Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Se me dio por mirar el celular, tenía un mensaje en facebook, revisé y me quedé por ahí derecho viendo las actualizaciones, el eterno oficio de quien abre esa franja azul. A “vuelo de pájaro” ojeaba títulos en ese mar de publicaciones. De repente me tropecé con el rostro de Gabo y, sin alcanzar a leer el “1927-2014”, supe que hacía alusión a la noticia de su muerte. Le venía haciendo seguimiento a cada publicación sobre Gabo desde que comenzó el murmullo confuso de su estado de salud, intuía lo peor, y más después de las declaraciones de su hermana: “preparada para aceptar la voluntad de Dios”.

Retomé la fotografía y sí, leí entonces el “1927-2014” y fue inevitable, incluso involuntario, es más, no sé en qué momento pasó pero sentí que el corazón se me vino con todo el impulso y mis ojos no lo contuvieron, terminé refutando al mismo Gabo en su conocida frase: “ninguna persona merece tus lágrimas, y quien las merezca no te hará llorar”… Entonces me identifiqué en aquél pasaje de una canción de Joaquín Sabina: “De las lágrimas para llorar cuando valga la pena”.

Sabemos que la vida no le gana la batalla a la muerte, y aún así, inevitablemente, noticias como éstas logran calar en nuestro interior de tal manera que, dependiendo el caso, nos llevan a estados donde somos vulnerables. Jamás tuve una reacción parecida ante la muerte de una figura pública, ni la del mismo Mandela que tanto me dolió, un grande sin duda.

Respiré profundo y me sequé los ojos, en el fondo me quedaba el consuelo de imaginarlo en su cama, rodeado de sus seres queridos, rebobinando la película de su vida en la que un muchacho bohemio, comunista, soñador y fumador escribía sin cesar, tratando de sacarle el cuerpo a sus estudios de derecho, magnificando lo que veía y perdiéndose en medio de las letras y los poemas propios y ajenos.

Gabo es un icono, desde que tengo uso de razón sé que es grande, nuestro único Nobel. Obviamente, asimilaba “Macondo” y “Cien Años de Soledad” con García Márquez, ¿quién no? De niña me enseñaron, y lo repetí por mucho tiempo, que el género literario de Gabo es realismo mágico, y fui así por el mundo diciendo lo mismo cada que escuchaba sobre la obra del maestro.

De adolescente, cuando leí  “Vivir para Contarla”, se creó un profundo afecto por el maestro que sólo hasta hoy dimensiono. Cuando culminé esa lectura me quedó la sensación de haber explorado intimidades de uno de los más grandes. Jamás había leído a Gabo, lo confieso, es más, no recuerdo haber tenido un libro de él en mis manos antes de eso, pero a partir de entonces comencé a devorar cuanta obra de Gabo se me cruzaba, la semilla había germinado.

“Crónica de una muerte anunciada”, mi obra preferida, después de “Cien años de soledad” que está fuera de concurso (está por encima del bien y el mal), fue para mí la revelación de que no estaba leyendo entonces realismo mágico, no sólo porque la historia era real, sino porque la sensación que quedaba era la de: “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Pasé por “Noticia de un secuestro” con la sensación de angustia que genera cada renglón narrado por Maruja Pachón sobre el calvario propio y de “Pachito” Santos, Diana Turbay, Marina Montoya y otros tantos a manos del narcotráfico. La fiel y cruda realidad de finales de los ochenta y comienzos de los noventa en Colombia.

De “La Hojarasca” y “Los Funerales de la Mamá Grande” me daba la impresión de estar leyendo lo mismo, por la meticulosidad con la que relataba el ambiente en el que se desarrollaban las obras que uno llegaba a sentir el calor del típico sol de medio día de cualquier pueblo “costero”. “Del amor y otros demonios” uno termina por creer que a los muertos les crece y les crece el cabello de manera indiscriminada y sin razón alguna, hasta que cualquier día el profesor de medicina legal voltea toda espectacularidad y lo hace aterrizar. De la impecable historia de “Relato de un Náufrago” recuerdo esa tarde que encontré entre la biblioteca de una prima ese pequeño libro y lo devoré en cuestión de unas horas.

“El Coronel no tiene quien le escriba”, por su parte, es de esos libros que detesté de principio a fin pero me obligué a terminar de leer, pues, si iba a decir que no me gustó por lo menos debía tener la decencia de leerlo todo para poder despotricar. Sin embargo, en medio del no sé qué que no me dejó atravesar la magia y el encanto por ese libro, se destaca esa vida de viejo terco y empecinado que, alejándose ya de la idiosincrasia del Coronel, devela también la realidad de cientos de excombatientes que murieron a la espera de lo prometido, dejando al descubierto la realidad nacional.

En fin, la lista es larguísima, no sólo por las novelas (que no me las he leído todas), sino también por los artículos periodísticos, reflexiones, reportajes… (Que tampoco he escudriñado todos), o la complicación de sus más representativos discursos reunidos en el libro “Yo no vengo a decir un discurso”.

De Cien años de Soledad, “un vallenato de 350 páginas”, que conservo con tal ritual en mi biblioteca que no se lo presto a nadie, ni lo dejo tocar mucho por ser la edición conmemorativa de 2007 de la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española, la cual, un día cualquiera me cansé de buscar porque pensaba hacer un regalo y ya estaba agotada, no tengo sino admiración y la sensación de haber leído un auténtico libro de historia, un estudio serio de la antropología del ser Caribe, con la puesta en escena de nuestras más sutiles creencias y la sobredimensión de las mismas, las cuales sólo podemos comprender quienes nacimos y nos infectamos de esa cultura que la literatura universal ha mal llamado “realismo mágico”, pues, se trata de realismo puro.

El fundador de Macondo se fue, quedó un pueblo sin su representante, pero quedamos sus hijos, los paridos por Macondo, para defender ese legado que perdurará en nuestra memoria literaria y, estoy segura, pasará a ser un clásico a partir de ahora. Queda un vacío y un sentimiento de soledad, pero la satisfacción de 87 años bien vividos y cultivados será el determinante para avanzar.

¿Murió? ¿Cómo podría morir un inmortal?, si “la muerte no llega con la vejez sino con el olvido”, como él mismo escribió en alguna ocasión y que hoy cobra tanta vigencia. Ahora sé que los ojos se aguaron y la nostalgia me abrasó con tanta intensidad por la marca imborrable que ha dejado su obra en mi formación y por materializar, con las letras, esa cultura que llevo en mis entrañas y que representa mi esencia.

Si el sueño de conocerlo en persona se esfuma hoy con su partida, la esperanza de encontrarlo reposado el día que visite su tumba, donde quiera que esta termine, será desde ahora el consuelo por saberlo cerca, así no sea él en su propia esencia, ¿qué más esencia que su obra misma? Descanse en paz maestro, ¡misión cumplida!

 

María Jimena Padilla Berrío

@MaJiPaBe

Palabras Rodantes
María Jimena Padilla Berrío

Economista de la Universidad Nacional de Colombia, cuasiabogada de la Universidad de Antioquia. Soñadora incorregible, aventurera innata, errante. Guajira de cuna, crianza y corazón, ama su cultura como al coctel de camarón. Investigadora, melómana, cinéfila y bibliófila. Su mayor placer es deslizar un lápiz sobre un papel.

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