Sábado, 20 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Tijito Carrillo / Foto: ElVallenato.netEran las cinco de la tarde, aquella vez en 1968, cuando Valledupar se estrenaba como capital del naciente Departamento del Cesar. Mi inolvidable Mama Tila, dispuso que le hiciera un mandado donde una de las matronas del barrio Cañaguate: la siempre vigente Dálida Galindo.

Fui a buscar un par de maticas de yerbabuena y me agradaba ir por la especialidad de la anfitriona, porque sabía que mínimo tres guayabonas y un par de granadas caerían en el “tour”. El asunto es que fui y, luego de jugar un rato con Tulito y Alvarito Galindo a boliche y a trompo, regresé a carrera limpia, porque me obligué a pasar por la Escuela de Artes y Oficios, conocida ya como la Industrial, con el propósito de apreciar la puntica final del entrenamiento de esa tarde.

Lo que encontré fue otra cosa: la amplificación, hecha columnas, ya instalada para la presentación del Rebelde del Acordeón: Alfredo Gutiérrez. Me quedé, entré y me camuflé entre los meseros, hasta cuando comenzó el baile. El asunto es que esa noche, se produjo un episodio que le dio un viraje positivo a la música vallenata. Allí, Isaac Carrillo, un compositor al que ya se le conocía por, lo de los Playoneros del Cesar, sus andanzas parranderas con Colacho Mendoza y por algunas canciones que le habían grabado, le entregó a Alfredo Gutiérrez, La Cañaguatera. Tiempito después “salió” el disco y se convirtió en éxito para siempre con influencia internacional y recordación colectiva.

A mis diez años aprendí a disfrutar las caminatas matinales por la calle del Cesar, con mi hermano Rodrigo y cada vez que nos encontrábamos con el autor de “Diez de enero” me impresionaba el respeto, el afecto y la consideración con que mi manito lo reverenciaba. Apenas se iba yo gritaba mentalmente, quiero ser del tamaño de Tijito y no paraba ahí, anhelaba tener la seguridad que mostraba cuando decía si y, mucho más, al negar. Estábamos acostumbrados a que el jean era una prenda para que los “altos” se lucieran, sin embargo el padre de “el monarca”, los engarzaba bien y caminaba como pitcher gigante, en lo que nada ha variado hasta hoy. Se me parecía mucho a los actores de las películas mexicanas, que disfrutábamos entonces en el “San Jorge”, en el Caribe o en el Cesar. Clavillazo, Mantequilla, Capulina, Viruta y el mismo Cantinflas, yacen en muchas de sus actuaciones y en algunos rasgos físicos de él, no sin dejar de lado sus condiciones de charro ranchero. Ese conjunto de elementos, fundados en la emocionalidad, lo convertían en un ser especial y el tiempo nos ha dado la razón, a quienes así lo creíamos.  La grandeza humana no repara en estaturas ni en poder económico.

Bueno, una noche pasaba por la octava y me encontré con un baile en la casa de la señora Rosa Orozco, con el brillo musical de Los Playoneros del Cesar y su artillería poderosa: Villo Granados, Miguel Yaneth, Wicho Sánchez y el prodigioso Isaac Carrillo. Anclé en la sala, al lado de la puerta y, mientras degustaba media docena de huevos de iguana secos y frescos, disfruté aquella “sinfonía vallenata”, con la gracia y el poder de excelentes cantantes y la fuerza, creativa e interpretativa, del maestro Ovidio. El vozarrón de Miguel Yaneth, inundaba el vecindario mientras cantaba El mal herido, ese merengue –con valor enciclopédico- del maestro Leandro Díaz. Rafael “Wicho” Sánchez, enternecía la concurrencia con sus hermosas canciones, su voz melodiosa y su gracia al cantar, mientras que el gran Tijito, se agigantaba con el arsenal de canciones y la textura melosa de su canto. Por su parte, los hermanos Calderón, Juancho y Fello, floritaban la gesta percusiva.

