Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Buenos Aires le pareció extraña después de tres años de ausencia. Tres largos y venturosos años en los que, además de jugar en el DIM, fue padre. Todo iba en ascenso hasta que la suerte le dio la espalda: una lesión lo obligó a abandonar al equipo para irse para Buenos Aires en busca de especialistas.

El concepto de los médicos fue fulminante: tenía rotura de ligamentos. Esto implicaba que no volvería a jugar fútbol. ¿Qué haría para ganarse la vida? No porque no supiera trabajar. El asunto iba por otro lado: en ocho años de futbolista profesional, había trazado un plan que se fue de golpe, como si aquella tarde no lo hubiesen barrido, sino que le hubiesen disparado en la sien.

Días después su hermano le prestó un Renault 12. Él mismo lo pintó para adecuarlo como taxi. Su esposa desempolvó el título de profesora y se fue a trabajar a una escuela en Pablo Podestá.

Todas las mañanas se iba rumbo al centro de Buenos Aires con el duelo sentado en el puesto de copiloto recordándole que tenía toda una vida para vivirla lejos de lo que amaba. Rivadavia, Nueve de Julio, Belgrano, Independencia, pasaban bajo los neumáticos. Algunas veces con pasajero, otras solo. Entretanto calculaba, reflexionaba, medía. Porque siempre fue un hombre de ideas, no de pasiones. Sabía que existía la manera de regresar al fútbol a pesar de la lesión en la rodilla.

Sacándole tiempo al trabajo y la familia, estudio Kinesiología y Educación Física. Hizo cursos de una cosa y de otra. Algunas veces escapaba hacia la periferia de la ciudad para observar partidos que se organizaban espontáneamente entre estudiantes. A la sombra de un árbol sopesaba la capacidad de cada muchacho. Anotaba, reflexionaba, se iba.

En 1982 nació su segunda hija. Aumentaban los gastos y el trabajo era cada día más difícil. Ese mismo año, de tanto andar en partidos de barrio y divisiones menores, terminó enganchado en el cuerpo técnico de Estudiantes Caseros. Allí conoció a Trigilli, el hombre con el que codirigió Chacaritas y quien le ayudó para ser nombrado Director Técnico de Argentinos Juniors.

Días después que empezó a trabajar con Argentinos, despidieron a Trigilli. Él, solidario con su profesor y amigo, redactó la carta de renuncia. Sin embargo, cuando iba a entregarla, lo interceptó Trigilli.

—Olvidate. Vos no te vas. ¿Querés volver al taxi?… Pensá en tus hijas, —le dijo.

No renunció.

No le importaba que el trabajo fuera duro ni malo el sueldo. Finalmente había regresado al fútbol. Si bien es cierto que no podía gambetear, recuperar, centrar, hasta abrir el hueco por el que vendría la victoria, se las ingeniaba para organizar, distribuir funciones, sopesar el rendimiento de cada jugador, hasta desequilibrar al oponente.

Entre partidos y entrenamientos, fue elaborando el proyecto que integraba trabajo físico de alto rendimiento, asistencia social, concentración, seguimiento psicológico y nutricional. Mismo proyecto con el que, años después, ganó la convocatoria para dirigir las selecciones juveniles de su país.

Con la sub-20 ganó dos campeonatos Suramericanos y tres mundiales. En el 2002, lo nombraron Coordinador general de selecciones. En el 2004, dejó el puesto para ser el Director Técnico de la selección de mayores. En 2006, participó en el mundial de Alemania, llevando a la selección a cuartos de final.

A pesar de llegar invicto y perder por penaltis contra Alemania, la afición se le vino encima. Renunció antes de que pudiera echarlo Grodona, dirigente de la AFA que lo apodaba “el tachero”, término bonaerense con el que se denomina a los taxistas.

Durante la tormenta no dijo nada. Nunca se defendió ni objetó. Como no lo hizo cuando fue jugador ni cuando fue taxista. Años después, en el 2010, El Gráfico le preguntó por qué no daba notas a los medios deportivos.

—Porque estoy un poco… resentido… No sé si es la palabra. Siento que en el ambiente siempre se habla de lo malo y se polemiza, —respondió.

Porque lo suyo no es la polémica, ni la palabra, sino la reflexión y la acción. En últimas, en el deporte las palabras sólo son para quienes las necesitan para enmendar los errores.

En el 2012, la Federación Colombiana le propuso ser el Director Técnico de la selección de mayores.

Cuando su hija se enteró de la noticia, le pidió que aceptara.

—Papá, llevamos dieseis años sin ir al mundial, —le dijo por teléfono.

Tendría que regresar al país en el que quiso nacionalizarse para jugar con la selección de mayores. El mismo en el que sufrió una lesión que acabó con sus sueños. Un panorama que para las personas normales sería suficiente para declinar la oferta. Sin embargo, a los sesenta y dos años se quieren digerir las congojas que están atascadas en el alma. Por eso, aceptó dirigir a una selección que estaba al borde de la eliminación.

No solo la clasificó, sino que la llevo hasta Cuartos de final, donde fue eliminada por Brasil. Dos mundiales con mayores, y dos mundiales en el que fue eliminado en la misma estancia por el dueño de casa. No sería raro, entonces, suponer que en Colombia lo recibirían con insultos, como le sucedió en Argentina.

Pero no fue así. De hecho, fue todo lo contrario: en Bogotá lo esperaba un millón de personas. Lo acompañaron hasta el Parque Simón Bolívar. Sus ojos se iluminaron, incluso se dio la licencia de reír y hacer reír en el anonimato de la multitud. Nunca ha gustado de protagonismos porque ha entendido que la felicidad y la amargura son dos vinos que se deben consumir en soledad.

Aunque a él le habría importado si se hubiera tenido que ir de Colombia por la puerta de atrás, cómo le sucedió en 1978, cuando se fue cojeando. Incluso podría repetir la misma historia: llegar a Buenos Aires a trabajar como taxista. Eso a él le es indiferente porque sabe perfectamente que mientras Rivadavia, Nueve de Julio, Belgrano, Independencia, pasen bajo los neumáticos, buscará la forma de volverse a enganchar en el fútbol. La vida le ha enseñado que el único perdedor es quien deja de luchar. Y él, José Néstor Pekerman, nunca dejará de luchar…

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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