familiares tejiendo mochilas en Atánquez (Valledupar, Colombia) / Foto: Artesanías Colombia

 

En Atánquez, una reserva indígena al sureste de la Sierra Nevada colombiana, los Kankuamos se la pasan tejiendo mochilas. Es su modo de subsistencia: hilar, tejer y venderlas y parte de su modo de pensamiento y emblema como comunidad ancestral se refleja en las mochilas.

También por razones políticas tejen, porque en la época en que estuvieron confinados en su territorio por conflictos armados, los hombres se pusieron a tejer esas figuras geométricas que expresan su visión del mundo en relación con la naturaleza. Mujeres, niños y hombres pasan sus días haciendo mochilas: cargueras, terceras (medianas), semiterceras (pequeñas), grandes, bolsos; las elaboran en fique, su material primordial, en lana industrial y de ovejo.

Doña Juana Mercedes Arias, una líder Kankuama de 60 años, dice que “sin la mochila no podría vivir”. Ella se acomoda en su pequeña casa y, mientras teje, cuenta la historia de la tradicional mochila; a su lado, su nieta de 12 igual teje, ha recibido el saber de las manos de doña Mercedes (aunque su hijo menor, de 24 años, al preguntársele si es kankuamo responde: “no señor, yo soy civilizado”).

La Sierra Nevada es un lugar único en el mundo. Tiene un litoral con montañas alguna vez heladas y allí habitan cuatro comunidades originarias: Kogui, Wiwa, Arhuacos y Kankuamos. A través de sus 17 mil kilómetros cuadrados, abundan el agua y la biodiversidad. Cada comunidad carga en la mochila sus objetos, en especial el Poporo, que los pueblos precolombinos usaban en rituales con la hoja de coca y es símbolo de su cultura. Como tejer, poporear es desarrollar el pensamiento. Hacer una conexión espiritual con su tierra y tradiciones.

Luego, esa tradición se comercializa porque es llamativa y deja algo de la visión indígena en quien la porta: “Los Kogui no las vendemos porque representa nuestra familia”, dice Simón Lisímaco, uno de sus líderes.

Al igual que los picos de la Sierra que se han descongelado, los Kankuamos viven un deterioro de su cultura; la mochila ha sido sinónimo de estigma. Se calcula que 262 Kankuamos fueron asesinados en dos décadas, pero han logrado sobrevivir al exterminio de los paramilitares que reinaban en Valledupar –además del ocultamiento de su identidad como secuela de una colonización que casi los convierte en cultura de museo–.

Las mujeres como Doña Mercedes al tejer protegen la identidad. Pero en Atánquez se vive una tensa calma: “Este es un pueblo dividido”, dice don Crispín Torres.

Por las empedradas calles de esta reserva, en las casas la mochila ocupa un espacio. Se ve la lana de ovejo colgada en los antejardines, las mujeres hilan con sus carreteles, la gente se sienta a tejer debajo de un árbol que brinde sombra; algún miembro de las cientos de familias participan del sustento económico. La mochila los reúne y les brinda lazos de solidaridad, mientras en cada mochila se va el pensamiento kankuamo para algún turista o comprador.

“Yo hilo para ella y luego ella hila para mí”, nos ayudamos, dice Magnolia Corzo, otra tejedora. Las mochilas se van a destinos tan variados como el exterior, la gente del interior del país las usa mucho, igual se ofrecen en algún sitio de las ciudades de la costa Atlántica.

Magnolia Corzo tiene 32 años, toda la vida ha tejido: “por lo menos acá es un modo de vida”. Ella coge la bellota (el fajo de lana), “luego la lavo y la pongo a secar, la junto y se trenza en la carruncha”, dice. Vende sus mochilas en Barranquilla y Santa Marta. Mientras hila cuenta que se demora una semana haciendo una mochila. “Debo trabajar en la mañana y en la tarde un rato, porque hago los oficios de la casa”; se juntan cinco personas a tejer y conversar.

Atánquez queda a una hora en carro de Valledupar, reconocida como la cuna del vallenato. La ciudad es un extenso valle y en los cerros habitan campesinos y pueblos originarios, “así como sacaron a los antiguos grupos indígenas de Valledupar, a nosotros están que nos sacan”, narra don Benito Antonio Villazón, un músico tradicional.

A Valledupar la rodean esbeltas montañas de la Sierra Nevada. “Aún me parece ver el hielo que las cubría hace unos 15 años”, comenta Daniel con nostalgia por el paisaje que veía desde el barrio La Ribería, donde vive. Su familia es numerosa y varios de ellos tejen. Más de cinco mil personas viven en la tierra que pudieron recuperar a manos de los colonos y el avance de los Koguis y Arhuacos, que bajaron de la Sierra por más. “Ya con ellos el conflicto cesó y ahora es por obtener más tierras del Estado”, sostiene Daniel.

