Sábado, 23 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

El toro, hijo de una casta de toros españoles, nació en la finca Santa Teresa y fue herido de muerte con una banderilla envenenada en una corraleja  en la población cordobesa de Carrillo, por el hermano de una de sus 40 víctimas que el balay había matado días antes en una corraleja en Corozal, Sucre.

Estuvo varios días en cuidados intensivos rodeado de los mejores médicos veterinarios quienes luchaban por salvarle la vida a él, y de paso a don Arturo,  porque para nadie era un secreto que el toro famoso era su niño consentido. Todo ese esfuerzo científico fue infructuoso porque el Balay murió en San Pelayo.

Pero el Balay no ha muerto. Don Arturo Cumplido lo embalsamó con
su efigie  cachi encontrada, valiente, de color bayo, parecido, según don Arturo Cumplido, su orgulloso dueño,  al recipiente artesanal que tejen los habitantes de San Andrés de Sotavento y que sirve para todo, hasta para echarle los malos pensamientos. Hoy es toda una atracción este toro valiente y ligero como un rayo en su finca en las afueras de Sincelejo, San Cayetano.

Mucho menos morirá el Balay cuando el compositor Julio Fontalvo le hizo un porro alegre y a la vez sentimental. El autor de temas como Río Seco, Río Crecido y Mírala cómo va, entre otros, quiso que el Toro Balay figurara en el cuadro de honor de temas como El Toro Negro, El Diablo, El Arrancatetas, entre otros. Toros que, por sus excepcionales virtudes, fueron premiados con un porro “bien jala’o”.

Don Arturo recuerda al Balay como un toro sencillo, bayo, cuyos cuernos eran su principal fortaleza. Las lágrimas lo traicionan cuando recuerda aquel nefasto día de un año que por fortuna olvidó para que no hiciera más estragos en su corazón la visión del toro que con la mirada le imploraba que no lo dejara morir.

El periodista Alfonso Hamburger, dice que Julio Fontalvo se inspiró para hacer esa hermosa canción cuando visitó una de las haciendas de don Arturo y él no le hablaba de otra cosa que no tuviera que ver con el toro muerto. En un viaje en bus de Sincelejo a Bogotá, Julio Fontalvo comenzó a tararear el porro que a la hora y media cuando iba llegando a Planeta Rica ya tenía música y letra y fue grabado a las carreras en los estudios de la otrora CBS apenas llegó

Confieso sin vergüenza y muy humildemente que no tenía idea de la existencia de este porro obligado en toda corraleja que se respete. Cuando lo escuché por vez primera en la casa del médico Edgar Ruiz Aguilera, me dejó petrificado, sembrado en el taburete, fascinado por la historia del toro contada en un porro de poco más de cuatro minutos. Y como en esos días estaba de buena suerte, en una reunión familiar en San Fernando, Magdalena, escuché la canción en la voz del cantante vallenato Beto Zabaleta ayudado con el coro de mi hermana Isyoli a quien también cautivó, primero que a todos. Me propuse rescatar los añicos de esta leyenda para remendar los pedacitos en forma de crónica, porque me parece toda una proeza de este toro, desde su nacimiento, pasando por su dueño, como por muerte trágica y la composición del maestro Fontalvo que alguien debe conocer y propagar para ser conocida por las futuras generaciones y jamás ser olvidada.

Cuando se escucha esta canción, ella con su poder respaldado en bombardinos, bombos, redoblantes y clarinetes, lo arrastra a uno, así no quiera, a un corral de ganado que expele fragancias exquisitas revueltas con el olor inconfundible de bostas frescas de vacas lecheras. Esta canción tiene la extraña virtud de dejarse saborear junto al tinto de las cuatro de la mañana cuando la totuma se agarra con las manos todavía sucias de tetas de vaca.

El Balay, como buen valiente no llegó a viejo y no dejó descendencia, solo sus proezas y sus arrestos. Pero ahí está en el corazón de un ser humano que desde niño ayudaba a armar la corraleja con guaduas en la plaza principal de Sincelejo donde hoy está el monumento a Santander con la ayuda de un sacerdote dominado por las artes misteriosas de la tauromaquia criolla por allá por los años 30.

A pesar de tanto dolor, don Arturo Cumplido, la leyenda viva de las corralejas, no deja de asistir a las seis tardes de toro en Sincelejo y mucho menos  a la del 20 de enero que han sido instituidas solo para su ganadería; y sólo le ruega a Dios que haya en España otras vacas con otros toros, así como los padres del Balay, para él volver a importarlos y nazca otra leyenda, porque don Arturo, a sus 90 años todavía tiene vida para verlo triunfar. Porque, qué carajo, ahora es cuando el lobo cava y la concha de Hobo pela, ¿o no don Arturo?

 

Fabio Fernando Meza


Folclor y color
Fabio Fernando Meza

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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