Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Río Guatapuri Tras el caso de Casanare, una sequía atroz que asola una región de más de 44.000 km2 y la muerte de más de 20000 animales, no es un despropósito hablar de catástrofes naturales en Colombia, y menos en un contexto en el que las autoridades ambientales parecen responder con una connotada lentitud o pasividad.

Los efectos de la explotación minera y petrolera, combinados con el fenómeno del niño, las inclemencias del calentamiento global, así como la irreparable codicia humana y ese triste sentimiento de que los recursos del planeta son inagotables, nos hacen presentir más calamidades ambientales y pérdidas enormes en el patrimonio natural.

En los últimos 10 años, Colombia ha dejado de ser esa prestigiosa nación que destacaba por su biodiversidad. Su posición se ha descalabrado debido a un laxismo en las políticas ambientales y al mismo tiempo un recrudecimiento en la explotación de recursos a gran escala.

Estas últimas afirmaciones se fundan en el estudio divulgado por la revista Semana durante el mes de marzo y en el que se presenta a Colombia como el segundo país (detrás de la India) con el mayor número de conflictos ambientales en todo el planeta.

En este orden de ideas, no podemos evitar de pensar en el Cesar y la Costa Caribe, expuestos a la explotación intensiva de sus recursos y la más sorpresiva indolencia de sus autoridades. ¿Han pensado, estimados lectores, qué pasaría si desapareciera el río Guatapurí? ¿Y si ese agujero negro que crece cada día terminara definitivamente con los bosques secos y una gran parte de la fauna de esta región?

La primera pregunta no es exagerada ni tampoco imposible. Ya hemos visto que la caída espectacular del nivel de agua del río que representa a Valledupar no sólo obedece a un verano desazonador sino también a una proliferación letal e incontrolada de acequias, conjugada con una falta de sensibilidad y de apoderamiento por parte de la ciudadanía.

Sabemos que el hombre es un animal de costumbres, que termina aceptándolo todo, incluso las peores tragedias, pero no podemos transigir la pérdida de un elemento milenario como el río, lamentarnos por nuestra inacción, y menos cuando éste se vincula con costumbres y recuerdos gloriosos de la cultura departamental.

Ante esta situación, es necesario apelar a los más desinteresados sentimientos y expresar colectivamente el amor a este recurso hídrico de primera importancia.

Los padres en sus paseos matutinos o de fin de semana tienen una tarea educativa de grandísima relevancia. Sobre ellos recae la responsabilidad de despertar en sus hijos el respeto por ese grandioso elemento.

De la misma forma, la acción de los colectivos y vigías que promueven la defensa del río, junto con el esfuerzo de los medios de comunicación y la comunidad en general, debemos exigir una respuesta clara para la preservación del río.

El instante lo exige. Pero sobre todo, vale más un gesto que mil palabras.

 

PanoramaCultural.com.co


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