Sus calles empinadas muestran que tuvieron que retroceder y refugiarse en lugares apartados. Se conoce a Atánquez como la capital de los Kankuamos y de los indígenas de la Sierra. Hay un flujo de comercio, y con su plaza y movimiento se parece a un municipio. Fueron reconocidos como reserva en el año 2003, “gracias a la organización y la reconstrucción de nuestro pueblo”, cuenta don Antonio. Emprendieron una lucha desde la década de los 80 por reconstruirse, por haber perdido su lengua kankuama kankui, el vestido y muchos de sus rituales y “al ver que nos estábamos quedando sin territorio por el avance de los colonos y la religión”, dice, decidieron defender lo que les quedaba.

Violencia paramilitar

Incluso el tejer fue motivo de señalamiento en los 70 y 80, pero lograron detener esa pérdida de identidad. Justo cuando logran fortalecerse y hacer su Primer Congreso en 1993, tres años después los comienza a azotar el paramilitarismo. “Aún tenemos miedo y no queremos recordar lo que nos pasó”, comenta doña Mercedes y saca el fique que más tarde debe hilar con su nieta.

Doña Mercedes extiende el esbelto colorido fique. Dice con mucha seguridad y convicción que son 15 los pasos para hacer una mochila: “Empezamos con el corte del maguey hasta unir las partes de la mochila”. Doña Mercedes recuerda que su mamá sostuvo a sus 8 hermanos tejiendo mochilas de fique. “Esto fue lo que nos dejaron los abuelos y por eso tejo”. A 10 pesos recuerda que las vendía su mamá; su padre murió y con esa plata les alcanzaba para comer, estudiaron y sobrevivieron; ahora ella le deja su legado a los hijos y nieta. Aunque el menor siente cierta pena por lo que hace la mamá, pero no deja de ayudarla. “Ya que por ahora no está haciendo nada”, dice doña Meche, como le dicen de cariño en la comunidad. “Yo no dormía en la época de la violencia y tejer me relajaba”. La violencia se dio como resultado de la presencia de la guerrilla y es algo que jamás quieren volver a vivir.

En una casa familiar pueden ser 10 o 12, como en la de Teolinda Villazón, mamá de Daniel, que también teje. Y aunque como está cerca de cumplir 80 años los ojos le fallan, enhebra la aguja con facilidad y teje los diseños de memoria.

“Yo me hacía una diaria, ahora me duele la espalda”, dice doña Mercedes, que ahora teje dos por semana, “para los encargos y tener en el puesto de ventas”. El puesto es una caseta en el propio Atánquez donde llegan comerciantes a encargarle. “Ahora mismo estoy reuniendo con otras amigas de la Asociación unas 30 de lana que nos encargaron”. Sale a buscarlas con la promesa de regresar.

Tensiones

Alguien dice: “no coma cuento, acá tejemos por necesidad, nada de cultura”. En Atánquez no todos están de acuerdo con ser indígenas, muchos se sienten “civilizados” y les molesta retornar a sus rituales originarios. Los disidentes han creado una organización llamada Atánquez libre, aunque ellos también tejen y viven del dinero de los hermosos y finos bolsos de colgar.

Las tensiones que se viven por los lugareños que no quieren más poder del cabildo (autoridad en las reservas) genera disputas. La autoridad indígena intenta recuperar su legado y para lograrlo ha ideado proyectos: como tener educación propia –el Modelo Educativo Kankuamo (MEK) fue consensuado en las asambleas–; contar con sitios donde el fuego no se apaga y se va a reflexionar (llamados Konkuruas); organizar una serie de grupos y permitir que lo que está oculto, resurja.

“La gente piensa que impedimos la libertad de culto y no es así”, relata Daniel. Algo dominante en la zona son las iglesias cristianas, casi en cada barrio hay una. La Organización Indígena Kankuama (OIK) pretende recuperar muchas tradiciones y a la gente le incomoda, creen que pueden perder lo civilizado.Atánquez es una zona de conflicto; la guerrilla incubó allí su dominio “por la poca presencia del estado”, afirma Daniel. Y por ello fueron señalados de ser cómplices, al ser objeto de las presunciones guerrilleras, vinieron entonces las muertes y se refugiaron en sus tejidos.

“De ahí nació que varios hombres tejieran”, cuentan las mujeres. El temor de salir hizo que adquirieran una práctica que era femenina. Si bajaban a Valledupar, en los retenes montados por los paras eran asediados y asesinados: “mataban de a tres o cuatro todos los días”, para impedir que se contaran como masacre, confirma Daniel. Los días del terror eran los martes y sábados, dice doña Mercedes y no para de tejer.