Lo que siguió fue una época dorada, de parrandas y tomatas, donde Nohema, en la Bolsa, en el paraíso de la inquebrantable Petra Arias, en las sedes habitacionales de Héctor Arzuaga, el señor Luis García, Pedro Peralta o en cualquier otro lado, como oportunidades para ver en “escena” a quien ya se erigía como un grande del canto y la composición. En una de esas, cantó una canción que alecciona:

La mujer mala y bonita tiene pacto con el demonio

Por culpa de las mujeres se acabó el sabio Salomón

Con una tijera mocha motilaron a San Antonio

También acabó Dalila con el forzudo Sansón

A ti te condenarán en la justicia divina

Te juro mala mujer que tu infamia no tiene nombre

Y yo te voy a decir como dijo Vargas Vila

Que las mujeres nacieron para que sufrieran los hombres

Pero conmigo te da porque no soy majadero

Es cierto que yo te quiero pero no te puedo rogar

Aclamado siempre, vitoreado y admirado, conserva su humildad y eso premia las carencias iniciales, las burlas, críticas y los desaires, cuando nadie daba un peso por él. Fue y es un hombre de trabajo, campesino con majestuosidad en cualquier tarima, bailador y cantor de cantores. Ese jovencito, al que algunos tuvieron por loco cuando organizaba sus primeros versos, respetado después al mostrar la calidad inherente a su obra, vive feliz, congraciado en el amor.

Dios, en su sabiduría, me acerca al maestro Isaac Carrillo y he entendido que prevalece la enseñanza, como razón de peso. No me cabe duda que le aprendo día tras día. En 1986, durante el desarrollo del 19º Festival de la Leyenda Vallenata, fui jurado –de principio a fin- en el concurso de la canción inédita. Para la velada final nos hicimos compañía con él y la reina, Marina Quintero, en esa decisión –difícil pero enaltecedora- de la que resultó ganadora, Ausencia Sentimental, del prolífico Rafael Manjarrez, canción que es el himno del festival. Años después, en gracia de la sabia decisión de nuestro Alcalde, Fredys Socarrás Reales, nos integramos en el equipo maravilloso que le da vida a los Juglares Vallenatos, en el que nuestro querido Tijito, se ha convertido en la figura central por su aporte como cantante magistral, compositor fertilísimo y precursor que agrada. En una tarea constructiva de rescate, preservación, promoción y divulgación cultural, formación de públicos, un proceso de memoria histórica y cultural, cátedra itinerante de vallenato autóctono y preservación y difusión de nuestro patrimonio cultural inmaterial.

Hace poco, en los estertores de mayo 2014, el grupo investigativo La Piedra en el Zapato, que lidera mi amigo Jaime Maestre Aponte, en la Universidad Popular del Cesar, realizó el III Encuentro de Investigadores de Música Vallenata, en cuyo desarrollo se rindió homenaje al maestro Isaac Carrillo, de quien el periódico El Pilón, en la edición diaria del 30 de mayo, señaló que “con su acostumbrado sombrero blanco de fieltro y gesticulaciones pícaras, un sanjuanero se roba los aplausos y las miradas cada vez que sube a los escenarios. Pese a su corta estatura, cuando canta y compone se engrandece de una manera extraordinaria. Se trata de Isaac Carrillo Vega, más conocido en el mundo del espectáculo como ‘Tijito’. Luego, la Alcaldía de San Juan del Cesar –su pueblo- le rindió otro merecido homenaje.

Los versos, y las figuras literarias contenidas en ellos, de este hombre que constituye un inestimable ejemplo para las actuales y las próximas generaciones, inscriben su nombre –con letras de molde- en el corazón de la vallenatía. A ciencia cierta cabe el inmenso honor de valorarlo, degustarlo y disfrutarlo, porque como dijera el pulmón de oro <Poncho Zuleta> es que Tijito siempre es Tijito.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@AlbertoMunozPen

Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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