Martes, 19 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Debería prohibirse la venta de la novela La verdad sobre el caso Harry Quebert de Jöel Dicker (Alfaguara, 2013) a pesar de haber ganado el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa. Y si esto no fuera posible, al menos debería llevar una etiqueta que dijera “Perjudicial para el tiempo libre; consúmase bajo su propia responsabilidad”.

En efecto, a partir de la tercera página el lector se desbarranca en una historia que se lo lleva por delante sin que tenga tiempo de hacerse a un lado. Tres horas después de iniciar la lectura se levanta maltrecho, el cabello desarreglado, los anteojos descolocados y la sangre a todo galope. Lo peligroso, y he allí la razón por la que debería prohibirse (o al menos advertir sobre el riesgo de leerla), es que minutos después está sumergido nuevamente en la novela a pesar que lo esperan las obligaciones.

Ahora, si aún tienen dudas, por favor permítanme que les hable un poco sobre ella.

Inicia el sábado 30 de agosto de 1973, momento en el que Deborah Cooper ve a una mujer huyendo hacia el bosque que está frente a su casa. La siguiente página nos transporta al 2008, anunciando de esta manera que el tiempo en el relato se deshojará suavemente, como una margarita que pierde sus pétalos por cuenta de una apuesta de amor.

Después se habla de Marcus Goldman, un escritor que conoció el éxito con su primer novela, pero a quien posteriormente la fama le da la espalda. Al final de varios intentos frustrados por recobrar el triunfo, decide visitar a su mentor y amigo, Harry Quebert. Días después del arribo a la casa del anfitrión, encuentra en su biblioteca un conjunto de recortes que hablan de la desaparición de Nola Kellergan y una carta fechada el 30 de agosto de 1973 en la que ella cita a Harry en un motel. Esto, que de entrada es sospechoso, empeora cuando Quebert le confiesa a Marcus que tuvo amores con Nola, cuando ella tenía quince años y él treinta.

Entonces, sobreviene el siguiente capítulo como un vendaval. A Harry lo encarcelan después que descubren el cadáver de Nola en su jardín. Marcus, al saber del arresto, viaja para apoyar a su amigo sin importarle que la editorial lo hostiga porque no avanza en la segunda novela (que no ha iniciado). En este punto todo empieza a enmarañarse. De hecho no sólo se enreda la narración, también el tiempo empieza a fragmentarse causando en el lector el desvanecimiento de quien vive una tragedia.

Así pues, en el vaivén de la novela, llegamos a la noche en la que Marcus recibe la llamada de su agente. Él quiere transmitirle la propuesta de Schmid & Hanson, la editorial neoyorquina que había publicado su primera novela: ellos desean que él escriba un libro sobre el caso Harry Quebert. Naturalmente se niega a lucrarse de la tragedia de su amigo. Sin embargo, Douglas, su agente, le asegura que ésa es la única manera en la que se podrá demostrar la inocencia de Harry.

¿La inocencia de Harry? ¿Acaso Harry es inocente? Y de serlo, ¿cómo es posible que lo sea si todo apunta a que él es el asesino?

Me tiemblan los dedos de ansiedad por continuar con el relato, pero no lo haré porque sería injusto hacerles perder la prosa envolvente, los giros y contragiros de la narración, el vértigo derivado de la incertidumbre que crece como maleza, la maestría con la que el autor teje la trama sobre las fibras de la historia Norteamericana.

En lugar de ello, los exhorto a que se levanten del lugar en el que están y se dirijan a la primera librería antes de que la novela se agote o, lo que es más probable, antes de que sea prohibida por causar problemas en el rendimiento de estudiantes y trabajadores.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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