Arriba del pueblo por las otras comunidades, varios tienen tierras donde cultivan. Los Kankuamos son 13 comunidades, un promedio de 18 mil integrantes del pueblo. De los cinco mil que hay en Atánquez, más de la mitad reciben ingresos por las mochilas. “Ahora la crisis del café y del agro nos han hecho tejer más porque los precios tan bajos y los pocos incentivos nos tienen quebrados”, dice don Crispín Torres, el cabildo menor y autoridad en la población: “el cabildo mayor lo componen la unión de los trece cabildos menores”, dice, con el liderazgo del Gobernador, Jaime Arias, quien lleva 17 años de ser su representante. En las 13 comunidades también se teje, pero el centro está en Atánquez, tanto así que se reconoce como la mochila atanquera.

Aunque no hay datos exactos de lo que dejan. Nadie lleva cuentas, ni siquiera doña Mercedes, que teje desde los cinco años. El esposo de doña Mercedes tiene 65 años y teje en el patio de la casa. Debajo de un árbol de mangos coge su aguja, enhebra y se dispone a crear una mochila en lana de ovejo. La lana es traída de La Guajira o de Bogotá; en Atánquez no tienen animales: hay poco espacio para criarlos. Entonces compran el esquilado (corte del ovejo) y realizan el proceso, la ponen a secar extendida y después hilan: ocupan una calle, una mujer de un lado a otro, la una con carrumba y la otra juntando la fibra para que quede apta para tejer.

Muchas tejen y no saben el precio de sus mochilas. “Nos hacen encargos de todas partes”, dice doña Mercedes, que junto con el cabildo y unas 200 mujeres más crearon una Asociación de artesanas en 2006, llamada Asoarka, reciben unos beneficios como convenios con empresas y la estandarización de los precios: “sobre todo nos sentimos más unidas y cercanas”, dice y no deja de tejer. No logró reunir todas las mochilas encargadas pero más tarde irá donde sus vecinas a ver quién tiene para juntar el pedido. “En Atánquez no competimos, cada uno tiene sus compradores”, dice doña Mercedes.

“La mochila manda la parada porque es el sostenimiento general de todo el año”, dice don Crispín. No hay que esperar épocas, ni estar pendiente de lo que pase con los precios como en el sector agrícola. “Las mujeres que tejen incluso mantienen a sus familias. Yo tengo una finca pero como me quita plata, me da pena y puede ser de mal gusto, pero mi mujer tejiendo me sostiene”, confiesa ensimismado don Crispín.

Una mochila se compone de tres partes. Un chipire (la parte de abajo) que es por donde empiezan, la base donde se teje el pensamiento. Los diseños son múltiples y los colores también. Homenajean a las montañas nevadas, los animales como la lagartija, el caracol, las culebras, al sol y a los árboles, a las cuatro esquinas del mundo (las etnias de la Sierra), y uno muy importante es la espiral, que es la forma de ver la vida.

En Atánquez, una reserva en propiedad colectiva y bajo las ventajas constitucionales de respeto a las autoridades indígenas, hay una gran estación de Policía y el ejército tiene el batallón de infantería instalado en la zona. “Alguna gente se siente segura con ellos, pero no deberían estar”, dice Daniel. Ser indígena cuenta con ventajas, como no prestar el servicio militar y algunas prebendas estatales como los cupos para los jóvenes en las universidades. Lina Martínez, de 23 años, que se sostiene del tejido de mochilas en la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá, es un ejemplo. “Mi familia hace y me las manda y yo se las vendo por encargo a mis compañeros”, cuenta. Con la plata que hace ha podido mantener el ritmo de la universidad y ya va en tercer semestre de Sociología. Ella es de Chemesquemena, una comunidad a una hora de Atánquez, más cerca de las montañas. Allí unos 20 jóvenes pagan sus estudios a través del tejido. 98 casas componen la comunidad, con cerca de 700 personas dice el cabildante menor Laureano Torres. “Acá tenemos 12 semaneros”, precisa, una especie de guardia indígena. A diferencia de Atánquez en este lugar se conservan más las tradiciones. Igual el ejército tiene una base.

“A los kankuamos nos distinguen por la mochila de fique y los sombreros blancos de cabuya”, afirma Mercedes. Ella no habla la lengua kankuama: “ojalá los abuelos y padres nos la hubieran dejado, para conectarme más con lo que soy”. Dice Daniel que la llamada “vergüenza indígena”, promovida por los católicos, hizo que no la hablaran, así como abandonaran sus rituales y vestimenta.

Como ella, muchas mujeres le deben todo a las mochilas, su casa, el haber criado a sus hijos y sobre todo el estar unidos como pueblo. Seguro la pequeña María Victoria Alzate, la nieta de doña Mercedes de 12 años, seguirá tejiendo en el pueblo Kankuamo reorganizándose para esperar que lo oculto resurja. Tejer es pasar la vida y así las cientos de familias en Atánquez sobreviven.

 

John Harold Giraldo Herrera

Periodista y docente universitario

 

 

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